Cuando todo era agua y angustia, la vida se abrió camino en Bahía Blanca
Con las calles anegadas y la incertidumbre marcando cada minuto, cuatro familias atravesaron el temporal para recibir a sus hijos en una jornada dramática.
Periodista y comunicadora digital. Forma parte del equipo de redacción de La Nueva desde 2022, donde cubre eventos locales, regionales y nacionales, generando contenido para las ediciones impresa y digital.
Audionota: Juan Ignacio Zelaya
El 7 de marzo de 2025 quedó tatuado en la memoria de Bahía Blanca. En apenas 12 horas cayeron cerca de 400 milímetros de lluvia y la ciudad vivió una de las jornadas más dolorosas de su historia.
Sirenas que no daban abasto, cortes de luz que apagaron barrios enteros, rescates improvisados, pérdidas materiales incalculables y víctimas fatales. El agua avanzó sin pedir permiso y desordenó la vida de todos.
Las imágenes todavía vuelven en ráfagas: autos flotando como juguetes, vecinos trepados a techos, abrazos apretados en medio del barro. El desborde del canal Maldonado y del arroyo Napostá transformó calles conocidas en un mapa imposible. Esa mañana, Bahía Blanca dejó de ser la ciudad de siempre para convertirse en territorio incierto.
Pero ese mismo día, cuando todo parecía desmoronarse, también hubo esperanza.
Mientras la ciudad intentaba comprender la magnitud del desastre, en ambulancias, guardias y salas de parto, otras escenas se abrían paso. Contracciones en medio de apagones, padres buscando rutas alternativas entre calles convertidas en ríos, profesionales de la salud trabajando bajo una presión insólita y con recursos al límite.
Afuera, incertidumbre. Adentro, una certeza primitiva que no admite demoras. La vida no espera. El deseo era urgente y simple a la vez. Que todos llegaran. Y que el bebé naciera sano.
A las 12.53 de ese viernes interminable nació Isabella. “Cuando empecé con el trabajo de parto estaba con mi pareja, Juan, sacando agua de nuestra casa. Ahí salimos para el hospital”, contó Victoria, su mamá.
No advirtió enseguida lo que estaba pasando. “Una entra en trabajo de parto con cinco centímetros de dilatación; yo llegué con ocho”, recordó. El cuerpo ya había decidido. No había margen para especular ni para que el miedo tomara el control.
Desde Tiro Federal intentaron llegar a la Maternidad, pero el 911 estaba colapsado y las calles eran una trampa. “Juan dice que fue desesperante, y esa palabra lo resume todo”, afirmó. El auto no avanzaba. A una cuadra de su casa el agua alcanzaba el metro de altura. Probaban otras calles y volvían sobre sus pasos. No había forma de llegar al centro. El reloj corría más rápido que el motor.
La ayuda apareció cuando más la necesitaban. Una familia del barrio les abrió la puerta, les ofreció abrigo y llamó a enfermeros. En medio del caos, un gesto mínimo se volvió gigante. “Sentí contención y calma”, dijo Victoria. Estaban a pocas cuadras del Hospital Italiano, pero ese trayecto podía ser eterno si el agua seguía subiendo.
Un vecino se ofreció a llevarlos en su camioneta. Avanzaron entre pozos invisibles y calles sumergidas. Las contracciones eran intensas y la angustia no se quedaba atrás. En la guardia los recibieron con agua hasta las rodillas. El hospital también resistía como podía.
Cuarenta minutos después nació Isabella, con 3,120 kilos. El llanto llenó la sala y, por un instante, tapó el ruido de la lluvia. Las enfermeras la apodaron “Isabella Tormenta”.
A la madrugada, en otro sector de la ciudad, Giuliana empezó con las primeras contracciones. Con el paso de las horas se hicieron más intensas y, junto con el dolor, creció la ansiedad. Afuera, el agua aislaba el barrio; adentro, el tiempo corría. Los celulares también: la batería estaba al límite y la señal era intermitente.
“Tratamos de comunicarnos con Defensa Civil porque no se podía salir. Alcancé a pasarles mis datos… y el teléfono se apagó”, contó a La Nueva.
El agua cubría las veredas y la presión era tan fuerte que los vehículos no podían circular. La única opción era caminar o esperar. Mariano, su pareja, salió hacia la ruta para buscar ayuda y se cruzó con la ambulancia que iba a rescatarlos. A veces la suerte también toma la forma de una sirena que aparece a tiempo.
Fueron trasladados al Hospital Municipal. Giuliana pasó allí varias horas. Lo más duro fue ver llegar personas rescatadas en medio del desastre, empapadas, en shock, con la mirada perdida. “Gracias a Dios me encontré con un ángel. Una chica que se llamaba Sol me ayudó muchísimo a sobrepasar el miedo y las horas de incertidumbre”, recordó. En contextos extremos, la empatía se vuelve medicina.
Más tarde fue derivada a la clínica Raúl Matera. El 8 de marzo, a las 12.53, nació por cesárea Blas Emiliano, con 4,180 kilos.
Afuera todavía había barrios anegados y familias sin poder volver a sus casas. Adentro, un bebé enorme respiraba fuerte, como si quisiera anunciar que había espacio para algo más que el dolor. “Nunca perdimos la fe en que todo iba a salir bien”, sostuvo su mamá.
También de madrugada, Macarena rompió bolsa. No tenía la casa inundada, pero sí estaba sin luz. La tormenta no distinguía entre calles más altas o más bajas, el impacto era general. La ambulancia llegó en 15 minutos, aunque nadie sabía con certeza adónde derivarla porque el Hospital Penna estaba bajo el agua.
La llevaron al Municipal. Le dijeron que estaba de ocho centímetros, pero el parto no avanzaba. Entre evaluaciones decidieron trasladarla al Hospital Italiano. Allí la dilatación parecía retroceder. Horas de espera, tensión acumulada y cansancio. En cada pasillo se respiraba presión; los equipos médicos trabajaban sin pausa, reorganizando servicios, priorizando urgencias.
Finalmente, el 8 de marzo a las 15.09, nació Maelys. Su nombre significa nobleza, liderazgo y fuerza. También princesa. No fue una elección casual. Después de tantas horas de zozobra, esa niña representaba exactamente eso.
“Cuando nació ella dije ‘ya está, ya pasó todo’. Sólo pude sentir amor y felicidad. Además nació el Día de la Mujer”, expresó su mamá. La fecha le sumó un simbolismo inesperado a una historia ya extraordinaria.
La pequeña Rebecca tenía fecha estimada para el 7 de marzo. El día anterior, todo estaba en orden. “Nada nos hacía presumir que así sería”, recordó Fernando, su papá.
A las seis de la mañana, Agustina lo despertó con dolores continuos. “Por nuestra experiencia en un parto anterior, ya sabíamos lo que significaba”, contó. La idea era hacer el preparto en casa y salir cuando fuera el momento.
“La lluvia torrencial no me preocupaba demasiado. Yo pensé: con la camioneta llego sí o sí”. Pero empezaron a llegar los mensajes, los videos de Cabrera y otros sectores anegados. Después se cortó la luz. Supieron que estaban evacuando el Hospital Penna y ellos iban en esa dirección, aunque su destino era el Italiano.
Intentaron avanzar. Se desviaron varias veces, atravesaron lagunas de 40 centímetros sin saber qué había debajo. Un ciclista les advirtió que no cruzaran el Parque Independencia. Esa información evitó una maniobra riesgosa.
A dos cuadras del hospital, el paso era un río de casi un metro. Llamaron al 107 y al 911. Nadie respondía. El agua seguía subiendo. “Hasta ese momento solo podía imaginarme a Agustina y a mí solos en el auto. Sin señal, sin saber qué hacer”, confesó.
La escena cambió en una Delegación Municipal: “Nos recibieron con toda la predisposición. Después de horas de soledad y contracciones, encontramos personas dispuestas a ayudarnos”. Luz consiguió una manta limpia y llamó a su hermana, estudiante de obstetricia. Más tarde, enfermeras y parteras cruzaron caminando desde el Penna, con casi 80 centímetros de agua, llevando gasas y botiquines. “Dejaron sus propias luchas para venir a ayudarnos. ¿Cómo se agradece algo así?”, dijo Fernando.
Intentaron llegar en un camión, pero quedó encajado. Entonces caminaron. Vecinos salieron de casas inundadas para acompañarlos entre el barro y el agua. Bomberos los ayudaron a cruzar. Un hombre en una camioneta blanca los llevó la última cuadra, contra la corriente.
Ya era mediodía cuando por fin llegaron al hospital. El equipo médico llevaba horas sin descanso. Lidia, la partera, no se despegó de ellos ni un segundo. Minutos más tarde se sumó Matías, su doctor, y la escena terminó de armarse.
A las 20.12 nació Rebecca, con 3,250 kilos. “Muchísima gente nos ayudó a llegar a tiempo al hospital. Incluso en el peor de los desastres climáticos de la ciudad. A todos ellos no nos alcanzan las palabras de agradecimiento”, sostuvo Fernando.
Un año después, la fecha sigue siendo un torbellino de sensaciones para muchas familias.
“Jamás nos hubiésemos imaginado que nuestro hijo iba a nacer en una situación así. Le ponían nombres distintos, ‘el bebé de la tormenta’, ‘el pececito’”, contó Giuliana. “Nunca nos vamos a olvidar el día que nació”, agregó.
“Siento que el tiempo pasó rápido y lento a la vez. Rápido cuando la veo crecer a Isabella; lento porque todavía veo las calles de Tiro cubiertas de agua. Con los días todo se acomoda, algo sana. A veces lo único que hace falta es tiempo. Siempre llega un nuevo comienzo, siempre sale el sol”, dijo Victoria.
La ciudad todavía carga cicatrices. Hay obras en marcha, discusiones sobre infraestructura y prevención, duelos que no se cierran. El 7 de marzo no será nunca un día más para Bahía Blanca. Es una fecha que divide. Es un antes y un después.
Pero en algunas casas, este día también tiene olor a torta recién horneada y sonido de palmas desacompasadas. Hay globos, fotos impresas, videos repetidos hasta el cansancio. Hay bebés que hoy ya gatean o dan sus primeros pasos, ajenos a la magnitud del contexto en el que llegaron. Hay familias que, en medio de la reconstrucción, encontraron una razón íntima para celebrar.
Isabella, Blas, Maelys y Rebecca no saben nada de milímetros de lluvia ni de canales desbordados. No saben de sirenas ni de cortes de luz. No saben que sus padres atravesaron calles anegadas, que hubo vecinos que abrieron puertas sin preguntar, que médicos y enfermeras redoblaron esfuerzos mientras la ciudad intentaba sostenerse en pie.
Lo que sí saben —aunque todavía no puedan decirlo— es que fueron esperados con una fuerza que atravesó el miedo. Que hubo manos temblorosas pero firmes sosteniendo decisiones urgentes. Que, incluso cuando el horizonte se volvía gris, alguien pensaba en su llegada como en una promesa.
Nacieron cuando todo parecía venirse abajo. Y, sin proponérselo, trajeron una certeza sencilla y poderosa: incluso cuando el agua arrasa, cuando el ruido es ensordecedor y la noche parece interminable, la vida insiste.
Y esa insistencia, obstinada y luminosa, a veces es lo único que alcanza para volver a empezar.