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Más allá del talento joven: los Suramericanos, un encuentro entre culturas

Las delegaciones recibieron piezas textiles "Guna", elaboradas a mano por artesanas locales durante la antesala de la ceremonia inaugural.

Fotos: COA y Panamá 2026

El calor de Ciudad de Panamá se siente desde temprano y marca el ritmo de unos días que recién empiezan, atravesados por la intensidad propia de un evento internacional.

En el inicio de los Juegos Sudamericanos de la Juventud, la ceremonia inaugural puso en escena a las delegaciones, a los símbolos y a las expectativas. Pero hay momentos que no entran en ese guion visible y que, sin embargo, terminan definiendo la experiencia de otra manera.

En la previa, en un espacio más íntimo y sin la exposición de las tribunas, las delegaciones participaron del izamiento de banderas. Ahí apareció uno de esos gestos que no necesitan amplificación para tener peso propio. Cada país recibió una mola Guna, una pieza textil elaborada a mano por mujeres del pueblo indígena homónimo. No hubo estridencias ni protocolos extensos, pero sí una carga simbólica difícil de ignorar.

Horas más tarde, ya frente al público, los nadadores Agostina Hein y Matías Chaillou encabezaron a la delegación argentina en el desfile inaugural. La imagen fue la esperada, la que sintetiza representación y proyección deportiva. Sin embargo, ese otro momento previo seguía funcionando como una capa paralela de sentido, menos visible pero igual de presente.

La mola Guna no es un objeto decorativo. Es una práctica que condensa historia, identidad y técnica. Su origen se remonta al siglo XIX, cuando las mujeres Guna comenzaron a trasladar a la tela los diseños que antes realizaban como pintura corporal.

Con el tiempo, ese traslado se transformó en lenguaje propio. Cada figura, cada trazo, cada combinación de colores habla del entorno natural, de la vida cotidiana y de la cosmovisión de la comunidad, especialmente en la comarca de Gunayala.

El proceso de confección exige paciencia y precisión. Se superponen varias capas de tela, generalmente en tonos intensos como rojo, negro y naranja.

Luego, a través de la técnica de apliqué inverso, se recortan y cosen manualmente para ir revelando el diseño. No hay atajos. La calidad se define en la finura de las puntadas y en la cantidad de capas, lo que implica horas de trabajo concentrado. 

En el caso de las piezas entregadas durante los Juegos, participaron tres artesanas. En redes sociales, una de ellas resumió su vínculo con el oficio en una frase simple, dijo que cose con amor. Otra habló del talento como un don que agradece.

Hoy, además de formar parte de la vestimenta tradicional, sobre todo en las blusas que usan las mujeres Guna, las molas son también una fuente de ingresos y un emblema cultural. Su valor no se limita a lo estético. Es económico, social y simbólico. En Panamá, incluso, existen espacios dedicados a su preservación y difusión, como el Museo de la Mola, donde estas piezas pueden leerse como documentos vivos.

En el marco de un evento atravesado por la lógica deportiva, donde predominan los tiempos, las marcas y los resultados, la aparición de la mola introduce otra dimensión.

No compite con lo que sucede en las canchas o en las piscinas, pero sí amplía el sentido de lo que implica estar ahí. Mientras los atletas empiezan a construir sus recorridos y a proyectar sus carreras, ese gesto previo deja instalada otra narrativa, la del encuentro entre culturas, la del reconocimiento mutuo.

A medida que avancen los Suramericanos de la Juventud, habrá podios, medallas y nombres que empiecen a destacarse. Pero en ese primer día, en ese momento casi fuera de escena, la mola Guna logró algo distinto. Sin necesidad de ocupar el centro, terminó siendo uno de los registros más claros de lo que significa este tipo de eventos.

No es solo reunir talento joven, sino también poner en diálogo historias, tradiciones y formas de ver el mundo que conviven, aunque sea por unos días, en un mismo lugar.