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Miradores escondidos de una ciudad que no vemos

Pese a ser puntos de gran atracción, la ciudad no dispone de miradores. El parque Campaña al Desierto tiene dos sitios que fácilmente podrían adaptarse para esa función.

No deja de ser llamativo que estando Bahía Blanca en un pozo, según una habitual lectura de su ubicación geográfica, no disponga de miradores, incluso con lugares que de modo natural se muestran adecuados para ese uso.

Pese a que no siempre se perciba, cuando uno camina hacia el noroeste va subiendo una loma hasta llegar a una zona alta desde donde puede verse un perfil distinto de la ciudad, la línea del cielo, según lo llaman los urbanistas.

A pesar de disponer de un espacio como el parque Campaña al Desierto, un lugar estratégico, en lo alto, no se ha generado una estructura de ese tipo, que no resulta demasiado compleja crear, que apenas debe acompañar la topografía del lugar.

Los montículos vistos desde la senda peatonal de Cabrera

Cuando se habla de un mirador la referencia es a un sitio desde donde se pueda tener una percepción distinta de la ciudad, un espacio donde articular lo visual, lo social y lo simbólico del entorno urbano. Un punto de observación capaz de establecer una relación inédita entre los habitantes y su territorio, favoreciendo la comprensión y apropiación del espacio.

En términos sociales, son además puntos de encuentro, que contribuyen a mejorar la calidad de vida al ofrecer lugares donde reunirse, disfrutar del paisaje y desarrollar actividades recreativas.

Son intervenciones menores que permiten jerarquizar espacios ignorados, un primer paso para recuperar áreas degradadas y poner en valor sus recursos naturales.

Por último, son propuestas enriquecedoras para los visitantes, un lugar donde conocer el perfil edilicio de la ciudad, identificar lugares, percibir el mar o disfrutar de un atardecer.

Dos lugares, la IA

Quienes caminan por las sendas peatonales de avenida Cabrera pueden ver, sobre el parque Campaña al Desierto, dos montículos a los cuales se llega por caminos informales. Suelen verse personas que desde esos lugares disfrutan de una perspectiva inédita de la ciudad.

La terraza reconvertida frente al skyline

Esos sitios ya son miradores, queda darles forma, sumarles diseño y equipamiento. La variedad de intervenciones que admiten es amplia, incluso con alguna estructura que eleve más el punto del observador. La inteligencia artificial (IA) permite imaginar algunas de esas posibilidades.

Caminos de acceso y obras en altura

Desde esas lomas, es posible además descubrir las cavas, sitios generados luego de décadas de extracción de tierra, con un potencial enorme y a su vez acotados en superficie. Si el parque Campaña al Desierto es demasiado extenso como para desarrollar una intervención completa, este sitio aparece como ideal para una primera etapa de uso.

En la cava, un skatepark transforma el lugar

Resulta habitual que ante este tipo de propuestas se ensayen críticas y se presenten otras “prioridades” para así desgranarlas. Pero estas obras, menores si se quiere, mejoran la calidad de vida de todos. Lo demuestran lugares consolidado en las últimas décadas –paseo Cuyo, Carrindanga, los bordes de Cabrera, paseo de las esculturas— que la gente ocupa, disfruta y aprovecha. No es necesario ensayar demasiados argumentos técnicos o profundos. Es parte de una idea de generar una ciudad más atractiva y accesible.

Hablando de miradores

Hasta mediados del siglo pasado, cuando la ciudad era de casas bajas, eran muchas las perspectivas largas que se conseguían con pocos metros de elevación. De allí que no sean pocos las viviendas que sumaban a su estructura un mirador. Una doble o triple altura era suficiente incluso para otear la zona del puerto.

Casa Coleman, avenida Alem 41

La casona de Dorrego y Portugal, el palacete Canessa de Mitre 60, la casa Coleman de la primera cuadra de avenida Alem y la María Luisa de Sarmiento 450 son ejemplos de esta modalidad.

Palacete Canessa, Mitre 60.

Como casos más particulares, el mirador de Pío Frascaroli, en calle San Martín al 400, que este consignatario utilizaba para verificar la llegada de sus buques al puerto, y el ubicado en la azotea del edificio Taberner de O’Higgins y Brown, el cual permite vistas a 360 grados.

Mirador del Taberner, O'Higgins y Brown.