La avenida Alem a las chapas
La falta de control y la urgencia por recuperar el tiempo perdido hacía de Alem una calle donde se circulaba a muy alta velocidad.
Es periodista, ingeniero civil y docente de la Universidad Nacional del Sud en materias relacionadas con el Patrimonio arquitectónico y el planeamiento urbano. Ha publicado notas en revistas Vivienda, Todo es Historia, Obras & Protagonistas y Summa +. Participa en varios micros radiales referidos a la historia de Bahía Blanca. En dos ocasiones recibió primera mención por parte de ADEPA en el rubro Cultura e Historia.
Hace 86 años, en julio de 1940, se hacía un llamado de atención a conductores y autoridades sobre el exceso de velocidad de quienes transitaban por la avenida Alem.
La avenida Alem fue ignorada hasta principios del siglo XX, considerada una calle que no conducía a ningún lado hasta la inauguración, en 1906, del parque de Mayo, paseo que la convirtió en su principal enlace.
Ese uso llevó a mencionarla como “la Alvear bahiense”, en referencia a la avenida porteña, y también a mejorar sus condiciones de pavimento e iluminación.
En la década del 40 su ancho y trazado invitaba a los automovilistas a desarrollar velocidades inapropiadas, ignorando toda normativa.
“Nuestros conductores, y en especial los que manejan camiones, deben considerar que llegados a Alem los reglamentos desaparecen”, indicó este medio, al tiempo de sugerir que era una calle donde se buscaba recuperar el tiempo perdido al atravesar el centro, “como resultado de las conglomeraciones, bicicletas y agentes de tráfico”.
Apenas los vehículos tomaban la avenida, se graficó, “comienzan a correr como si fueran perseguidos por un par de cobradores, sin reparar en nada y como si la prisa se hubiera despertado furiosamente”.
Tampoco estaban los “varitas”, los agentes de la policía que, varita en mano, se las ingeniaban para controlar el tránsito. “Los conductores saben que no hay peligro de encontrarlos, desde Alsina hasta Perú, con uno solo que amenace su tranquilidad”.
El problema era además para los peatones que debían cruzar, “seguros de que antes de llegar a la otra vereda pasaba un bólido, un automovilista que los dejaban por un rato con el “Jesús” en la boca”.
Curioso panorama cuando el parque automotor era el 20% del actual. Hoy tampoco hay varitas pero la falta de sincronización de los semáforos se encarga de impedir cualquier intento de velocidad.