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Estafas telefónicas: un delito que no distingue edades

Se multiplicas cada día con recursos cada vez más sofisticados. Entre las posibles víctimas se incluyen todas las edades.

Es un error creer que las estafas telefónicas afectan de modo exclusivo a las personas mayores. Primero porque no se debe subestimar a esta franja etárea, segundo porque hoy cualquier persona, independientemente de su edad, nivel educativo o experiencia tecnológica, puede convertirse en víctima de una organización delictiva que es cada vez más sofisticada.

Los delincuentes han profesionalizado sus métodos hasta niveles impensados. No se trata únicamente de llamados improvisados sino que existe una estructura organizada que estudia comportamientos, recopila información, analiza hábitos de consumo y utiliza herramientas de última generación.

La inteligencia artificial ha agregado una dimensión adicional: permite clonar voces, generar mensajes personalizados y recrear conversaciones. Una persona puede recibir una llamada con la voz de un hijo solicitando ayuda, cuando en realidad se trata de una simulación con una enorme capacidad de engaño.

A ello se suman técnicas de manipulación psicológica. Los estafadores apelan a la urgencia, la confianza y la autoridad. Hablan con seguridad, utilizan terminología técnica y responden preguntas con aparente solvencia. Su objetivo es generar presión para que la víctima actúe sin reflexionar. Son profesionales del tema.

Por eso resulta equivocado asociar este delito con una supuesta vulnerabilidad de los adultos. Jóvenes habituados a la tecnología, profesionales, comerciantes y trabajadores han sido engañados. Caer en una estafa no depende de la inteligencia de la persona, sino de la sofisticación del engaño.

La mejor defensa sigue siendo la prevención. Desconfiar de cualquier pedido urgente, evitar compartir datos personales o bancarios. Ante la duda cortar. Si es algo real volverán a llamar, nunca nada tiene la urgencia que los delincuentes quieren hacer creer.

Las llamadas no sólo solo de bancos. Hoy provienen de cadenas de supermercados, de instituciones, de amigos. Hay que ser tan profesionales como los delincuentes, aunque con menos sofisticación: un corte de la llamada ante la duda, no dar ninguna respuesta.