Bahía Blanca | Lunes, 12 de enero

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Bahía Blanca | Lunes, 12 de enero

Avenida Parchappe, al borde de un parque, zona de galpones, futuro Puerto Madero

Fue la calle de circunvalación de la estación Sud, plagadas de galpones y desvíos ferroviarios. Con un potencial enorme, es mezcla de historia y futuro.

El escritor francés Paul Groussac (1848-1929), por entonces director de la Biblioteca Nacional, escribió en 1912 un artículo señalando la falta de reconocimiento que tenía Bahía Blanca hacia Narciso Parchappe, el agrimensor que integró la expedición fundadora comandada por el coronel Ramón Estomba y responsable de elegir el lugar más conveniente para la implantación del fuerte.

El médico Narciso Mallea (1858-1941), por entonces concejal, tomó en cuenta esa observación y ese mismo año presentó su proyecto de ordenanza para asignarle ese nombre a la entonces conocida como avenida de Circunvalación, detrás del área ocupada por el Ferrocarril del Sud.

Parchappe fue desde siempre una avenida distinta, de 30 metros de ancho, con una isleta de 12 metros de ancho en su centro, interrumpida en su desarrollo por los varios desvíos ferroviarios que permitían llegar a los trenes a las firmas del lugar.

Los desvíos ferroviarios cruzando la avenida

Fue adoquinada en 1912 y en la década del 30 se realizó una plantación de eucaliptus que caracterizó su fisonomía hasta finales de los 70, cuando fueron retirados y reemplazados por otras especies que, con mayor y menor suerte, se consolidaron en el tiempo.

Se recorrido entre calles Darwin y Falucho cuenta, a través de su arquitectura y de sus espacios, parte de su historia, con secuelas del ferrocarril, galpones (en uso y desuso), viviendas familiares y un puente que fue útil para el tratamiento de los niños con asma.

El área ferroviaria

Parchappe recuesta uno de sus lados sobre el predio que ocupa la estación Sud y todas las dependencias propias del funcionamiento operativo de un sector que supo estar plagado de formaciones ferroviarias.

De allí entonces la posibilidad de detectar algunas construcciones de aires ferroviarios, resueltas con cerramientos de madera, chapa o ladrillos a la vista, diseños simples, propios de la arquitectura que los ingleses importaron desde su tierra.

Ese recorrido tiene su complejidad en la falta de veredas, senderos de tierra de distintos anchos con la posibilidad de detectar un cerco de tamariscos, tan caratcerísticos de la Bahía Blanca de fines del siglo XIX, y un elaborado complejo habitacional canino, sin ocupantes.

Cerco de tamariscos, un clásico.

El paseo

En ese mismo lateral de la calle se ubica un maravilloso parque que es resultado del trabajo vecinal, un esfuerzo que comenzó hace unos 20 años y reconvirtió a un área desértica y abandonada en un espacio verde de calidad.

El parque que es orgullo del barrio

En ese lugar hay dos elementos que sobresalen. Por un lado, la plaza del algarrobo, donde se ubica un ejemplar de más de 150 años, que está allí desde antes de la llegada del ferrocarril.

Plaza del algarrobo

A pocos metros, el otro emblema del lugar: el puente negro. Fue construido en 1918 y fue clave para posibilitar en paso de los habitantes de las villas sobre una playa ferroviaria atestada de trenes. Una estructura de hierro, apoyada sobre pilares de ladrillo, de 105 metros de largo, 5 metros por encima de las vías.

Inaugurado en 1918, fue clave para el paso vecinal

Una belleza de ingeniería. Hoy su uso está limitado ya que no hay casi trenes ni tampoco está el paredón que evitaba el cruce a nivel del suelo.

Acceso al puente negro,

Pero además el puente tenía un uso medicinal. Durante años las madres concurrían al lugar buscando mejorar la salud de los chicos afectados por tos convulsa o catarro, sacando provecho del paso constante de las locomotoras a vapor, un nebulizador en movimiento.

El lugar de los galpones

Hasta el día de hoy es posible advertir la presencia de grandes naves en generosos terrenos ocupando la vereda enfrente al ferrocarril. Fue zona de barracas, con grandes depósitos donde recibir la mercadería directamente de los trenes.

Los hay en uso, los hay abandonados. El conjunto no presenta el mejor aspecto, por el abandono en algunos casos, por la falta de veredas. La presencia de estos edificios da cuenta de un pasado pero no permite avizorar un futuro.

Un párrafo aparte para el edificio que fuera la Barraca El Mirador de Bartoleomé Tellarini, una de las primeras en establecerse en la calle, el cual se destaca precisamente por su torre-mirador hoy desocupada de todo uso y afectada por los últimos temporales. Tellarini falleció en 1926 y desde ese lugar partió el cortejo fúnebre. Tiempo después el lugar lo ocupó la maderera Wosjzco. El lugar está desde hace años desocupado.

Barraca el Mirador, 1926

Las viviendas, los estilos

Dos modelos de diseño y organización de casas se pueden detectar en la avenida. Por un lado, un par de propuestas art decó, el estilo de las décadas del 20 y del 30, sinónimo de modernidad y glamur, que se abrió paso en la ciudad, ganando protagonismo en el centro y en los barrios. Geometría, volúmenes escalonados y guardas identifican esta propuesta abstracta.

También dentro de esta variante se ubica el estilo náutico, casas inspiradas en los barcos, con sus “cabinas” de cierre curvo, el uso de barandas cromadas y una carpintería de aires marinos.

Otro modelo singular es el de los frentes sobre los cuales se han dibujado los contornos de un chalet, con lo pintoresco de su cubierta de tejas a dos aguas, la piedra indicando la presencia de una chimenea y la particular terminación ondulada de su parte superior.

Infaltables casas de los gringos

Se las conoce como casas chorizo, casa de patios o casa de los gringos. Construidas en lotes de ajustado frente se organizaban con una tira de piezas sobre la medianera, en una disposición que cerraba la cocina al fondo, el baño y el gallinero en el patio.

Sobre la línea municipal se construía un paredón bajo, con dos pilares marcando el ingreso, una trabajada rejería y un patio delante que solía tener el limonero o la parra. Algunas han sido adecuadas a la vida moderna, conservando parte de su diseño original.

Los colores

En el inicio de la avenida, a la altura de calle Darwin, un cartel indica que se está ingresando a Tiro Federal. De allí que la mayoría del equipamiento urbano ha sido pintado por los vecinos con los colores amarillo y violeta del club barrial. Pero a medida que el caminante se acerca a calle Falucho, la situación cambia: se está en la ciudad de Villa Mitre, con lo cual los colores varían drásticamente al tricolor verde, negro y blanco.

Tiro Federal y Villa MItre, el clásico en la avenida

Solitario testimonio de la Feria Grande

En las décadas del 40 y 60 Parchappe era el lugar elegido para el desarrollo de la llamada Feria Grande, la más importante generada entre las denominadas “Ferias Francas”, en la que productores de la ciudad y la región concurrían con sus carros a vender sus productos.

Feria Grande, 1935

A fines de los 50 la municipalidad se ocupó de construir en el lugar un grupo sanitario, destinado su uso a puesteros, quinteros y auxiliares. Ese modesto edificio todavía se conserva, a veces ocupado, otras con aspecto de abandono. Ha resignado su tanque de agua y ha sumado los colores del club Tiro Federal y una frase: “el amor no me deja pensar”.

El baño para los feriantes, 1960-actual

En el final, el mejor

“Manuel Belgrano es lo mejor que tenemos en América del Sur". La frase pertenece nada menos que al general  José de San Martín, Padre de la Patria, en referencia a quien fuera integrante de la junta del 25 de Mayo de 1810 y sirviera como soldado en las guerras de la Independencia.

En Parchappe y Falucho se inauguró en 1989 el monumento en su memoria, una pared con los colores de nuestra bandera, un modesto pedestal y un busto que de tan blanco ha resignado sus facciones.

Varias gestiones municipales manifestaron su intención de construir una obra más importante, acorde a la vida y obra del creador de la Bandera. Nunca se hizo. “Todas las dificultades se vencerían rápidamente si hubiera un poco de interés por la patria”, dijo el prócer.

La IA permite imaginar un monumento

Final

Parchappe es hoy una avenida de transito intenso, una alternativa de salida de la ciudad hacia la Ruta 3 Norte. Hace algunos años fue pensada como lugar ideal para el desarrollo de cierta tipología edilicia, edificios de gran altura, generando una suerte de “Puerto Madero”. Esa idea nunca pasó de las palabras, aunque se asegura que el nuevo Código de Planeamiento Urbano (en estudio y preparación) mantiene esa postura de generar indicadores urbanísticos especiales para el sector.

La imaginación al poder, ¿El futuro de Pachappe?

Hoy es lo que es. Parte de abandono, de veredas maltrechas, de galpones sin uso, de un borde verde. Después está la arquitectura, que cuenta parte de esa historia, que ofrece detalles, en sus placas, sus rejas y sus postes, que están allí, para ver, como una rica propuesta de arte público.

La yapa (I)

En 1939 se realizó la primera plantación en el bulevar, 200 eucaliptus. Con el tiempo sus raíces, aseguran, se volvieron agresivas y dañinas, por lo cual se decidió su retiro, modificando la atractiva estética del lugar. Llegaron luego los pinos (1977) y los plátanos (1994), con distinta suerte.

La plantación de 1939
Los árboles consolidados fueron retirados
Plantación de pinos, 1977
Vista desde calle Darwin
Los plátanos cuidados han crecido en algunas isletas

La yapa (II)

Caminar la ciudad sugiere hacerlo sin apuro, por el placer de mirar y descubrir. Esa modalidad es la que permite que los detalles comiencen a tener protagonismo y lugar. Las cosas siempre estuvieron ahí, a veces hay que saber mirarlas.