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La ridícula acusación de racismo contra los argentinos

El Mundial de Fútbol disparó críticas de todo tipo contra los habitantes de nuestro país. Estados Unidos y Europa no son el mejor ejemplo.

Messi y Maradona

Negro, gordo, flaco, narigón, "ruso" como genérico de judío, "turco" como genérico de árabe, "polaco" como genérico de rubio. Todos esos apodos son habituales en Argentina y, si bien se pueden usar con tono despectivo, la mayoría de las veces no lo son. Al contrario, "negri, gordi" suelen ser tratamientos que se les da a las personas que nos merecen más afecto.

No somos un país racista, como se nos acusa hoy en muchas partes del mundo. Sí somos un país con focos de racismo, claro. Pero no es un problema de Estado.

¿Dónde sí es un problema de Estado el racismo, el clasismo, la intolerancia religiosa? Hay decenas de ejemplos, pero toda la Europa blanca es históricamente supremacista, colonialista y eurocentrista. Por supuesto que no todos los europeos lo son, probablemente en el siglo XXI ni siquiera la mayoría, pero si lo medimos en términos de pasado profundo no hay dudas.

Esas huellas no están del todo borradas en el presente. La Unión Europea y su apertura de fronteras provocó en las últimas tres décadas una ola inmigratoria procedente de los países antes colonizados de Asia y Africa que modificó la demografía blanca tradicional en Francia, Inglaterra, España, Países Bajos, Alemania, Bélgica, Noruega o Suecia. El deporte lo revela, ya que cada vez más negros y árabes forman parte de sus equipos nacionales tanto en el fútbol como en otros deportes.

Desde hace algunos años, uno de los temas centrales de discusión sociopolítica en Europa es cómo frenar la inmigración masiva, no sólo por el aumento porcentual de habitantes de origen no europeo sino por el cambio de predilección religiosa de las mayorías. El Islam avanza a pasos agigantados en el viejo continente, tal como previno el genial escritor francés Michel Houellebecq en su obra Sumisión, donde plantea el ascenso de un partido musulmán que gana las elecciones y transforma de cuajo a la sociedad gala.

Y, así como crecen los residentes negros, árabes y latinos (también despreciados en muchos casos por sudacas), del mismo modo proliferan los partidos políticos cuya plataforma principal es echar gente que consideran indeseable para que regresen a sus países, los cuales fueron empobrecidos, vaya "paradoja", por la explotación colonial europea. Por tal motivo, que los pueblos colonizadores hoy se autoperciban abanderados del multiculturalismo es de un nivel de caradurez extremo.

En Estados Unidos, donde también se alzaron voces contra el supuesto racismo argentino, todavía no logran conciliar de manera armónica a sus poblaciones blanca y negra en amplias regiones del sur y el oeste. Hay millones de ejemplos en los últimos 200 años que demuestran el desprecio de los anglosajones por los "diferentes", sean negros, indios, árabes o latinoamericanos.

Es más, a un árbitro somalí designado por la FIFA para el Mundial se le prohibió la entrada a Estados Unidos y la selección de Irán fue humillada al impedirles descansar luego de sus tres partidos en suelo norteamericano, debiendo regresar enseguida a un alojamiento en México.

Para más datos: según una reciente encuesta de Gallup, el 64% de los estadounidenses considera que el racismo contra los afrodescendientes sigue siendo muy extendido.

Ahora bien, claro que hay racismo en Argentina, sobre todo por cierto aire de superioridad con inmigrantes de países vecinos. Bolitas, perucas, chilotes son algunos apelativos de los cuales no hay nada que enorgullecerse. Pero no es una problemática nacional la xenofobia o discriminación masiva contra aquellos que vienen a radicarse o de visita a nuestro país.

Para nada. Siempre fuimos un país amistoso y líder en materia de derechos de las personas. Cuando Europa y Estados Unidos todavía esclavizaban y lo seguirían haciendo por décadas, en Buenos Aires la Asamblea del año 1813 decretó la libertad de vientres y la Constitución de 1853 prohibió toda forma de esclavitud para cualquier individuo por el solo hecho de pisar suelo argentino.

Por supuesto que el proceso de liberación e integración fue más complejo que la sanción de una norma. La población afrodescendiente sufrió mucho e incluso prácticamente desapareció como colectivo significativo de este lado del Río de la Plata, lo cual tiene múltiples explicaciones y hay abundante literatura al respecto.

No sólo contingentes de negros pelearon en los ejércitos independentistas a cambio de libertades y beneficios, muchos de los cuales perdieron la vida por asignárseles las tareas más arriesgadas, sino que numerosos ensayos explican que el puerto de Buenos Aires no era un mercado particularmente atractivo para el comercio de esclavos y que los principales negocios se hacían en Brasil, donde mandaba la corona portuguesa. De ahí que la población afrodescendiente terminara siendo escasa en las provincias del sur continental.

En fin, volviendo al presente y al observar el impacto positivo de la negritud en las selecciones europeas, sin dudas la mayoría de los argentinos estaría feliz de que la inmigración de esa corriente se fortalezca y produzca deportistas de élite, así como científicos, empresarios, músicos, docentes, etcétera.

Ojalá en un futuro cercano aparezca un sucesor de Maradona y Messi y, si es negro, lo amaremos con el mismo fervor. Conociendo a los argentinos, diría que con un fervor todavía mayor.