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17/9/2017 | 09:21 | Para diseñar un portafolio de inversión es fundamental definir tres variables: el tiempo que se va a realizar la inversión, el nivel de riesgo a asumir y la rentabilidad esperada.

Por
Rodrigo Alvarez

   Un buen asesor financiero debe conocer a su cliente, comprender sus objetivos de inversión y necesidades. Cada inversor tiene características que lo hacen único: edad, situación familiar, laboral, patrimonio, son algunos de los elementos a indagar. Estos aspectos son fundamentales a la hora de definir el destino de su capital.

   En el artículo anterior explicamos la importancia del ahorro como mecanismo para alcanzar un mayor nivel de bienestar y las distintas alternativas de inversión que están disponibles. En esta columna vamos a presentar los principales lineamientos para definir qué activos seleccionar dentro del menú disponible.

   Para diseñar un portafolio de inversión es fundamental definir tres variables: el tiempo durante el cual se va a realizar la inversión (horizonte de inversión), el nivel de riesgo dispuesto a asumir (aversión al riesgo) y, por último, el nivel de rentabilidad esperada (retorno esperado).

   Veamos. El concepto de horizonte de inversión se refiere al período en el que se está dispuesto a mantener una inversión. Esta variable está estrechamente vinculada con la liquidez de la inversión y el grado de disponibilidad del dinero invertido.

   Por ejemplo, si una empresa tiene excedentes que piensa en destinar al pago de sueldos o insumos en los próximos dos o tres meses lo más recomendable puede ser un fondo común de inversión o un plazo fijo, instrumentos con muy alta liquidez y de bajo riesgo (entendido como la volatilidad o fluctuación en el valor del activo). En cambio, si un inversor ahorra para su jubilación digamos con un horizonte mayor a 5 años, un bono de largo plazo o las acciones pueden ser instrumentos apropiados para capitalizar los ahorros con expectativas de retornos muy interesantes. Máxima Nº 1: A menor horizonte de inversión menor tiene que ser la volatilidad a asumir.

   Una mayor rentabilidad esperada implica asumir mayores riesgos. Es por ello que, para definir una cartera, se realiza una primera clasificación del inversor en función de su grado de aversión al riesgo. El inversor conservador se caracteriza por su mayor aversión al riesgo. Valora más la seguridad que el retorno. Las inversiones que se ajustan a este tipo de perfil son, por ejemplo, las Letes en dólares, las Lebacs, plazos fijos o los fondos de inversión que invierten en este tipo de activos.

   El inversor moderado busca obtener buenos rendimientos, pero sin asumir un elevado riesgo. Prefiere una cartera balanceada entre acciones de empresas grandes, FCIs y bonos soberanos de mediano plazo. El inversor agresivo se caracteriza por ser propenso al riesgo; elegirá una inversión con el mayor rendimiento esperado a costa de asumir una mayor volatilidad en su cartera. Su cartera estaría compuesta en mayor medida por acciones y bonos de largo plazo, por ejemplo. Máxima Nº 2: cuanto mayor es la aversión al riesgo, menor tiene que ser la volatilidad a asumir en la inversión.

   Como señalamos previamente una cartera con mayor horizonte y con mayor propensión al riesgo estará asociada a mayores retornos esperados. Dependiendo de distintos factores como la edad del inversor, su situación financiera y sus niveles de ingreso se puede clasificar al inversor nuevamente en tres categorías. Inversores que buscan preservar el capital: el ahorrista privilegia la disponibilidad del dinero buscando evitar pérdidas de capital.

   En este grupo se encuentran individuos muy adversos al riesgo y empresas que buscan colocar sus excedentes de liquidez. Este sería el ejemplo de una persona en edad de retiro que difícilmente pueda recuperar sus ahorros si realiza una inversión riesgosa y el resultado no es el esperado. Los inversores que buscan una renta son los que realizan inversiones en activos que devengan un retorno y con una volatilidad moderada de modo de obtener una renta en el mediano plazo.

   Este podría ser el caso de un trabajador que busca complementar sus ingresos con activos que le devenguen un rendimiento atractivo como un título público en dólares a mediano plazo. En la percepción popular, el típico ejemplo es el del inversor que compra una propiedad para alquilar, aunque en este caso los rendimientos distan de ser elevados.

   Por último, el inversor que persigue el crecimiento del capital busca una fuerte valoración por inversiones de largo plazo y está dispuesto a tolerar la volatilidad de corto. Este podría ser el caso de un profesional o de una pareja joven que ahorra pensando en el mediano plazo y largo plazo, por ejemplo, para acceder a una casa propia o cambiar el auto invirtiendo en activos con más retorno esperado como los títulos públicos de largo plazo o las acciones. Máxima Nº 3: cuanto mayor es la rentabilidad esperada, mayor tiene que ser la volatilidad a asumir en la inversión.

   Un asesor financiero eficiente es aquel que logra combinar los tres criterios (horizonte, aversión al riesgo y rentabilidad esperada) de forma satisfactoria, seleccionando el menú de activos que mejor se adapte a las necesidades del inversor. En todos los casos, invertir tiempo en aprender sobre el manejo de nuestras finanzas y asesorarnos en cómo administrar nuestros activos resulta una de las inversiones más rentables.

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