La soberbia argentina es real, pero el Mundial de la modestia no lo ganaría nadie
El argentino, por algún motivo cuyo origen es difícil de rastrear, no se siente menos que los demás pese a las múltiples variables que nos ponen en un lugar poco destacado del concierto internacional.
Jefe de Noticias de La Nueva. Analista político y conductor del programa de actualidad "Allica y Prieta a las 12" que se emite por La Nueva Play. Ha hecho coberturas políticas en el país y en el extranjero.
Existe una noción generalizada de que el argentino es soberbio y, cuando a muchos compatriotas se les señala desde el extranjero esta característica, se escudan argumentando que en realidad "los soberbios son los porteños".
Durante este Mundial de Fútbol y en los días posteriores se volvió a hablar mucho sobre este tema.
Empecemos por hacernos cargo. Sí somos soberbios y no sólo los nacidos en la capital. El argentino, por algún motivo cuyo origen es difícil de rastrear, no se siente menos que nadie pese a la multiplicidad de variables objetivas que nos pone en un lugar poco destacado del mundo:
Somos los peores en gestión económica, fuimos flojos casi todo el siglo XX en calidad democrática y hemos deteriorado en las últimas décadas el orgullo que nos generaba la educación pública universal. También venimos aumentando los niveles de pobreza estructural de la población desde hace años, así como tenemos un manejo de las relaciones exteriores demasiado inestable (o sea, poco confiable). Y podríamos seguir resaltando defectos hasta el infinito.
Sin embargo, nos creemos superiores. Lo cual es malo en términos generales pero tiene un costado bueno. Esa creencia que muchas veces se traduce en soberbia infundada, otras tantas se convierte en una mentalidad ganadora difícil de encontrar en otras latitudes.
Un ejemplo es el fútbol, el deporte más popular del planeta y disparador de este renovado debate. De 23 Mundiales, nuestra Selección participó en 19, llegó a 7 finales y ganó 3 títulos. Para un país periférico, empobrecido, con relativamente pocos habitantes, es una marca superlativa.
No sólo eso, somos la única nación latinoamericana con 3 Premios Nobel de Ciencia (Bernardo Houssay, Luis Federico Leloir y el bahiense César Milstein) y solamente México cuenta, en esta "competencia", con 1 estrella (Mario Molina).
También somos el primer país no europeo en tener un Papa, el recientemente fallecido Jorge Bergoglio, fanático del fútbol.
En Literatura no tenemos Nobel, pero en ninguna parte se discute la genialidad de Jorge Luis Borges. En cine, sumamos 2 premios Oscar a mejor película extranjera, la mayor cifra si comparamos con cualquier país del subcontinente.
Otras del deporte: durante décadas tuvimos al piloto más campeón de la Fórmula 1 (Juan Manuel Fangio) y la Generación Dorada del básquet es la única en la historia en arrebatarle el oro a Estados Unidos desde que los NBA van a los Juegos Olímpicos.
En resumen, la soberbia está mal, pero sin esa insolencia tan característica de los argentinos, sin esa idea de no sentirse menos que nadie, no habríamos obtenido tantos logros. Luego, desde ya, hace falta un montón de cosas más para llegar a la cima: los deportistas exitosos se entrenaron como nadie, Milstein se equivocó un millón de veces hasta que acertó y Borges se quedó ciego de tanto leer.
Pasemos, ahora, a los que nos acusan de soberbios. Respecto de los estadounidenses, alcanza con un concepto. Cuando hablan de "americanos" se refieren sólo a ellos. El resto somos poca cosa. Es comprensible, son la principal potencia mundial. No obstante, nadie es más soberbio que quien cree que el cosmos gira en torno de sí.
Los europeos, centro del mundo durante siglos hasta el ascenso de Estados Unidos, se siguen percibiendo el faro de la humanidad. Franceses, alemanes, ingleses, españoles, en especial aquellos que viven en grandes ciudades, se consideran mejores que los demás, incluso que los estadounidenses a quienes miran algo así como a "nuevos ricos", es decir, gente con plata pero muy mal gusto. Cualquiera que haya viajado a esos países lo puede notar.
Tienen argumentos para sentirse superiores, sus logros en todos los campos sociales, científicos, económicos, artísticos y deportivos los avalan. Desde ese pedestal, a nosotros nos ven como sudacas irredentos y cualquiera que lo niegue estaría mintiendo.
Naturalmente todo esto es una generalización y, por lo tanto, una simplificación. La mayoría de las personas en cualquier país tiene más o menos las mismas preocupaciones, simples y llanas, sin importar la nacionalidad. Y la inmensa mayoría sólo quiere vivir lo mejor posible sin molestar ni ser molestado. Aunque ya que se habla tanto de estereotipos por estas horas, no está de más revisarlos.
Si hiciéramos un ejercicio de sinceridad en todos los países, deberíamos admitir que si hubiera un Mundial de quién es más modesto, caballeroso o bueno, no ganaría nadie.
PD: No recuerdo genios futbolísticos argentinos más humildes que Lionel Messi y Lionel Scaloni.