Cocineras del estuario
Alguien dijo que las abuelas no mueren, sólo se vuelven invisibles. Las recordamos en su mundo de ollas y repasadores, perfumando el ambiente de nuestra infancia y adolescencia.
Periodista, conductor y realizador televisivo, columnista en medios de difusión nacional. Nativo de Coronel Dorrego, alterna residencia entre Sauce Grande y Capital Federal. Conduce el ciclo ESAS PEQUEÑAS COSAS en BVC Bahía Blanca.
Las abuelas desafían la inmortalidad, son eternas, perduran en pequeñas cosas de la vida cotidiana que no se compran con dinero ni la inteligencia artificial puede recrear.
Aromas, perfumes, sabores, momentos. Plaza, colegio, abrazos interminables, manos ásperas de tanta cocina.
Alguien dijo con acierto que abuelas y abuelos no mueren, sólo se vuelven invisibles. Las recordamos con el eterno delantal en su mundo de ollas y repasadores, amasando la pasta, con la salsa en plena cocción perfumando el ambiente de nuestra infancia y adolescencia.
Abuelas cocineras inspiraron la película “Nonnas”, estrenada el año pasado en Netflix, donde un hombre decide abrir un restaurante y las convoca a la cocina para honrar a su madre y abuela fallecidas. Es la historia real del restaurante “Enoteca María” que funciona hace dos décadas en Staten Island, al borde de la Estatua de la Libertad.
El dueño incursiona por primera vez en la gastronomía italiana y convoca mujeres de cabello platinado para que elaboren comidas que rememoren la vida y herencia familiar alrededor de platos y sabores. En el restaurante de las abuelas conviven cocineras de diferentes lugares del mundo, entre ellas una argentina, Carmen Bernardo, oriunda del barrio porteño de Boedo.
Si New York tiene abuelas cocineras con historias que llegaron al cine, White también tiene las suyas. Hay para todos los gustos, unas envasadas en origen que llegaron en barcos de inmigrantes de diferentes lugares del planeta. Otras descendientes, hijas o nietas, que recrean tradiciones gastronómicas en el original y emotivo Museo del Puerto.
Semanalmente comparten sabores y saberes culinarios que convierten al museo en una acogedora cocina de encuentros y memoria a través de la gastronomía.
Algunas fueron cocineras en tradicionales cantinas que nacieron en La Boca entre canzonetas y casas de chapa y se replicaron en White.
Il Vero Tulio, la más emblemática, con Tulio anfitrión y mozo, que cantaba en la pista de baile bandeja en mano y repasador al hombro, asociando gastronomía, música y poesía.
La Riviera, Royal, Il Buon Mangiare, Miguelito, el Rey del chupín, Il Barquino, Zingarella, Micho. Cada cantina un recuerdo, una evocación con aroma de cocina y música de madrugada.
Estamos realizando la historia “Cocineras del Estuario” para nuestro ciclo de TV. Las protagonistas Margarita, Chacha, Cristina y Graciela cuentan secretos de la cocina familiar, atravesada por frutos del mar y pastas made in palo de amasar. Margarita -junto a la mamma María Marzocca que llegó desde Italia- fueron cocineras en la cantina Zingarella, administrada por su hijo Cacho. Los Marzocca son el eslabón de sangre que asocia el mundo de cantinas de White y La Boca. Son familiares de los Spadavecchia, creadores de la más emblemática y famosa en la ribera del Riachuelo. Es más, Cacho fue mozo en Spadavecchia y esa experiencia luego se reencarnó en Zingarella de White.
Cristina Leiva y Graciela Discioscis, habitués de la cocina del museo, durante años disfrutaron una experiencia única: administrar, cocinar y servir en las cantinas de chapa multicolores que siguen en pie sobre la calle Guillermo Torres, frente al espacio de la desaparecida estación ferroviaria.
Entre ollas y sartenes estas vecinas transcurren la vida en el Museo del Puerto convertido en hábitat familiar, matizado con ferias de platos donde exhiben a los vecinos sus destrezas culinarias.
En el cordel a lo alto del museo flamean repasadores de abuelas cocineras sostenidos con broches. Lucen como si fueran estandartes desgastados por el uso de manos laboriosas, testigos de cada batalla diaria de almuerzos y cenas.
El texto de un repasador en el cordel lo dice todo:
“Manchado, percudido, en uso.
Con un trapo también podemos hacer historia”
Otro mensaje llega desde el fondo de la olla tiznada que se exhibe en una pared:
“ Ay de esos museos que quieren contar la historia sin hablar de las cocinas…
¡sin cocina no hay historia!”
Para el postre, una porción de poesía de Peteco Carbajal:
Las manos de mi madre
Saben qué ocurre por las mañanas
Cuando amasa la vida
Horno de barro, pan de esperanza
Arde la leña, harina y barro
Lo cotidiano se vuelve mágico
Se vuelve mágico…