El efecto peculiar, la última novela de María Lobo: un camino para conectar la música con las personas
El singular sonido que emitían los primeros teléfonos de la historia es el disparador de una búsqueda de los protagonistas a través de la música.
Es periodista, ingeniero civil y docente de la Universidad Nacional del Sud en materias relacionadas con el Patrimonio arquitectónico y el planeamiento urbano. Ha publicado notas en revistas Vivienda, Todo es Historia, Obras & Protagonistas y Summa +. Participa en varios micros radiales referidos a la historia de Bahía Blanca. En dos ocasiones recibió primera mención por parte de ADEPA en el rubro Cultura e Historia.
Maria Lobo nació en Tucumán, en 1977. Vive entre esa ciudad y las yungas, una región de selvas y bosques al pie del cerro San Javier.
Estudió Comunicación y es doctora en Humanidades en la Universidad Nacional de Tucumán, ha publicado las novelas El interior afuera, Los planes, San Miguel y Ciudad, 1951 (Premio de Novela del Fondo Nacional de las Artes), y las colecciones de relatos Santiago y Un pequeño militante del PO.
Es además ensayista, autora de Tierra acostumbrada y El paisaje de provincias en el imaginario latinoamericano.
María Lobo (Foto Juan Pablo Sánchez Noli)
En El efecto peculiar, su nueva novela, ensaya una reflexión sobre la comunicación humana y el poder de la música. En entrevista exclusiva con La Nueva. nos comenta este trabajo.
Lo continuo
“Quizá en la palabra continuidad podría explicar lo que intenta la estructura de esta novela”, señala la escritora al explicar la trama de su último trabajo.
¿Qué tipo de novela es El efecto Peculiar?
Hace unos días, en un libro de Gonzalo León sobre Shakespeare, leí que los primeros románticos querían que el mundo fuera percibido como un todo interconectado. Y pensé: continuidad. Hay algo en la idea de continuidad que es bien complejo.
La gente que hace continuidad en el cine, por ejemplo, trabaja para reconstruir algo que ya se hizo antes: tienen que lograr que una escena que se registró semanas atrás parezca la misma escena una y otra vez. Lo complejo está ahí, porque el efecto de continuidad nos hace creer en un halo natural, pero en verdad las cosas se interrumpieron.
El trabajo en la continuidad intenta que todo se vea como si siempre hubiera sido así. Y eso parece. Pero la continuidad no existe, siempre tendrá errores. Y por eso mismo puede ser perfecta. Y hermosa. Es como si una luz regresara las cosas a un estado original.
Me interesan mucho las estructuras de la continuidad. Mucho más que las tramas. La continuidad se monta en los destellos. Leés un libro de cuentos de Sam Shepard y aparece la continuidad aunque las historias sean distintas. O el cine de Jim Jarmusch. O las ciudades de Calvino. Tres ejemplos de la estructura de la continuidad por sobre la trama. Hay algo ahí. Como un planeta.
Quizá en esa palabra, en la continuidad, podría explicar lo que intenta la estructura de esta novela. Hay una protagonista que busca un sonido que permita a las personas conectar íntimamente con una canción: de ahí el título, porque el efecto peculiar era el ruido que aparecía en los primeros experimentos con el teléfono, una especie de distorsión, luego una calma. Pero el encuentro de ella con ese sonido quizá no está narrado desde lo episódico sino como una sucesión de conversaciones, de archivos, de tiempos. Una historia que intenta contarse, podría decirse, por continuidad.
Su novela contiene capítulos de historia, otros de narración y algunos establecidos a partir de diálogos. ¿Cuál es la búsqueda en cada una de esas propuestas?
Más que capítulos, la novela es una sucesión de cartas. Que tampoco son cartas en sí: la protagonista, Cibelia Ree, tiene un cajón lleno de cartas que tienen el poder de hacerla volver hacia algún momento, algún tiempo, quizá el pasado.
A veces, esos momentos son narrados, y otras son solo conversaciones entre ella y sus dos amores -Pep, un compañero de la banda donde ella toca el bajo, y Charlie Wagner, un arquitecto que conoció en un aeropuerto-. Y en muchos de esos pasajes aparece el archivo histórico porque Ree, en esa búsqueda por el sonido para conectar con la música, se encuentra con la historia del verdadero inventor del teléfono, Antonio Meucci. Un italiano hermoso al que Graham Bell le robó su invento. Pienso en autores como Sebald, o más cerca en el tiempo, Labatut. Pienso en esa literatura que intenta hablar del presente desde los mundos pasados.
¿Qué intentan encontrar los protagonistas a partir de la música?
¿Has visto que hay personas que no escuchan música? Cada vez que alguien dice que la música no les parece algo central, siempre pienso en cómo harán esas personas para vivir. Porque, como diría Simon Critchley sobre la obra de Bowie, la música es una forma anhelo. El anhelo de alguien, o de un tiempo, de un lugar, ¿cómo vivir? ¿cómo crear? ¿cómo llegar a un mundo nuevo si no hay anhelo? Ese vivir en la música de los protagonistas es eso: un estado de anhelo.
Hay un espacio del libro dedicado a la historia del teléfono. ¿A qué se debe esa inquietud y cuál es su relación con la historia?
A Antonio Meucci le robaron su invento porque nunca consiguió los diez dólares que necesitaba para patentarlo. También, quizá, porque era italiano. No pude resistirme a escribir sobre eso.
Las cartas
Uno de los protagonistas de la novela escribe cartas, todo el tiempo, a personas que incluso viven a pocas cuadras de su hogar.
“Las cartas son como una constante en mis libros. De hecho, están en las novelas que integran la trilogía que se cierra con El efecto peculiar: hay cartas en El interior afuera, en Ciudad 1951 y ahora en esta novela. Quizá la ficción vive siempre en otro tiempo. Un espacio de suspenso. Y las cartas hablan de ese interregno. Porque pasa un tiempo entre que una carta se escribe y llega a su destino. Pero nunca podemos saber cuánto tiempo. Incluso, puede que una carta no llegue nunca. En esta novela, como en El interior afuera, el personaje de Charlie Wagner -que está en los tres libros- escribe cartas, a veces de San Miguel a San Miguel. Está convencido de que en el mundo se perdieron muchas cosas porque no supimos escribir cartas cuando teníamos que hacerlo”.
María no cree que la novela esté centrada en la necesidad de comunicarnos, más allá que todo gira en torno a esa situación.
“Más que una búsqueda de reflexiones, pienso en la lectura y en la escritura como una forma de atravesar algo. Anduve leyendo El desierto de nosotros mismos, de Eric Sadin, porque estoy trabajando en una novela sobre inteligencia artificial y fantasmagorías. La pregunta iría más allá de si nos cuestionamos o no sobre la comunicación. Sadin me hizo pensar en otro asunto que, quizá, va más a fondo. Porque en este libro, que es sobre inteligencia artificial, lanza una admonición muy simple. Dice: “de acá a algunos años, al ver el paisaje devastado después del tornado, nos preguntaremos ¿cómo pudimos ser tan ingenuos? ¿cómo dejamos que máquinas parlantes se convirtieran en el principal vector de las relaciones entre los seres humanos?” La pregunta es, en todo caso, si todavía somos capaces de preguntarnos algo”, indica.