Bahía Blanca | Domingo, 15 de febrero

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La máscara de la felicidad

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El carnaval es una fiesta popular caracterizada por bailes, desfiles, disfraces, máscaras y la nota principal es la diversión pública. Es imposible en esta fecha no establecer una asociación entre las máscaras y lo público, y entre lo que hacemos público en las redes sociales.

Generalmente al navegar en distintas plataformas prevalecen ideales que como tales lejos están de lo real. Echar un vistazo por distintas redes es una forma de navegar en los mares de la felicidad ajena.

Cuerpos perfectos, vacaciones perfectas, comidas perfectas, festejos perfectos, relaciones perfectas, logros, objetivos, objetos, todo es sinónimo de cómo la vida les sonríe. Es como si la vida fuera editada en modo perfección. Tan hermoso como irreal.

La pregunta es si esa máscara de felicidad tiene impacto negativo en el bienestar o en la salud mental.

Las redes sociales son la plataforma presente para lanzar o al menos intentar mostrar lo mejor de cada persona. Lo que sucede es que el cuerpo esculpido, la cara filtrada, las vacaciones soñadas, la comida gourmet, la bodega selecta, el auto 0km, operan de forma tal que además de presión fomenta la comparación social. El problema no es la comparación en sí, ya que a veces es un motivo de superación, el tema es cuando la persona se mide con aquello que es irreal.

Los/as influencers tienen mucho que ver en esto, ya que la exhibición de “lo perfecto” genera modelos irreales, inalcanzables, impacta en la autoestima especialmente de adolescentes, y genera una presión constante por lograr objetivos inalcanzables y a veces hasta nocivos para la salud.

En efecto, distintas investigaciones revelan que la exposición constante a imágenes “tuneadas” y editadas alteran la autopercepción y hasta distorsionan la autoimagen. Además, el cerebro libera dopamina con cada “me gusta”  y se va generando un círculo vicioso en el que hay que publicar constantemente aquello que los otros están esperando consumir.

Es decir, en esta ecuación hay quienes, hasta casi se obsesionan por publicar contenido perfecto en que la nota distintiva es la felicidad y, por otra parte, están quienes, hasta casi se obsesionan también con consumir eso que se publica y que es bastante irreal.

Por lo tanto, ser espectador de vidas ajenas, enmascaradas en un supuesto estado de felicidad afecta el bienestar, causa estrés, desgasta emocionalmente, genera ansiedad, en algunos casos es causal de cuadros depresivos, hay despersonalización y se prioriza la mirada ajena. La publicación tan perfecta enfrenta a quien la ve con aquello a lo que tal vez nunca puede acceder.

Así como lo prefecto no existe y es imposible sostenerlo, creo que es más saludable optar por la “mascara” de la auténtico. Mostrarse con las luces y las sombras, con lo bueno y lo malo, lo lindo y lo feo, lo virtuoso y lo perfectible, permite empatizar y crear redes y comunidades más sanas. 

Mostrarse tal cual es lejos está del pesimismo; siempre me generan muchas preguntas quienes van por la vida y las redes con la sonrisa instalada, ya que es muy alto el costo de tener de forma permanente la máscara de la felicidad.