Bahía Blanca | Miércoles, 08 de abril

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Estar en la luna

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Entre una y otra foto hay dos milenios y medio siglo de diferencia.

A la derecha la tierra fotografiada el fin de semana pasado con el teléfono celular de los astronautas de la misión Artemis. La de la izquierda fue capturada por la misión Apolo en 1969, el mismo día que el hombre pisó por primera vez suelo lunar. Aunque no aparezcamos, los que pasamos el medio siglo de vida somos testigos de la historia, estamos ahí en las dos fotos, con los pies en la tierra.

A diferencia del año 69, que no había telefonía inalámbrica ni inteligencia artificial, hoy bajo el mismo cielo vivimos cabeza abajo cautivos del celular. Muchedumbres silenciosas en el transporte público o caminando por calles y avenidas, concentrados en pantallas del tamaño de una galletita. Chatean, se informan, revisan correo, interactúan en las redes, compran ropa o tecnología en  aplicaciones con oficinas cercanas a la Muralla china.

La Luna no es planeta ni estrella. Solo satélite de la tierra que estabiliza el clima y regula las mareas de mares y océanos  Eclipsada por el  protagonismo del sol, transcurre días de gloria. Es estrella en todos los medios del planeta  con fotos al por mayor que los astronautas de la nave Orión toman con celulares de última generación.

Un amigo reflexiona que es bueno que se haya vuelto a pensar en el espacio real y no el mundo virtual. Rememora que era más esperanzador cuando mirábamos al cielo en vez de pantallas. No es la mejor elección viajar al infinito por el universo digital en vez de la travesía real que muestra la misión Artemis. 

Coincidí y recordé nuestros años de primaria y secundaria, cuando profesores o maestros reprendían a alumnos dispersos o distraídos con la muletilla “están en la luna”.

Se penaba por “estar en la luna”, cuando en realidad se debería estimular la abstracción y viajar con la imaginación, sin pantallas por medio. El ejercicio creativo, que es lo que nos define como seres humanos, hoy con la Inteligencia Artificial (IA) está en peligro de extinción.

En su último libro “El desierto de nosotros mismos”, el filósofo francés Éric Sadin es muy escéptico respecto del futuro que estamos construyendo. Sostiene que el peligro de la inteligencia artificial no es que nos domine, sino que nos volvamos dependientes y dejemos de pensar por nosotros mismos.

La IA generativa -capaz de crear contenidos originales de textos, imágenes, música y vídeos, reemplaza funciones intelectuales y creativas, debilitando capacidades humanas esenciales. Funciona repitiendo patrones del pasado, creando un lenguaje predecible que limita la verdadera creatividad. Esto -prosigue- genera riesgos como la pérdida de libertad, dependencia, aislamiento social y ausencia de pensamiento crítico.

Sadin enumera otros problemas  que plantea la IA generativa:
-Pérdida de capacidades humanas porque realiza tareas que antes requerían pensamiento propio.
-Dependencia creciente,  especialmente en jóvenes, que pueden usar la IA como guía emocional o intelectual.
-Impacto social negativo que genera desempleo, aislamiento y debilitamiento de vínculos humanos.
-La ausencia  de regulación de  los avances tecnológicos no han sido acompañados por marcos políticos, jurídicos o éticos adecuados.
-La IA generativa se basa en  estadísticas del pasado con  datos ya existentes. Produce un lenguaje “muerto”, repetitivo y predecible, que contrasta con el lenguaje humano, que es creativo, imprevisible y singular.

Reflexión final de su libro: "Nos hemos vueltos idiotas y vamos camino de serlo todavía más. Lejos de estar amenazados por una inteligencia suprema que nos aterrorizará, estamos sometidos por nuestra propia pereza, que terminará entregando a la IA generativa nuestras armas intelectuales y creativas".