Bahía Blanca | Lunes, 27 de junio

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Importancia del Mare Nostrum

Escribe Jesús Fernando Taboada

El núcleo trascendente e influyente de la geopolítica mundial vuelve al Mar Mediterráneo.

Los analistas explicaban que el centro histórico de atención pasó del Mediterráneo al Atlántico, con el descubrimiento de América y la apertura de nuevas alternativas, para luego ceder al Pacífico la primacía por la importancia crematística de una renovada Asia.

Los ejes políticos internacionales giran en base a esos territorios; pero hoy, en virtud de las nunca solucionadas querellas zonales, el Mare Nostrum recupera su influencia y gravitación.

La carencia de solución del tema palestino y el renacer de un irredentismo islámico fruto, entre otras razones, de una herida incurable en el sentir del mundo árabe por la presencia de Israel y la expansión de sus colonias con rechazo de toda pretensión sobre Jerusalén, determinan un clima de conflicto permanente por parte de los países del mundo árabe, que engloba y arrastra a todas las potencias del orbe.

Las luchas religiosas plasman con su rigorismo una connotación de riesgo progresivo, acentuando la incomprensión de creyentes que incurren en fanatismos que resultan absolutamente incomprensibles para el mundo occidental.

Agresiones que se multiplican y exacerban a todos los habitantes de la región, que motivan víctimas y éxodos de minorías, multiplicando odios y rencores que se traducen en mayores actos de violencia.

Las expectativas del renacer democrático de los países árabes se han visto congeladas, puesto que los objetivos no se han cumplido y nuevas fuerzas hegemónicas se imponen por la fuerza.

Egipto consolida a las Fuerzas Armadas en un poder de legalidad totalitaria; Libia se hunde en un marasmo disgregante; Argelia queda condicionada a la salud de un presidente dañado por su edad y que sigue ocultando al verdadero poder militar como contención de la progresión del fundamentalismo; Líbano aspira un estabilidad cada vez más errátil y Siria constituye el meollo de una situación que se dirige sin pausas al caos de la desintegración y la hasta ahora estable Turquía incurre en las tentaciones del sistema político a base religiosa. Región donde se ven defraudadas las esperanzas democráticas que habían despertado en esa revolución de los jazmines que se iniciara como torrente en Túnez y que en solo tres años ha motivado un clima extendido de guerra. La salvedad de Túnez, que ha recuperado un sistema democrático, no logra mitigar las incertidumbres que despiertan en esta región crucial, donde se agrega el infame accionar del Estado Islámico. Este encuentra inesperado apoyo en muchos países no solo islámicos y trastorna todo el panorama de la región, aumentando la violencia y el dolor.

La creación de un Califato sobre un pretendido Estado, que se expande militarmente y comercia internacionalmente, así como pretende acuñar moneda, desdibuja los conceptos de soberanía y de los límites geográficos impuestos desde el fin del Imperio Otomano, altera los sistemas de alianzas tradicionales en la región y ha suscitado la apertura de la presencia militar de EE.UU., que se ve comprometido a intervenir liderando un conjunto de naciones en un conflicto con fecha de inicio pero no de fin.

Al conflicto que antepone a chiitas con apoyo iraní de los mayoritarios sunitas que tienen el de Arabia Saudita, se suma la irresuelta situación en Siria, donde Bachir el Hassad domina la mayoría geográfica del país y cuenta con el sostén de Rusia, China e Irán, así como el de ciertas minorías nacionales que temen la captación de los movimientos opositores bajo la égida del EI y que perturban los objetivos estadounidenses de consolidar un Irak autónomo y democrático pero también con la salida, hoy cada vez más dudosa, del régimen de Bachar.

Israel y Palestina se entrecruzan en fuertes críticas que soliviantan sus respectivas poblaciones, que están incurriendo en acciones de una violencia de ventajas políticas, que conlleva reacciones cada vez más peligrosas y da claras señales de peligro en toda la región.

Hoy, el mundo occidental contempla con temor una evolución de los acontecimientos que dan una injusta importancia a todas las riberas del Mediterráneo, donde son de esperarse consecuencias imprevistas y de lamentable trascendencia, que involucren a todos los países, despertando y agravando tensiones sociales, ya sea produciendo nuevas corrientes migratorias que aspiran llegar a la panacea de la fortaleza europea, o bien agrietando aún más las divisiones producidas en el Viejo Continente por la exaltación del progreso numérico de creyentes del Islam y su cada vez más gravitante influencia.