El juicio duró más de una década

Salinas Chicas: la masacre que puso a Médanos en el mapa

18/8/2019 | 06:30 |

En marzo de 1927, seis personas fueron asesinadas en un campo del distrito de Villarino. La persecución de los asesinos tuvo en vilo a todo el país.

El titular de "La Nueva Provincia" de abril de 1929, con la foto de los cuatro implicados en la masacre de Salinas Chicas. Fotos: Emmanuel Briane - La Nueva. y Archivo

 

Hernán Guercio / hguercio@lanueva.com

   Tardaron una semana en hallar los cuerpos. No porque no los encontraran, sino porque nadie sabía que había que buscarlos.

   Estaban en tres pozos en cercanías del galpón del casco de estancia, tapados ligeramente con tierra y ligustros. Tenían heridas de bala, de machete y de hacha: tres mujeres y tres hombres, enterrados por pareja. El peritaje demostraría que habían sido Antenor Galíndez, su esposa Elena Molina, sus hijos Samuel e Irene, y los empleados Federico Winckler y Emilia De García.

   De los asesinos no había ningún rastro.

***

   Seis muertos, una persecución que puso en vilo a todo un país, páginas y páginas de papel cuando los diarios eran la única forma de divulgación de noticias, un juicio que duró más de una década, declaraciones que se desmentían y se cruzaban entre sí, arrepentimientos de último momento y hasta la posible participación de la mafia italiana: la masacre de la estancia Salinas Chicas ocurrió hace más de 90 años, y su recuerdo aún eriza la piel de cualquier habitante de Médanos por lo macabro del hecho, por la repercusión nacional que tuvo y por los interrogantes que todavía hoy siguen sin aclararse.

   A ciencia cierta, se desconoce qué motivó a Salvador Marino y a su esposa Elvira Farulla a matar a sangre fría a seis personas, y a Gregorio Russin y Jacobo Presberg a colaborar con ellos. Se habló de deudas salariales, de malos tratos patronales y hasta de la posibilidad de un asalto o secuestro -con vinculaciones con el hampa- que no había podido concretarse.

   Los Galíndez no eran gente muy querida en Médanos. Hacendados, con unas 50 mil hectáreas en la zona -a unos 30 kilómetros al sur de la ciudad a la altura de Levalle- y grandes extensiones de tierras en el Delta del Paraná, eran conocidos como personas altaneras, hoscas, antipáticas y poco gentiles con sus empleados. Su casa en la estancia, cuenta la leyenda urbana, no era para nada lujosa y peor aún era el alojamiento que tenía para sus trabajadores.

 

   Esa fue parte de la excusa esgrimida por Marino en la tarde del 23 de marzo de 1927 para matar de un tiro y un hachazo en la cabeza a Antenor y de dos disparos a Elena: dinero adeudado por trabajos realizados, una póliza de empeño por algunos muebles en Capital Federal y hasta haber sido despedido del campo. Momentos más tarde caería la criada, De García, con varios hachazos y martillazos en la cabeza y un balazo en el pecho.

   “Esta es sangre cristiana -dijo en ese momento Marino con el hacha en la mano, según declararía Presberg pocos días después-. Ahora que he aniquilado a estos tres, terminaré con los otros tres que faltan”.

   Dos de los hijos de los Galíndez habían viajado por un trámite a Médanos en el auto y el capataz estaba recorriendo los campos a caballo. Al regresar, los hermanos fueron ultimados a balazos y hachazos; a Winckler lo matarían a machetazos.

 

   Una vez capturados, Russin y Presberg señalarían que habían colaborado con los Marino para evitar que también los matasen. El propio Salvador lo ratificaría diez años después en una carta en la que confesaba su autoría de la masacre, aunque en un principio los había señalado a ellos como los verdaderos asesinos. Esta declaración también exoneraba a Elvira quien -supuestamente- había participado en la muerte de los hijos de los Galíndez.

   Lo cierto es que ese 23 de marzo, Marino y sus cómplices se dedicaron a limpiar la escena del crimen: llevaron los seis cuerpos en carretilla hasta un sector donde se habían hecho pozos para plantar árboles y los tiraron ahí; luego, baldearon los pisos del comedor y de distintos pasillos que habían quedado con manchas de sesos y sangre.

   Al otro día taparían los pozos y escaparían hacia Médanos en el auto de los Galíndez, llevándose algunas pertenencias y joyas de la familia. Viajarían en tren hacia Bahía Blanca, desde donde Russin, los Marino y su pequeña de tres años partirían con destino desconocido.

 

   Como cuenta Walter Katz en su libro La masacre de Salinas Chicas, Presberg se había quedado en el pueblo, y por ello fue el primero en caer. Por orden de Marino -y ante una supuesta amenaza con la mafia- habló con algunos arrendatarios de los campos de los Galíndez, explicándoles que la familia había salido de viaje, para que nadie sospechara de su ausencia.

   Sin embargo, el 30 de marzo uno de estos inquilinos llegaría hasta Salinas Chicas. No parecía haber nadie, pero encontró manchas de sangre en las paredes. La policía no tardaría en registrar el lugar. En la zona próxima al galpón verían asomar una mano y una zapatilla, mal tapadas. Era el cadáver de la criada.

   El 31 de marzo la noticia apareció a toda página en “La Nueva Provincia” y en los principales diarios del resto del país, y así se mantendría durante un mes al menos, con hasta tres páginas diarias que hablaban del tema.

 

   Con Presberg ya interrogado y detenido, comenzó la búsqueda de una pareja de italianos y de un alemán. Se difundían imágenes para conocer su paradero. Se los buscaba en Río Negro, en distintos puntos de la provincia de Buenos Aires y hasta en el Uruguay, aunque se creía que estaban ya arriba de un barco con rumbo a Europa.

   El 5 de abril después, Elvira y Salvador eran atrapados en Cañada de Gómez, en Santa Fe, trabajando en un campo. Russin había desaparecido del mapa, pero sería encontrado sobre fin de mes en San Cristóbal, gracias a unas cartas que había enviado a sus padres en Villa Mitre, Bahía Blanca.

   Al año, la Justicia emitiría las sentencias provisorias: Russin y Marino, prisión perpetua, sindicados como los asesinos; Presberg, 20 años de prisión, y Elvira, 17 por complicidad, aunque obtuvo la libertad condicional. Fueron enviados al penal de Sierra Chica a la espera de la decisión definitiva de la Suprema Corte de la Provincia, que llegaría en octubre de 1938, 11 años y seis meses después de la masacre.


   Para ese entonces, Marino ya había enviado la carta en la que se declaraba único culpable, pero la Justicia no la tuvo en cuenta para modificar las sentencias. Él moriría años después en la cárcel; Russin conseguiría una amnistía por intercesión de Eva Duarte de Perón, pero fallecería pocos meses después de quedar en libertad. Presberg también sería liberado; y Elvira comenzó una relación con un guardiacárcel de la prisión en la que estaba encerrado su marido.

   De la familia Galíndez no se supo nada más. Los hijos de Antenor y Elena se llevaron los cuerpos de sus padres y hermanos para inhumarlos, pero en un principio no quisieron hacerse cargo de los del capataz y la criada, originando la protesta y el descontento de todo el pueblo; finalmente, terminaron cediendo. 

 

   Con el correr de los años, la masacre de Salinas Chicas terminó convirtiéndose en una de las historias más macabras de Médanos y de la región, y una de las que más interrogantes dejó.

   Nunca se pudo saber si Salvador efectivamente estaba vinculado con el hampa ni cuál fue el verdadero rol de Elvira ni aclarar por qué Presberg y Russin no intentaron escapar. 

   Tampoco las razones de la matanza.

 

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