Las cuatro estaciones
No es solo cuestión de clima. Lo que está en juego es la vida misma en la tierra tal como hasta ahora la conocíamos.
Periodista, conductor y realizador televisivo, columnista en medios de difusión nacional. Nativo de Coronel Dorrego, alterna residencia entre Sauce Grande y Capital Federal. Conduce el ciclo ESAS PEQUEÑAS COSAS en BVC Bahía Blanca.
Estaba cantado. A cada verano le llega su otoño. Astor Piazzolla lo inmortalizó y "Otoño porteño" es universal.
No hay invierno que dure cien años ni cuerpo que lo resista. Este será intenso, lo surfearemos rápido y entretenidos con el mundial de fútbol. Si la guerra continúa y el precio del gas trepa por las nubes, habrá que abrigarse porque las estufas trabajarán a reglamento.
La primavera parece lejana pero está a la vuelta del almanaque. La placa roja de un canal de noticias podría anunciar: "Faltan 180 días para la primavera".
Sin embargo, algo ya no encaja. Las estaciones, que durante siglos fueron un reloj de precisión, ahora se descompaginan. La primavera se adelanta o llega tarde, el verano irrumpe sin pedir permiso, el otoño está en crisis de identidad y el invierno con frecuencia, es una sombra de lo frio y duro que fue.
Los animales no tienen almanaque, viven confundidos. Las aves migran tarde o se quedan donde están, los árboles brotan una y otra vez, las flores se abren fuera de tiempo. El cambio climático los han desorientado.
A nosotros también.
Antes, cada estación era de manual. Aromas, luces y temperatura reconocibles. Junio siembra, septiembre brote, enero estallido. Hoy esos límites son difusos. Y confusos.
Las cuatro estaciones eran, en el fondo, nuestras hojas de ruta. Ordenaban los años y la vida. El sacerdote veneciano Antonio Vivaldi las describió magistralmente a puro pentagrama y violín.
Todo pasa y todo llega. Hacemos camino al andar y, al volver la vista atrás —dice Joan Manuel Serrat— se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar.
Para los que disfrutamos andar por la orilla del mar de un lado para otro con sonidos de rompiente y la mirada perdida, Serrat vuelve a decirnos al oído:
Caminante, no hay camino, sino estelas en la mar.
La naturaleza avisa, las cuatro estaciones no son lo que eran. Y no es solo cuestión de clima. Lo que está en juego es la vida misma en la tierra tal como hasta ahora la conocíamos.