Informe especial

#SaludMental: un enfermero y un psiquiatra cuentan cómo se vivía en el neuropsiquiátrico

19/10/2016 | 07:00 | Hablaron de violencia, trabajo en equipo, despidos y muertes.

Fotos: Archivo y Emmanuel Briane-La Nueva.

Belén Uriarte / buriarte@lanueva.com
Matías Mugione / mmugione@lanueva.com
Maximiliano Buss / mbuss@lanueva.com

   —Me dijo “Dios no me va a perdonar por esto que hago yo”. Le respondí “sí te va a perdonar”. El lo tomó como que le hacía la contra y me pegó una trompada, como diciendo “viste que no me va a perdonar”.

   El enfermero Carlos Bazán recuerda así el incidente que tuvo con un paciente del neuropsiquiátrico de Bahía Blanca, donde trabajó durante 10 años, desde 1991 hasta el 2001.

   Su trabajo era controlar a las personas que estaban internadas, darles los medicamentos y contenerlas (atarlas, hablando en criollo) cuando tenían un cuadro de excitación.

   El lugar tenía dos pisos (el primero para mujeres y el segundo para hombres), había sido creado en 1955 y funcionó en Necochea al 900 hasta 2011, cuando se cerró porque se caía a pedazos. Luego se refaccionó y ahora funciona ahí el Centro Provincial de las Adicciones (CPA).

   En 1972 se lo había bautizado con el nombre del psiquiatra Diego Bereilh y a mediados de los 80 pasó a formar parte del Penna, como sala de pacientes agudos (por eso comenzó a nombrarse como exneuropsiquiátrico).

   —Una vieja estructura que no tenía mantenimiento, donde los recursos siempre fueron insuficientes. Yo nunca, a pesar de haberlo pedido, pude tener una asistente social fija, nunca tuve una psicóloga fija, solo residentes.

   El psiquiatra Raúl Pinotti, por su parte, describe de esa forma el lugar. Sin embargo, no todas son pálidas. Destaca como algo “muy bueno” el grupo humano que armaron y define como enriquecedores “los espacios de sala” donde hablaban de cada caso.

   —Hacíamos trabajos que no nos correspondían, pero queríamos ir porque había un equipo con mucha decisión y logramos mucha externación, que era nuestro objetivo.

   Él había trabajado en los hospitales Melchor Romero y San Martín, de La Plata, y fue trasladado al neuropsiquiátrico a principio de los 90, siendo nombrado jefe de esa sala solo un par de años después.

   —Se mandaron tantas notas, sobre todo por limitaciones edilicias (caída de cielo razo, cables pelados) que lo terminaron cerrando. Y se cumplió un viejo anhelo: la integración de pacientes psiquiátricos al hospital general, pero no por una cuestión de avance ideológico, sino por necesidad.

   Bazán no recuerda grandes problemas edilicios. Dice que esos inconvenientes empezaron después de que él se fuera.

   —Eran salas viejas, con todo el mobiliario viejo. Se rompían caños o por ahí los pacientes rompían vidrios u otras cosas. Por lo general se reemplazaban enseguida.
   —¿Era un lugar acondicionado para ese tipo de pacientes?
   —Diría que sí. Pero estamos hablando de un país del tercer mundo, ¿no? No es un país de primera.

   También cuenta que “había una habitación de aislamiento”, que “no estaba acolchada” y donde “se ponían los pacientes más excitados, para que no lastimen a los demás”.

   La describe como “una habitación chica”, donde “entraba una cama y solo un paciente” y que tenía “en la parte de arriba de la puerta, un agujerito” por donde podías verlo.

   Había unos 30 pacientes con diferentes patologías. Pinotti enumera “trastornos bipolares, esquizofrenia, desórdenes de personalidad complejos, cuadros de drogas más estados psicóticos, depresivos, maníacos”.

   Cuenta también que una vez les llevaron “un chico con retraso mental, que no era para ahí”, pero que “tampoco lo podían mantener en institutos de menores”.

   Dice que los casos de adicciones fueron aumentando a lo largo del tiempo: “Cuando llegué en el 91-92, de los 30 pacientes había 1 con deterioro por drogas. Cuando me retiré (2011), si había 20-25 internados el 70-80 % tenía cuadros psiquiátricos severos y además consumo de sustancias”.

   —Cuando había incidentes inadecuados, tomaba las medidas de rigor. En alguna ocasión por ahí algún policía que se excedió en su función, pedí que se retirara. Algún enfermero que estuvo inmerso en situación dudosa en cuanto al buen trato o maltrato, y logré que se retiraran.

Asesinato

   En diciembre de 1997 una paciente de 39 años, Cristina Angélica Arévalo, murió tras estar internada unos días en el Penna, luego de que a fines de noviembre fuera atacada a golpes por otra paciente del neuropsiquiátrico, María Rosalba Castro Rosales, de 42.

   —Estaba el primer piso, que era sala de mujeres, y la de arriba, de hombres. El office de enfermería estaba en el medio, pero sin ninguna posibilidad de ver la situación. No había cámaras. Una paciente súbitamente, no recuerdo la hora, en un episodio de violencia extrema le pegó patadas a otra —recuerda Pinotti.

   El psiquiatra afirma que “son hechos que pueden ocurrir en una fracción de segundo en una habitación que está a 5 metros, pero que uno no está viendo” y que para evitarlo “tendría que haber una persona para cada cama”, algo que describe como “absolutamente imposible”.

Suicidios

   —Una vez subí de recorrida al segundo piso y había un chico que había agarrado una sábana. Se estaba ahorcando, pero lo agarré de las piernas y pudimos evitarlo —relata Pinotti.

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   El doctor recuerda que ni bien había sido trasladado al neuropsiquiátrico ocurrió un caso de suicidio, pero “después no hubo”.

   —Nunca vi suicidios de pacientes, pero mis compañeros encontraron pacientes colgados. A otros los salvaron y los alcanzaron a bajar. Gracias a Dios, yo no presencié —dice el enfermero.

   Pero Bazán cuenta que sí estaba cuando, en enero de 1998, un joven de Tres Arroyos se tiró por el hueco del ascensor. Fernando Bayúgar Aizpurúa se había inculpado por el crimen de Nair Mostafá, una nena que hallaron violada y estrangulada, y estaba bajo custodia.

   —Estábamos desesperados: mi compañera lo vio pasar y gritó, yo subí corriendo y llamé al hospital para que manden una ambulancia. Cayó en el techo del ascensor, los policías lo sacaron cuando se empezó a mover, después hizo una convulsión y reiteramos el llamado a la ambulancia. Tuvo un traumatismo de cráneo y me parece que una fractura.

   Bazán sigue trabajando en el Penna, pero ahora en la guardia. Dice que siempre es lo que había querido.

   —Me gusta la emergencia. Hace 8 años que estoy y estoy contento de estar en ese servicio, porque es lo que siempre me gustó.

   Sin embargo, en el lugar sigue tratando con pacientes psiquiátricos, porque algunos de los que están internados en el Penna se encuentran ahí.

   Dice que “en general no son peligrosos para otros pacientes”, aunque “algunos sí, en momentos de crisis o por su misma patología”.

   Opina que “el espacio físico es poco para aplicar la Ley [de Salud Mental]”, que dice que las personas con padecimiento mental deben atenderse en hospitales generales y que “los pacientes no deberían estar tanto tiempo en la guardia”.

   —Hemos tenido algunos que han estado un año internados ahí por falta de espacio. Se reciben muchos que mandan los jueces y si no hay lugar quedan en la guardia.

***

   Pinotti dice que a pesar de las dificultades, trabajar en el exneuropsiquiátrico fue “una de las mejores experiencias” de su vida.

   Está jubilado pero sigue trabajando: tiene un consultorio y un equipo terapéutico, con el que hace talleres “de 9 pacientes, con patologías heterogéneas”.

   —Hay asambleas multifuncionales, salidas, festejos cuando hay alta. Es mucho a pulmón porque nadie gana mucho dinero. Con mucho afecto, que es clave. Es un modelo muy humanizado.

   También tiene un Hospital de Día en colonia La Merced, en el partido de Villarino, pero está cerrado por falta de financiamiento.

   —Me gusta lo que hago, cada paciente es un mundo y uno se mete. Es muy lindo.

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