Prenderle velas al consumo

26/11/2016 | 08:54 |

Prenderle velas al consumo. La política y el poder La Nueva. Bahía Blanca

Por
Vicente Massot

Aun cuando la afirmación podría pecar de exagerada, lo cierto es que el Gobierno, ante la falta de reactivación de la economía, enfrenta un problema serio al que todavía no le ha encontrado solución. A esta altura, cumplido el primer año de gestión macrista, nadie se anima a arriesgar un vaticino respecto de cómo pueden evolucionar la producción, el consumo, los servicios y las finanzas públicas desde ahora y hasta principios de octubre próximo.

No hay dudas en cuanto a la baja de la inflación pero, al propio tiempo, las incertidumbres acerca del crecimiento de la actividad económica pueblan los despachos oficiales. Las luces de alerta se prendieron -tanto en la Casa Rosada como en el Palacio de Hacienda- en atención al hecho de que los “brotes verdes” se hacen esperar más de la cuenta, la obra pública tarda en poner primera, el consumo no consigue recuperarse, ni siquiera con fórceps, y las inversiones extranjeras brillan por su ausencia.

Las interpretaciones que se han esbozado para explicar semejante situación son de las más variadas. Entre el diagnóstico y pronóstico de Roberto Lavagna y el de José Luis Espert media un verdadero abismo, lo cual no quita que el segundo semestre toca a su fin y la recesión, contra la mayoría de los cálculos del oficialismo, demuestra ser más extensa y de mayor envergadura que la imaginada.

Está claro que, en lo que falta para culminar el año en curso, no habrá números halagüeños. En todo caso, si se desea ser optimista podría apuntarse, como crédito para el gobierno, la desaceleración de los precios que ofrece lugar a la esperanza de un futuro repunte del poder adquisitivo de la gente. Si existiese la certeza de que el proceso en marcha fuese a dar sus frutos, a más tardar en el segundo trimestre de 2017, no habría lugar para el nerviosismo. El problema radica en que no hay evidencias al respecto.

Mauricio Macri y Alfonso Prat Gay confían en los efectos que podría tener una “cosecha salvadora” de la campaña agrícola 2016-2017. Estimada en 130 millones de toneladas -15% superior a la de 2015-2016- la producción total de cereales y oleaginosas –trigo, girasol, maíz y soja- haría las veces de motor, capaz de dar impulso al consumo interno.

También confían en el resultado final del blanqueo en efectivo que algunos analistas estiman en alrededor de u$s 9000 millones. Se llegue o no a ese tope, una parte considerable de lo recaudado se aplicará a la adquisición de inmuebles y de automotores. De más está decir que el gobierno deberá, en el año electoral venidero, recalentar artificialmente el nivel de actividad. Fogoneará la demanda, financiándola con deuda, en la convicción de que vale la pena asumir el riesgo de incrementar el rojo fiscal a sufrir la recesión.

Para la administración de Cambiemos la recuperación del consumo es de vital importancia. Una encuesta reciente, de carácter cualitativo, refleja algo que no le pasó desapercibido a esos dos fanáticos de esta clase de relevamientos: Marcos Peña y Jaime Duran Barba. En la misma quedó al descubierto que en los sectores más necesitados de la población, e inclusive en una franja muy importante de los segmentos sociales medios y medio-bajos, la merma en la capacidad de consumir preocupa más que la inflación.

La cuenta regresiva que aqueja al gobierno se prolongará hasta agosto o septiembre del año a punto de iniciarse y se relaciona, estrictamente, con los comicios legislativos anunciados para octubre. Cualquiera puede darse cuenta de los vasos comunicantes hallables entre el ánimo de los votantes y el resultado de las elecciones.

Como siempre sucede en estas latitudes, y en casi todos los países del mundo, el bienestar económico es un estímulo fundamental para apuntalar en las urnas al oficialismo de turno. Contrario sensu, el malestar conspira inevitablemente en contra de las autoridades que no dan con el remedio indicado a la hora de enfrentar la recesión, el desempleo, el alza del costo de la vida y otras calamidades por el estilo.

Aunque, por elementales razones de prudencia y de estrategia electoral, no lo exprese en voz alta,el oficialismo suma a las preocupaciones de índole económica que fueron señaladas antes, la ausencia de candidatos de primer nivel en la provincia de Buenos Aires.

Salta a la vista, en un análisis hecho a mano alzada, que el Frente Renovador, el peronismo ortodoxo y el kirchnerismo se hallan hoy en mejores condiciones que Cambiemos. ¿Por qué? Básicamente en virtud de que los únicos postulantes conocidos que pueden bajar al ruedo, en el principal distrito del país, no solo están peleados a muerte entre sí sino que miden mal en las encuestas.

Es un secreto a voces que Elisa Carrió no lo puede ver a Jorge Macri ni en figuritas. A su vez, el primo del presidente y actual intendente de la localidad de Vicente López, si bien no vocea su odio en público, la quiere a Lilita lo más lejos posible de cualquier candidatura en el ámbito bonaerense.

Las diferencias podrían atemperarse en caso de que juntos conformasen una de esas duplas imbatibles. Pero lo contrario parece cierto. La jefa de la Coalición Cívica arrastra voluntades en el interior de la provincia. En cambio, suscita poca adhesión en las dos circunscripciones claves –la primera y la tercera- como para enfrentarse con posibilidades deganarle a Sergio Massa, Florencio Randazzo y Cristina Kirchner. Imbatible en la capital federal, es una del montón en Buenos Aires. Por su parte Jorge Macri figura lejos de los candidatos con mayor intención de voto.

Como no podría ser de otra manera, las apuestas del macrismo se encuentran centradas en el desenvolvimiento económico. ¿Quién lo conocía a Antonio Erman González en la Capital Federal? Riojano de pura cepa, menemista hasta los tuétanos, fallido ministro de economía nacional, ganó las elecciones de 1993 en la ciudad puerto y sorprendió a muchos. Claro, no había salido airoso del trance en razón de su ascendiente sobre la población porteña. En otras circunstancias, habría hecho un papelón. Pero era el candidato de un fenómeno que, por primera y única vez en nuestra historia, consiguió sumar los sufragios peronistas y los votos “gorilas”. El triunfador fue Carlos Menem. Su correligionario resultó apenas un instrumento.

Con arreglo a esa experiencia es que, en las filas de la Coalición gobernante, se razona así: con una economía en alza, basta María Eugenia Vidal para ponerse la campaña al hombro y lograr que gane Lilita, Jorge Macri u otro menos conocido. De la misma manera que Raúl Alfonsín transformó a Alejandro Armendáriz en gobernador, en 1983, ¿qué impide pensar que Mauricio y María Eugenia puedan compensar en octubre la flacura de sus candidatos? Eso, claro, si repunta el consumo, si cesa la recesión y si no crece el desempleo. Para algunos, demasiados si… Para otros, la base de una estrategia electoral.

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