Gardel y un recorrido amargo

4/4/2021 | 06:30 |

Tras haber estado varios años en calle O’Higgins y haber sufrido ataques, la estatua fue instalada en un mítico café de avenida Cerri.

   No es preciso ni necesario a esta altura explicar quién es Carlos Gardel. 

   Un mito, un clásico, un cantor de tangos que mantiene su vigencia y que ha logrado un milagro que hasta podía santificarlo: cantar cada día mejor a pesar de haber fallecido hace 86 años.

   En nuestra ciudad, un empresario del tango, José Valle, decidió, hace diez años, por propia inquietud, solventando la obra y superando comentarios y otros males propios de quienes sentados critican a los que hacen, rendirle un homenaje.

   Para eso indagó la historia de Gardel en nuestra ciudad. Porque Gardel era hombre de giras, cuando todavía la industria del disco estaba en pañales y la gente llenaba las salasen las que se presentaba  de bote a bote para escuchar su extraordinaria voz.

   Cantó junto a José Razzano en el teatro Municipal y en el Palace Theatre (Brown 182) y en dos oportunidades en el Palacio del Cine (Chiclana 164).

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   En sus últimas visitas a Bahía Blanca se hospedó en el hotel Muñiz, que todavía opera en la primera cuadra de calle O’Higgins.

   Por dos veces se colocó la estatua de Gardel frente al hotel, realizada en fibra de vidrio, donde se lo veía sentado en un banco, con su eterna sonrisa, su sombrero, algún clavel en el ojal y una mirada cómplice con todos los bahienses.

   No molestaba a nadie, pero lo destrozaron. En pleno centro. A una cuadra del palacio Municipal. 

   “Las cámaras de seguridad no llegan a ese lugar” se explicó, un argumento sin sentido cuando todos los comercios poseen cámaras a lo largo de la cuadra.

   Los estúpidos de siempre le rompieron una mano, el brazo, le robaron el sombrero, le cortaron una oreja, lo decapitaron, lo volvieron a romper.

   Ahora regresó, a otro sitio. A un café mítico en avenida Cerri, frente a la estación de trenes, donde alguna vez el Zorzal Criollo supo disfrutar de un buen desayuno.

   Un homenaje merecido. Una prueba de lo endeble que se puede ser a la hora de cuidar los espacios públicos.

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