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Corrupción: impacto en la salud mental y el clima social

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La escena se reitera. Al abrir una aplicación o encender la “tele”  los escándalos parecen no tener pausa.Caso ANDIS, 5 millones de kilos de alimentos en galpones mientras se suspendía la asistencia a comedores, causa $Libra, funcionarios con propiedades no declaradas en Miami,  préstamos millonarios a funcionarios, las empresas de limpieza, retornos de sueldo en PAMI y Anses, el vaciamiento de la IOSFA, valijas que no son revisadas, el oro que no se sabe dónde está, y Adorni con varios capítulos en su haber.

Datos o como dicen ahora “factos”, que antes de que se puedan procesar mentalmente, es el cuerpo quien acusa recibo. La calle habla: un nudo en el estómago, la bronca que sube, una sensación de vergüenza ajena y saturación. La corrupción o la sospecha reiterada y sostenida es un estresor social, y en un escenario en tensión por no poder comprar lo básico, por la incertidumbre, por los aumentos, todo funciona como combustible emocional.

Y estos datos o causas, más allá de si llegan a la Justicia o si se habla en la sobremesa, en la oficina, en el bondi o en el café, activan una alarma, para algunos/as muy incómoda. Quien prometió terminar con ciertas prácticas está en medio de una ola de lodo.  

La Psicología Social sostiene que aquello que se siente y escucha en “la calle” sin necesidad de encuestas, se lo denomina “clima socioemocional”, algo así como un balance entre emociones y sensaciones tales como esperanza, seguridad u orgullo y otras como miedo, tristeza e indignación. 

Un estudio experimental en Perú en 2021 concluye que cuando las personas perciben que el control y la sanción de la corrupción son eficaces, mejora ese balance emocional y crece la sensación de eficacia colectiva. Es decir que no es lo mismo vivir en un país donde “se roban todo” que en otro donde, al menos, hay consecuencias. La impunidad no solo desordena las cuentas públicas; desordena el ánimo.

El tema es complejo, porque del “roban, pero hacen” pasamos al “roban y no hacen” y, además  “rompen todo”. 

La pregunta es: ¿cómo impacta todo esto en la mente?

Ante la experiencia de injusticia, en la que unos pocos se benefician, mientras el resto se ajusta en silencio o jubilados son golpeados en una marcha, se activan emociones de alta intensidad tales como enojo y la consecuente frustración y desamparo. Además, irrumpe la incertidumbre puesto que ante “el escándalo de cada día” surgen interrogantes sobre quién decide, con qué criterios, a favor de quién. 

En consecuencia, se erosiona la confianza, esa construcción invisible que vuelve predecible la vida social. Cuando los líderes son confiables, pareciera que la vida fluye, cuando se desconfía, todo es observado, chequeado, se vive en estado de vigilancia permanente y eso es estresante; agotador.

En estas columnas ya mencioné cierto estado de apatía, en el que se siente que se haga lo que se haga, nada sirve. Los escándalos reiterados generan lo que en Psicología se denomina “indefensión aprendida”. Ante situaciones que se perciben como incontrolables la persona se retira. No es apatía en sí, sino autoprotección emocional. Ante el convencimiento de que nada sirve se preservan las expectativas. La consecuencia es que esta “anestesia” bloquea las fuerzas para acciones colectivas.

Todo esto no se agota en la bronca del momento o en la rabia al conocer nuevos datos. Distintos estudios revelan que ante la sucesión de este tipo de acontecimientos aumentan los síntomas de ansiedad y depresión. Por lo tanto,  la corrupción impacta en la salud mental y cuando el sacrificio es en vano disminuyen los recursos subjetivos para sostener la vida cotidiana.

Sin dudas se requiere un esfuerzo, por un lado, para salir del estupor y de la indignación, pero también para dimensionar que el riesgo no es solo político, es individual, es íntimo. Se necesitan energías para construir, para exigir, para cuidar lo poco común que aún no han roto y para imaginar futuro desde este piso emocional en el que intentamos permanecer de pie.