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Margarita Marzocca: memoria viva de las cantinas, la inmigración y la cocina de su madre

Hija de inmigrantes italianos, cocinera, docente y protagonista de una vida atravesada por el trabajo, la tragedia y la cultura, Margarita reconstruye una historia familiar que une Mola di Bari con White.

Fotos: Emmanuel Briane-La Nueva.

En Ingeniero White, la historia de Margarita Marzocca no es solo un relato personal, sino que es parte de la memoria colectiva del puerto, de las cantinas que funcionaban todos los días, de la inmigración italiana que moldeó la identidad del barrio y de una cocina que se transmitía más por la mirada que por las recetas.

“Yo caigo acá de carambola, es largo de contar”, dice Margarita al empezar a reconstruir su propia vida.

La frase no es casual, ya que resume una existencia donde el destino familiar, la tragedia, el trabajo y la cocina se entrelazan sin pausa desde antes de su nacimiento.

Para el origen hay que trasladarse al sur de Italia, más precisamente en Mola di Bari, de donde era oriundo su abuelo materno, Oronzo Diomede.

“Mi abuelo había perdido un hijo varón… y también dos hijas, estaba como loco. Ese sufrimiento lo llevó primero a Estados Unidos. Se fue porque soñaba que iba a encontrar a su hijo. Pero el viaje no resolvió nada y volvió a Italia con la misma angustia”, cuenta Margarita.

“De vuelta en el pago sus pensamientos cambian de rumbo y afirma que el hijo perdido se encontraba en el sur de América; su cabeza quedó trastornada, no había manera de frenarlo”, agrega.

Finalmente, hacia principios de la década de 1930, toma la decisión de emigrar a la Argentina.

“Se vino solo, sabía defenderse en lo laboral y se orientaba. En Ingeniero White comienza una vida completamente nueva, en condiciones extremas. Tenía una canoa, salía a pescar solo, fileteaba y vendía pescado en el centro de Bahía. Iba desde la estación de White hasta el colegio María Auxiliadora, uno de los lugares donde elegidos para vender”, agrega.

Su propósito, lejos de concretarse, tiene un giro y su vida termina de manera abrupta.

“El 16 de septiembre de 1936 le pegaron dos balazos por la espalda. Lo mató el inquilino que arrendaba dos habitaciones lindantes en la propia casa de mi abuelo. Fue un hecho trágico e inesperado”, cuenta Margarita. 

"El hecho está documentado en archivos policiales y marcó profundamente a toda la familia. El abuelo había largado una frase que no tuvo retorno: ‘Si mañana no me paga, le saco los muebles a la calle. Y el inquilino lo siguió al día siguiente y le pegó dos balazos por la espalda causándole la muerte”, expone, con tristeza, Margarita.

Tras el crimen, su hija -María Diomede, madre de Margarita- quien había viajado a la Argentina con la primera se buscar a su padre, queda completamente desamparada. 

“Mi mamá, de repente, quedó sola en este país. El plan inicial era volver con su padre a Italia, ya que la familia seguía muy ligada a su país de origen. Mamá no sabía que él (por Oronzo) había muerto; cuando llegó ya era tarde”, añade.

A partir de allí, la historia familiar cambia por completo y la joven logra sobrevivir gracias a la ayuda de vecinos italianos de Ingeniero White, un entorno de solidaridad que finalmente le permite reconstruir su vida.

“Mi mamá quedó sola en White siendo muy joven. No sabía hablar bien el idioma, pero la cobijaron familias italianas, la trataron como una hija. Esa gente generosa fueron los Genovali, vecinos que la cobijaron en medio de aquel hecho tormentoso", remarca Margarita.

La reconstrucción de la vida de María fue lenta, pero constante. En ese camino, la cocina aparece como salida laboral y una manera de devolver gentilezas. 

“Mamá aprendió mirando. Había un cocinero japonés y ella observaba todo; no necesitaba receta ni anotar nada. También conoció al que luego sería su marido (Arcángel Marzocca, padre de Margarita) y pasó a ser clave en la cocina de las cantinas del puerto, algo que se hacía compatible, en verano, con temporadas trabajadas en Mar del Plata, para afianzarse definitivamente en el arte culinario", afirma.

“Trabajaba de mediodía y de noche; era una locura de trabajo. Su especialidad fue la cocina de pescado, muy ligada al mundo portuario. Pero también desarrolló platos italianos que se volvieron clásicos entre los trabajadores del puerto. El pollo a la calabresa lo venían a probar o buscar especialmente. ¿La receta? No tenía cebolla, era salsa de tomate, ajo, perejil, morrón, todo bien dorado”, revela Margarita.

La histórica cazuela gigante que dio origen a una fiesta inolvidable

Un artículo publicado por La Nueva Provincia recordó la monumental preparación que encabezó la recordada Nona María Marzocca para unas 20.000 personas, en los inicios de la Fiesta Provincial del Camarón y el Langostino, hace 34 años.

Un artículo publicado rescató una de las historias más curiosas de Ingeniero White, como fue la preparación de una gigantesca cazuela de mariscos que dio identidad a los primeros años de la Fiesta Provincial del Camarón y el Langostino.

La hazaña gastronómica estuvo encabezada por Doña María Marzocca, la querida "Nona María", quien junto a decenas de colaboradores cocinó para unas 20.000 personas en una olla de 2,40 metros de largo por 1,40 de ancho.

La receta impresiona aún hoy por sus dimensiones: 4.000 kilos de calamares, 800 kilos de pulpo, 800 kilos de mejillones, 600 kilos de langostinos, 600 kilos de camarones, 600 kilos de vieiras, 400 kilos de calamaretes, 600 kilos de cebollas, 600 cabezas de ajo, 200 paquetes de perejil, 200 litros de aceite, 300 latas de tomate y puré, además de decenas de kilos de sal y condimentos.

La preparación requirió también toneladas de leña y quebracho para mantener el fuego durante horas. Más allá del récord culinario, la iniciativa tuvo un fin solidario: recaudar fondos para la reconstrucción del Salón Cultural de la Sociedad Italiana de Ingeniero White.

“Era una batea de acero enorme, larguísima, hecha con durmientes del ferrocarril. El proceso era completamente comunitario. A las cinco de la mañana ya estaban prendiendo el fuego y todos trabajaban, nadie cobraba un peso; era ad honorem. La preparación incluía pescado, mariscos, verduras y un trabajo coordinado entre vecinos, pescadores y voluntarios", afirma Margarita.

“Había que cortar cebolla, limpiar calamares, preparar todo en conjunto. Y la respuesta de de la gente fue masiva, venían con la olla porque no existían los táperes. Era una cola interminable en el puerto. La cazuela no era solo comida, era identidad colectiva. Todo era por amor a White, para levantar el barrio, para ayudar a la comunidad”, resume Margarita.

Cantinas, música y una infancia entre mesas

La infancia de Margarita transcurrió dentro de un universo completamente distinto al actual.

“Me crié entre cantinas, entre mesas llenas y música todos los días. Una de las más emblemáticas fue La Zingarella, que era porpiedad de mi familia. Había el furor, todos los días asistía gente y se la atendía con mucho cuidado. Se acompañaba con bailes, trajes festivos tipo carnaval; se bailaba en la calle con sombrillas, con máscaras, era una locura”, admite.

La música era parte central de la vida cotidiana.

“Tarantelas, vals, paso doble, música italiana, se bailaba de todo. Las jornadas eran largas. Había gente toda la semana y no había un día sin trabajo. La dinámica familiar también era intensa, porque terminaba la fiesta y había que limpiar, ordenar, dejar todo listo para el día siguiente. Yo, que era pequeña, dormía en dos sillas porque al otro día tenía que ir a la escuela. Era familia, trabajo y fiesta todo junto; una vida más alegre, más de compartir y conocerse”, recuerda.

La primera, recuerda Margarita- fue “Rey del Chupín”, la Cantina Miguelito. Luego se sumaron Tulio, Royal, Micho y Zingarella, todas con tanto éxito que había que poner candado para que no entrara más gente.

El “don” del ojo de buen cubero

Uno de los rasgos más característicos de Margarita es su forma de cocinar. 

“Todo a ojo de buen cubero. Nunca me salió una comida desabrida. Es como que Dios te ilumina la mano, nunca medí nada en mi vida”, agrega.

Su aprendizaje fue completamente empírico.

“Mi mamá nunca me enseñó con recetas, las aprendí mirando como hacía ella. Así lo hice para infinidad de fiestas, con comidas familiares o para más de 200 personas, daba lo mismo”, relata

Esa forma de cocinar la llevó a la docencia. Durante casi dos décadas trabajó en el Centro de Formación Profesional N°401.

“Enseñaba gastronomía, panadería, repostería, conservas. Les decía a mis alumnos: ‘abran la heladera y miren qué pueden hacer con eso’. Traten de superarse. Hoy hay gente que no sabe cocinar una lenteja si se la regalan, no saben hervir en una olla o preparar algo sencillo”, apunta.

Trabajo y más trabajo

La vida personal de Margarita estuvo marcada por el trabajo temprano y la responsabilidad familiar.

“A los 19 me casé con Jorge Marino y tuvimos cuatro hijos, tres varones y una mujer. Gustavo, Analía, Diego y Facundo. Y mis nietos, que son mi debilidad, Valeninta, Natacha (nació en Sevilla), Branco, Lola, Renata y Lara”, repasa.

“También crié sobrinos desde bebés, los bañaba, los cuidaba, los crié como si fueran mis hijos”, resume, marcando otra etapa de su vida.

El trabajo era constante en todas las generaciones.

“Mi mamá tejía redes, medias, pulóveres… todo ayudaba. Mi papá pescaba o iba a la estiba, siempre había que trabajar. Eso se perdió con el tiempo, pero hay que retomarlo, insistir para que los jóvenes sigan ese ejemplo”, dice.

Más allá del trabajo y la cocina, Margarita recuerda su casa como un espacio abierto a la comunidad.

“Esta era la casa del pueblo, venía todo el mundo. Jugadores, amigos, vecinos, estudiantes, todos pasaron por mi casa de calle Lautaro. Mi mamá era igual, siempre abría las puertas. Mi hijo Gustavo estaba muy ligado a Comercial, íbamos a ver todos los partidos y lo tengo en un cuadro cuando era chiquito y se sacó una foto con Sergio Santiñaque, un gran futbolista y amigo de la familia”, cuenta.

Memoria, pérdidas y legado

La historia de Margarita también está atravesada por pérdidas profundas. “Perdí a mi sobrino… era como un hijo mío”, cuenta con emoción.

Pero aun así, su mirada no se detiene en la tragedia.

“Salí fortalecida. No sé cómo, pero salí adelante”, expresa con pesadumbre.

Hoy, su historia se mantiene viva en la memoria del puerto.

“Somos gente de trabajo, de cocina, de lucha. Ahora, de grande, me dedico a los bordados de cosas pequeñas. Asistimos a clase una vez por semana en el Museo del Puerto. Nos entretenemos, colaboramos y pasamos momentos muy lindos”, resume.

En esa frase final se condensa lo que fue la inmigración italiana, las cantinas, el trabajo portuario, la cocina sin recetas y una vida entera que se sigue contando en cada comida compartida.