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Cuando el agua sube, las barreras también: lo que no se vio de la inundación

Un relato íntimo sobre la experiencia de quienes no podían ver o caminar cuando la ciudad colapsó. ¿Cómo atravesaron la emergencia? ¿Cuáles fueron sus emociones? Hablan los protagonistas y la psicóloga Felicitas Perramon, del Centro Braille.

La ayuda o cercanía de algún familiar o amigo fue vital para las personas más vulnerables por condiciones previas. Crédito: Rodrigo García-La Nueva.

Aquel 7 de marzo que nadie olvidará el agua avanzó por la ciudad sin permiso. Calles convertidas en ríos, casas anegadas, autos flotando, vecinos cargando baldes, mascotas y niños. Muchas personas en situaciones de extrema vulnerabilidad se deslizaron silenciosas en medio del caos.

¿Qué pasa cuando no podés ver hacia dónde corre el agua? ¿O cuando no podés salir corriendo porque tus piernas no te responden? ¿Cómo se vive una emergencia así cuando todo tu entorno depende de la planificación previa, de otros cuerpos, de señales que no siempre llegan?

Hubo historias que no salieron en la televisión ni se viralizaron. Relatos íntimos que hoy pueden ser contados desde un espacio más sereno, aunque no menos doloroso.

¿Cómo atravesaron estas personas aquel jueves y viernes de lluvias interminables? Sus testimonios y lo que quedó resonando después del agua.

Tiene 80 años, estaba sola y es ciega: “Todavía no puedo dormir”

Olga Pérez tiene 80 años, es del barrio Moresino, y quedó ciega en el año 2007, cuando comenzó su rehabilitación visual en Braille.

Desde que enviudó, hace seis años, realiza sola las tareas del hogar. Su nieta Melina, quien vive en una casa que se encuentra atrás de la suya, la acompaña a hacer las compras, pero en general, ella resuelve las labores cotidianas como cocinar y limpiar.

 Antes viajaba en colectivo pero desde hace un tiempo recurre a la familia para hacer distancias largas.

La inundación fue un gran contraste en su vida, ya que el 3 de marzo celebró sus 80 años y tan solo 4 días después se enfrentó a esta catástrofe climática que le arrebató la paz y el sueño.

Olga, de a poco, vuele a sonreír. Junto a su nieta Melina y Mauro, el marido de su nieta y un gran admirador.

Aquel fatídico 7 de marzo despertó a las 3 de la mañana y se recostó en el sillón del living escuchando las noticias en una radio a pila ya que su hija la había llamado por teléfono para recomendarle que cortara la energía eléctrica bajando la llave térmica por el alerta. “Por cualquier cosa”, dijo.

Quién podía imaginar que ese “cualquier cosa” significaría que cuando Olga tratara de bajar del sillón en el que descansaba, en vez de tocar la tierra con los pies, se hundiría en el agua.

Poco y nada podía servirle el bastón blanco con el que a diario se moviliza por las calles para orientarse. Ni atinó a buscarlo. No tenía sentido hundirlo en el agua.

No obstante logró orientarse para llegar hasta la ventana y gritar auxilio a su nieta, quien vive con su marido y sus dos hijos pero que en ese momento estaba sola con los chicos, luchando para salir por la ventana.

El agua entró silenciosa en la casa de Olga cuando ella dormía y al no poder ver lo que estaba pasando, cuando despertó la sintió en la piel.
“Vivo acá desde los años 80 y esto nunca había pasado, jamás había desbordado el canal. Creí que no iba a poder salir de mi casa. Que me iba a morir ahogada”, dijo.

 

La narración de lo que sucedió aquel día en el lugar de los hechos.

“Siento mucha angustia. Mis hijos me sacaron turno con la psicóloga porque no pude volver a dormir. Duermo muy poco y me despierto llorando. Voy a la cocina y me quedo sentada en el sillón”, contó.

La marca del agua quedó en las paredes, y aunque no la ve, la siente.

“A veces sueño que hago bolsas y meto ropa adentro y tengo que salir corriendo de la casa. Es horrible”, confió.

Además de su hija, Olga tiene un hijo que vive en el barrio Noroeste.  Su nieta, quien es la que más cerca estaba en ese momento, no pudo rescatarla porque es mamá de una hija de 18 años y de un nene de 11 y ellos también necesitaron ayuda de los vecinos para salir.

El agua fría, el barro, las cloacas desbordadas conformaban un escenario espantoso, que entraba también por la nariz.

“A mí me ayudaron los vecinos Beto y el cuñado de Mabel, ellos lograron abrir la puerta. Tengo dos puertas de madera y una ventana con rejas”, detalló Olga.

Ya en la calle la situación no mejoró porque no sabía dónde pisar –en ese sentido nadie podía ver por donde pisaba porque el agua cubría todo—pero además no podía hacerse una idea del panorama general  ¿Por dónde avanzar? ¿Había cosas que venían flotando? ¿Cómo esquivarlas? ¿Hacia dónde dirigirse?

Los vecinos la llevaron del brazo hasta una casa que quedaba a cuatro cuadras y en el camino casi la pierden. La rescató Lisandro, un joven vecino que pudo sostenerla.

Si querés ayudar a Olga su alias es Siga.cepas.creo.mp. Necesita equipar su vivienda y mejorar su calidad de vida.

“No tenía más fuerzas en las piernas y me caí por la fuerza del agua. Me tuvieron que agarrar”, contó.

Hoy, la humedad en el machimbre de sus paredes es un recordatorio constante de un trauma que busca superar con el apoyo de su familia y de profesionales.

“Por un lado llorar me hace bien pero por otro lado no porque una vez que empiezo no puedo parar y después estoy agotada”, dijo.

Cuando en 2007 Olga tuvo desprendimiento de retina luchó por salir adelante. Y sigue demostrando su resiliencia.

“Yo no sabía qué estaba pasando. Solo logré salvar dos almohadones de los sillones que los subí a una mesa”, comentó.

Todavía conmovida, y por momentos quebrada, agradeció la hospitalidad de Mabel, la vecina que le dio cobijo y ropa seca porque la suya estaba empapada.

“Yo le gritaba a mi nieta por la ventana, pero no me escuchaba. Qué me iba a escuchar si estaba en la misma situación que yo…y con los nenes”, recordó.

Mauro, el marido de su nieta, es chofer y en ese momento estaba trabajando. Realiza viajes a Viedma y la última conversación que pudo tener con su esposa fue a las 8 de la mañana cuando le dijo: “Tenemos que dejar la casa porque no sabemos hasta dónde va a llegar el agua”.

No volvió a saber de su esposa, de sus hijos ni del destino de Olga, hasta la mañana siguiente.  

“Quiero destacar la garra que le pone la abuela para salir adelante todos los días, es una luchadora, una guerrera y siempre pone lo mejor. Admiro su fuerza y su valentía”, concluyó.

Mirta Baier perdió la vista en una cesárea: “Tuve miedo por mis hijas”

Mirta nació en Tornquist, vivió en el campo, en Nueva Roma y en 1983 se mudó a General Cerri, a la calle 28 de setiembre al 100, con su marido. En 1985 nació su hija mayor a la cual dio a luz por cesárea.

“En ese parto perdí la vista. Lo mío fue una mala praxis. Me pasaron de anestesia”, dijo.

Después de eso llegó otro embarazo y una nena más. La situación no fue fácil ya que luchó prácticamente sola por sacar el hogar adelante porque a su marido le resultó difícil adaptarse y aceptar su nueva condición.

“Gracias Dios tengo dos hijas hermosas pero me costó muchísimo superar lo que me pasó porque perdí la vista de la noche a la mañana. Tenía 28 años y ahora tengo 68”, comentó.

Mirta, de fondo se ve la marca de la pared y lo que el agua dejó.

La mañana de la inundación se despertó y ya entraba un poco de agua en su casa.

“No le di bolilla. Me llamaron mis hijas y a las dos les dije lo mismo: ‘Me está entrando un poco de agua nomás’, hasta que me di cuenta de que el agua ya me mojaba los pies”, recordó.

Un matrimonio amigo de sus hijas la fue a buscar. Le dijeron que tenía que irse (“Las chicas no quieren que te quedes sola”).

Finalmente unos jóvenes la pasaron a buscar en una camioneta y la llevaron a la casa de su hija menor, a tres cuadras.

“Ahí me encontré con mi hija, su marido y mis nietos”, detalló.

En ese momento no había mucha agua pero 20 minutos más tarde todo cambió.

Salimos a la vereda. Mi hija se desesperó. Gritaba que necesitaba ayuda, que su mamá no veía”, contó.

Unos muchachos salieron en su auxilio. Le pusieron dos remos debajo de los brazos y la ayudaron a cruzar a una casa en construcción de dos pisos. El agua le llegaba por arriba de la cintura.

“No tuve miedo por mí. Lo único que pedía era que me trajeran a mi otra hija que no sabía cómo estaba y estaba sola con los chicos”, confió.
Sobre el mediodía pudieron reunirse todos en el mismo lugar pero seguía lloviendo.

Estaba con su hija Belén, su yerno Alejandro y sus nietos Julián y Agustín. Las peores horas fueron hasta que llegó su otra hija, Estela, con sus nietos Sofía y Javier.

“Estuvimos ahí hasta el otro día, casi al mediodía. Y estuve sentada en un banco muy bajito”, narró.

En su casa entraron más de 60 centímetros de agua y se arruinaron muebles y un sommier.

Sus hijas y una vecina la ayudaron a limpiar y a seleccionar lo que ya no servía.

Mirta, en su hogar, donde reposa hasta poder operarse de la cadera

Pronto le empezó a doler la pierna y en los días posteriores supo la causa: los esfuerzos y tantas horas en una mala postura, le produjeron desplazamiento de prótesis en la cadera.

A fin de mes debe operarse y está ansiosa por recuperar su rutina que consiste en levantarse 6.30 y tomar el colectivo para ir a Braille, donde trabaja en el Taller.

“Extraño mucho poder salir. Me siento decepcionada porque quiero volver a caminar bien”, señaló.

“No puedo moverme ni hacer nada de lo que quiero. No pude ver el desastre que provocó todo esto. Además mi hija me dice: “Ma, te tiré esto; ma, te tiré esto otro. Eso se sufre”, dijo.

El tejido -contó- la ayuda a pasar las horas en este tiempo de descuento.

Mirta, más allá de su angustia actual, con su historia de superación, es en sí misma un mensaje de aliento.

“¡Si supieras todas las cosas que hice y que hago! La vida cambió totalmente para mí cuando perdí la vista y empezó mi otra vida. Hasta trabajé como cadete”, señaló.

Ella concurrió a la Escuela Nº 507 hasta que conoció el Centro Braille, en los 80. Fue por varios años hasta que su marido enfermó y se dedicó a cuidarlo. Él falleció en 2014. Y ella retornó a Braille.

Allí realiza las actividades que más le gustan y lleva una hermosa vida que añora recuperar.

Gustavo tiene movilidad reducida: “Unos vecinos pasaron por la ventana para ayudarme"

Gustavo Barberón tiene 60 años, vive con sus padres Cacho y Mirta en Vieytes al 1800, a media cuadra del canal Maldonado, y se moviliza en silla de ruedas dentro de su hogar y en silla a motor en la vía pública.

Es jugador de bochas en DUBA y participa activamente en comisiones de instituciones vinculadas a la discapacidad, como el Observatorio de Personas con Discapacidad del Concejo Deliberante.

El jueves por la noche regresó de Monte Hermoso y se acostó a dormir.

Los padres de Gustavo, un gran apoyo, siempre presentes.

“Cuando despertamos ya teníamos por lo menos 20 centímetros de agua en toda la casa. Mi papá me sentó en la mesada de la cocina y unos vecinos voluntarios, unos jóvenes que no puedo ubicar, pasaron por la ventana y me llevaron a una habitación que tenemos en planta alta. Allí me quedé hasta el sábado a la tarde”, contó.

Una de sus sillas de ruedas, la que utiliza dentro del hogar, se mojó. La silla motorizada, por suerte, le fue entregada al día siguiente, porque había quedado en Monte Hermoso y no se dañó.

Gustavo vivió una situación dramática pero no perdió su sentido del humor: dice que ahora lo llaman "El sobreviviente".

La inundación afectó gravemente su vivienda: arruinó muebles, colchones, puertas y todo lo que estaba dentro de los placares. Las mesas y sillas del living, el machimbre del garage, la ropa de toda la familia, el bajomesada.

“Quiero destacar la colaboración que recibimos: la Municipalidad nos dio un colchón y desde la Peña de Racing nos trajeron una cama de dos plazas, colchón, cómoda y mesas de luz”, señaló.

La experiencia fue especialmente “dramática” –comentó-- debido a su movilidad reducida.

“En condiciones normales ya me cuesta movilizarme, y con la casa inundada fue mucho peor. En la habitación de arriba no había baño, y eso me trajo inconvenientes”, dijo.

Junto a su mamá y la pava que se salvó. Las ollas flotaban en el living y desde el galpón llegó un palo de amasar.

Aunque asegura que no sintió miedo, sí experimentó angustia y ansiedad.

“Lo peor fue ver a mis padres y a mi hermano trabajando sin poder ayudar. Soy una persona muy activa. Ahora estoy tratando de volver a la normalidad, aunque cuesta: la ciudad todavía está deteriorada y moverse en silla de ruedas no es fácil”, advirtió.

Felicitas Perramon: "Cuando el entorno se vuelve desconocido, el riesgo aumenta"

En situaciones de emergencia como una inundación, las personas con discapacidad visual se enfrentan a una doble vulnerabilidad: la del evento en sí y la de no poder acceder a las herramientas que habitualmente les permiten interpretar el mundo que las rodea.

“La imposibilidad de identificar lo que sucede a su alrededor los expone mayormente a algún peligro”, señaló la licenciada Felicitas Perramon, psicóloga del Centro Luis Braille, en diálogo con La Nueva.

La psicóloga Felicitas Perramon, en la entrada del Centro Luis Braille.

 “El mayor riesgo fue encontrarse en soledad. Las personas que están acompañadas corren menos peligros, porque quién la esté acompañando, puede comunicarle lo que está pasando, qué hacer a continuación, hacia dónde moverse”, aseguró.

--¿Qué recursos que utilizan en su vida cotidiana dejaron de ser funcionales en la inundación?

--El bastón no pudo ser utilizado. Cuando hay agua sobre el suelo, aunque sea poca deja de ser igual de funcional.
Dentro de la casa, la ubicación de los muebles dejó de ser funcional porque empezaron a moverse de lugar. Eso resulta muy desorganizador y de un gran estrés. A eso, en este caso, se suma la incertidumbre, el no saber de qué manera se está viendo afectada la casa por el agua.

--¿Cómo influye una experiencia traumática de este tipo en el proceso de rehabilitación y la ganancia de autonomía?

--Es difícil generalizar porque cada persona lo vive de manera diferente. Hay personas con ceguera, con baja visión de distintos tipos, de distintas edades, que perdieron la vista de distintas maneras o cuentan con distintas redes de apoyo y experiencias de vida. Es muy variable, pero sí, su rehabilitación puede verse afectada por esta situación.

Hay personas que cuando pierden la vista se sienten más en peligro que otras, sienten mayor temor al salir a la vía pública ante la posibilidad de sufrir caídas, golpes, accidentes de tránsito o que alguien puede robarles. Con ellos se trabaja mucho en la confianza en el bastón y demás herramientas, y en atravesar el miedo y la angustia que tienen al salir a la calle, ganando confianza en su capacidad, por ejemplo, de identificar obstáculos.

Cuando una persona va adquiriendo esta sensación de confianza, incluso dentro de su casa, por dejar las cosas en el mismo sitio, y logra identificar un mundo que se mantiene constante y que va logrando identificar, puede ganar mayor capacidad de operar sobre él.

Una experiencia como esta pone en tela de juicio esa confianza pero igual que para todos nosotros es posible trabajarla e ir de a poco recuperando esta sensación de normalidad.

El proceso posterior de identificación de las cosas que había que limpiar o tirar también es particular para las personas con discapacidad visual.

“Reorganizar el hogar es trabajoso y la participación activa resulta importante. El rol del que acompaña es clave, porque es necesario poder informarle a la persona que no ve, con el mayor detalle, qué está pasando con sus cosas. Eso facilita muchísimo la vuelta a la normalidad”, concluyó.