Contra viento y marea
La tempestad que castigó a nuestra costa fue inusual. Nos hemos convertido en adictos al pronóstico del tiempo.
Periodista, conductor y realizador televisivo, columnista en medios de difusión nacional. Nativo de Coronel Dorrego, alterna residencia entre Sauce Grande y Capital Federal. Conduce el ciclo ESAS PEQUEÑAS COSAS en BVC Bahía Blanca.
Vivir a metros de la orilla del mar es un paraíso que por momentos muta y se transforma en infierno. Las dos carátulas, la risa y el llanto, el teatro de la vida.
Durante cuatro días sin interrupción escuchamos la sinfonía del Atlántico, con percusión de su rompiente atronadora, la lluvia de agua y arena repiqueteando en techos de chapa, y los instrumentos de viento afinados y ejecutados por eucaliptus, pinos y aromos. Las tormentas de arena propias de los desiertos esta vez se replicaron a orillas del mar. Pensándolo bien es natural, los médanos son sinónimo de desierto y sin embargo conviven y son playa al borde del mar.
Nos estamos acostumbrando a vivir con permanentes alertas multicolores. Pasamos del amarillo al naranja con naturalidad y asusta cuando acecha la roja. En buena hora que nuestros meteorólogos pronostiquen con anticipación lo que puede a suceder a nuestro alrededor. Se han convertido en personajes populares, estrellas de televisión con programas que compiten en ráting con los cocineros de moda
La tempestad que castigó nuestra costa fue inusual, superó en tiempo e intensidad a las que recuerdo del último medio siglo. Nos hemos convertido en adictos al pronóstico del tiempo. Meteorito es muy conocido en toda la región. Estamos aprendiendo meteorología en el terreno: La ciclogénesis es el proceso de formación de un ciclón. Siempre viendo por TV lo que ocurre con ciclones y huracanes del Caribe, esta vez nos tocó a nosotros.
Tanto maltrato ambiental y desoír advertencias, el cambio climático pasa factura. Un axioma clásico de la economía se puede aplicar con la naturaleza: podemos hacer cualquier cosa con ella, menos evitar las consecuencias.
Con la pandemia se produjo un éxodo de habitantes de grandes ciudades hacia zonas costeras frente al mar. Pero las consecuencias del cambio climático desató una nueva preocupación por la fragilidad y los peligros de vivir al borde del océano.
Los investigadores pronostican el aumento del nivel del mar, la erosión costera, las tormentas más intensas y las inundaciones recurrentes. Se pierden playas, calles o viviendas cada año y hay regiones costeras de Asia y EEUU donde comenzaron procesos de relocalización planificada.
La inmensidad de nuestros mares y océanos explica por qué observada desde la Luna, la tierra es un planeta azul. El 71 % de la superficie está cubierta por agua, y la mayor parte corresponde a mares y océanos. Gran paradoja: nacemos en un mundo azul, venimos del entorno líquido del vientre materno y aun así cuando nacemos nos enseñan a caminar y no a nadar.
En Sauce Grande, a menos de 100 metros del mar, en plena tempestad intenté ir hasta la orilla con el celular encendido. Desistí una y otra vez por el cóctel de lluvia de arena y viento. Hasta que pude llegar y filmar el paisaje, con la mira puesta en localizar el faro y verlo de pie.
Allí, en la playa del atardecer de los veranos, con el ciclón a pleno, recordé un párrafo de la canción de Marilina Ross:
Contra viento y marea desafiemos la sombra a la luz de una idea
Con el alma encendida hay que andar por la vida contra viento y marea
Y aunque el mar sea adverso y estemos inmersos en aguas muy feas
Continuemos el viaje que a nuestro coraje la fe lo acarrea…