Bahía Blanca | Domingo, 05 de abril

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Bahía Blanca | Domingo, 05 de abril

EL DIA QUE NUNCA OLVIDARE HOY: ROBUSTIANO ALVAREZ

Enciclopedia mitológica del barrio Cuando, tras su regreso desde Estados Unidos a la Argentina Robustiano Alvarez leyó en "La Nueva Provincia" la breve información, advirtió el riesgo que había corrido. Sin darse cuenta, había transitado por el borde de un camino peligroso, quizás sin retorno. Entonces comprendió lo que antes no había podido comprender.

Enciclopedia mitológica del barrio




 Cuando, tras su regreso desde Estados Unidos a la Argentina Robustiano Alvarez leyó en "La Nueva Provincia" la breve información, advirtió el riesgo que había corrido. Sin darse cuenta, había transitado por el borde de un camino peligroso, quizás sin retorno. Entonces comprendió lo que antes no había podido comprender.


  Yo soy yo y mis circunstancias, dijo el filósofo, y si no conozco bien mis circunstancias puedo ser víctima de ellas.


  Robustiano Alvarez es un bahiense que nació en España por voluntad materna. Fue a tenerlo allá. Pero acumuló sus primeras sensaciones y sus primeros recuerdos en Bahía Blanca. Y si algo, por encima de todo, ratifica su argentinidad es su temprana pasión por el tango y sus símbolos. Una pasión que recién a los 67 años empezó a plasmar en el arte.


 Ocurrió cuando, residiendo en Holanda, el pasado, el presente y el porvenir se concentraron en esa especie de irrupción estética imperativa de la que fue destinatario.


 Algo de la sublime locura de Van Gogh se le contagió en aquel ámbito, propenso a la reflexión profunda, cuando un circunstancial amigo de la familia le presentó una piedra y un desafío: "A ver qué se puede sacar de esto".


 Y Robustiano incorporó a la materia muda una expresiva imagen bifronte que a veces significa mirar hacia atrás y hacia adelante. Subió de ese modo su primer escalón en el templo iniciático del arte. Atrás quedaba una amplia carrera por el territorio de la ciencia, con galardones y responsabilidades, transcurrida en universidades e institutos de jerarquía internacional.


 Indagó más lejos en el camino de regreso, y se reencontró con su temprano escenario barrial, propicio a la indulgencia poética y musical del tango. Y surgieron de nuevo la esquina de su infancia y sus protagonistas. Aquellos años del 30 que evoca la milonga. Se le iluminó la memoria con la amarilla palidez de las paredes conventuales del boliche paterno.


  Y amaneció una vez más en aquella extinguida ochava que profería en su alto frontón una rutinaria convocatoria: "Almacén Los vascos. Bebidas". Renació como en los tiempos en que el sol y los ruidos de los carros rebotaban en sus anchos muros, ante el empedrado en cruz de O'Higgins y Darregueira.


 --Era un escenario tanguero -recuerda--. Se hablaba, se vivía y se sentía en tiempo de tango. A pocos metros estaba la casa de los Cobián. (La casita de mis viejos).


 Juan Carlos Cobián ya había dejado la ciudad y andaba por el mundo sacándole lustre aristocrático al tango.


  Hasta el boliche de O'Higgins llegaba el rubio Morichetti, con sus ojos melancólicos y azules, y su acaudalada voz nasal, exacta para modular el rezongo sentimental del tango. Cuando arrancaba con las estrofas de Nostalgias, los parroquianos guardaban silencio de misa y lo escuchaban como si los adormeciera la tristeza etílica de la letra: "Quiero emborrachar mi corazón...". Justo ahí.


 Entre los que se acodaban en las mesas y en el mostrador de roble figuraban, infaltables, el indio Figueroa y el tape Bustos, que tenía la cabeza puntiaguda, planchada en su infancia según los ritos de la tribu.


 "Era gente buena. A veces no tenían dinero y hacían algunas changuitas para ganarse el vino".


  Figueroa soportaba problemas íntimos que afloraban cuando el vino lubricaba los goznes del alma y dejaba salir palabras llenas de resignación tanguera: "¡Porque yo me las aguanto...!", repetía. Aunque pocos supieran lo que quería decir y qué cosas aguantaba.


 El tape y el indio eran de los que cantaban "presente" cuando al agujerearse con el taladro el barril de tinto o semillón --para ponerle la espita--, saltaba el chorro de vino envirutado que se juntaba en un recipiente de estaño y se repartía gratis entre los parroquianos.


 El viejo bar se convirtió en parlamento durante los años en que la guerra civil española lastimaba hasta las sensibilidades más ariscas. Fue tribuna donde se discutía el dolor lejano como si se tratara de un partido de fútbol. Se pronunciaban juramentos propios de los suburbios madrileños: "No pasarán". Y se exaltaba como símbolo a la Pasionaria, la mítica Dolores Ibárruri.


  "Recuerdo todavía la tristeza que cundió entre los republicanos cuando se produjo la caída de Teruel. Y cuando mataron a Lorca.


  "Con las últimas luces del atardecer llegaba --tras cerrar su peluquería-- el andaluz Cruces. Después de jugar a las cartas desenfundaba la guitarra y espoleaba el ánimo de los concurrentes con sus torrentosos fandangos que otro andaluz, subido a una mesa, acompañaba con el taconeo.


  "Yo admiraba su enorme sevillana, con cremallera que al abrirse parecía deletrear una premonición, también tanguera. Y ante mi admiración y mi requerimiento un día me regaló una, aunque mucho más chica".


  Era infaltable entre los habituales concurrentes un doméstico poeta de origen hispánico, verseador de vino triste y de prolija indumentaria, rematada por el sombrerito cantor, funyi chico y requintado para el adorno personal. Satisfacía las demandas del auditorio empezando siempre con el mismo recitado que sintetizaba su idílico sueño:

Una casita en el campo
Una mujer que me quiera
Un barril de vino añejo
Y después que vengan peras.









  Lo de las peras era un dicho tradicional, equivalente a: "Que sea lo que Dios quiera". Que es una forma de esperar con esperanza.

El peligro de los crisantemos






  La historia de don Robustiano padre, leonés de Astorga, tiene algo de itinerante, o peregrino de mundo, que en buena medida heredaría su hijo. Recaló en aquel boliche de la calle O'Higgins (se le decía Oingis) tras haber deambulado por Cuba y Estados Unidos, adonde llegó en un barco bananero.


 Allí consiguió trabajo en las fundiciones de acero de Ohio y al cabo de cuatro años vino a Bahía Blanca, donde lo incorporaron como capataz en la Standard Oil (La Nativa).


 Antes, pasó por España para casarse con Benedicta. En el barco ya traían en doble viaje a María, que iba a nacer aquí. Al revés de lo que ocurriría con su futuro hermano.


 Después de trabajar en Galván, Robustiano se trasladó al centro y durante diez años permaneció al frente de Los Vascos. Luego salió a vender fruta con un carrito y más tarde llegó a instalarse en el mercado con un puesto mayorista en el mismo rubro frutícola. Hasta que se convirtió en importante importador de cítricos y productor de manzanas.


 --Para atender el mercado se vivía de día y de noche
--recuerda Robustiano (h)--. A las tres o a las cuatro de la mañana un verdulero ingresaba a mi casa y nos despertaba para que lo atendiéramos. Las llaves no se usaban. Las puertas permanecían abiertas las 24 horas.



 "La naranja llegaba desde Tucumán y La Banda, a granel. 250.000 por vagón. Y había que descargarlas y contarlas. Las sacábamos de a cinco en mano y 250 por bolsa. Nos llevaba el día entero descargar un vagón".


  * * *


  En el viejo mercado de abasto transcurrió la adolescencia de Robustiano, hijo. A pesar de las mutaciones del tiempo, aquella vida rica y esencial perdura en su espíritu, en su gesto, en su forma de vestir, en su manera de hablar y, desde hace unos años, en su arte. Esto último con una manifiesta voluntad de rescate y perduración.


 --El mercado alentaba el ambiente más cosmopolita que pueda imaginarse. Unía a gente de todas las procedencias y todas las profesiones. Además los identificaba en una misma atracción por el tango y pasaban las horas en perfecta armonía: turcos, judíos, húngaros, eslavos, italianos, españoles. El tango era el denominador común de una manera de sentir y de pasar por la vida.


 En ese ámbito inició Robustiano su carrera universitaria. Y aún le quedaba tiempo para dedicarse al atletismo --campeón argentino de triple salto en Santa Fe-- y para ayudar a su padre en el mercado. Especialmente durante las vacaciones.


 Fue uno de los cinco primeros egresados de Química del Tecnológico convertido luego en Universidad.


 --En realidad yo vivía rodeado de gente dedicada a la música, a la pintura. Recuerdo a los hermanos Visconti, que recién empezaban con sus actuaciones.


 "Me gustaban la literatura y el arte, pero al terminarquinto año en el colegio Moreno creí que alcanzar el título de químico significaría mucho más. Lo otro, que ahora considero esencial, me parecía secundario, un complemento".


 A los 30 años, ya diplomado, Robustiano se fue a Estados Unidos.


 --Completé un master en Berkeley, California y comencé el doctorado. Mi profesor Oveerstreet, a quien llamábamos el abuelo por su bondad, nos enviaba a hacer experiencias en las vacaciones a zonas tropicales, como Brasil, Trinidad Tobago, el Amazonas, Hawai y Colombia. El me sugirió que estudiara agricultura tropical en Hawai.


 "Después volví a la Argentina, fui a Santiago del Estero, estuve cuatro años en la chacra frutal que mi padre tenía en Cinco Saltos, me casé con Ana, fitopatóloga, y terminé mi tesis doctoral.


 "De ese modo pude ingresar en un instituto de Florida, a cargo del doctor Woolf, que hacía control de calidad de diversos productos vegetales, desde el esqueje hasta las flores.


 "Cuando el director del Instituto realizó un largo viaje a Europa con su esposa, me dejó al frente de la empresa. Su esposa había padecido las persecuciones del nazismo, era judía, y querían permanecer un tiempo allá, recorriendo lugares que ella no había logrado olvidar.


  "Mientras desempeñaba esa función, me sorprendió la falta de calidad en la producción de claveles y crisantemos que nos mandaban desde Cali. Llegaban en envíos masivos. Dos aviones por semana. El problema era evidente: los claveles se cerraban y los crisantemos estaban atacados por hongos.


  "Advertí a los productores sobre la incidencia negativa que eso ocasionaba en la comercialización. Detectamos que los claveles se 'dormían' porque la gente de empaque comía naranjas mientras trabajaba, lo que producía un efecto hormonal a raíz del etileno emitido por las cáscaras. Pero a ellos no les importaba. No tomaban medidas y seguían mandando dos aviones semanales con la mercadería en mal estado.


 "Viajé a Colombia para explicarles la situación. Me derivaron a Popayán, donde tenían una plantación y me alojaron en un antiguo convento.


 "Me sorprendió que los cultivos estuvieran a cargo de un hippy, que no me pareció muy profesional. Pero, pese a mis firmes observaciones, los 'C.', dueños de la producción, no hicieron nada. Y continuaron con sus envíos.


 "Cuando volvió el doctor Woolf le manifestaron su disgusto por mis reclamos.


 "Al tiempo regresé a la Argentina. Estando en Bahía me puse a leer "La Nueva Provincia" y de pronto me encontré con una información sorprendente para mí. Se refería al narcotráfico y decía que la familia 'C.' había sido involucrada en el envío de drogas desde Cali a Estados Unidos.


 "Entonces comprendí el porqué de los dos vuelos semanales y el poco interés de los productores por los claveles y los crisantemos. Era solo una pantalla. Y me di cuenta del riesgo que viví al plantear con tanto énfasis mis exigencias.


  * * *


 


 Los peregrinajes de Robustiano por el mundo no cesaron. Como decíamos, al cumplir sus 67 años, se produjo la revelación.


  "Estando con mi esposa en Holanda, un circunstancial amigo advirtió en mí cierta capacidad artística. Un día me llevó una piedra y me dijo:


 --Esta es una piedra jabón; a ver si se le ocurre hacer algo con ella.


 "Me pasé un par de semanas mirándola, hasta que empecé a modelar una figura bifronte a la que llamé El príncipe y el sabio. Al terminarla se la mostré al holandés. Le gustó mucho. A partir de entonces comencé a pintar. Estuvimos unos nueve meses en aquel país.


 "Fue como si sobre mí hubiera descendido el espíritu de Van Gogh, de Rembrandt o de Vermeer. Mis búsquedas plásticas tenían un destinatario: el tango. Tal como yo lo había descubierto en mi adolescencia.
"De vuelta a la Argentina, visité el Tortoni. Llevaba la foto de un cuadro al que, en homenaje a mi hermana María, titulé Negra María. Dio la casualidad de que ese día estaba en el café Mosquera Montaña, presidente de la Academia del Tango. Hablé con él, le mostré una foto de mi cuadro y me dijo: "Esto es tango". Me pidió que le hiciera una reproducción. Se la hice y la puso en la sala de billares del Tortoni.



 "Después, el gerente del café quiso que reprodujera también un cuadro mío de Discépolo, que colgó en la confitería".


  * * *


 Las incursiones de Robustiano Alvarez hacia fuentes tangueras dieron origen a un lujoso volumen, Tango y fandango en el café, que acaba de publicar con una selección de letras de tango en tres idiomas: castellano, inglés y japonés. Sus ilustraciones iluminan una tardía pero fresca y original madurez estética.


 Es su forma de cosechar --coincidentemente con los de su profesión-- los otros frutos, los del espíritu, intemporales, que echan sus raíces en el suelo cálido del alma.


 Ni la voz nostálgica y nasal del gringo Morichetti, ni la templada guitarra del alegre andaluz Cruces se escuchan ya en la esquina tranquila de ayer, hoy sin crepúsculos y rendida al estrépito de voraces automóviles.


 Tampoco está el viejo y multirracial mercado de abasto.


 Es como si todo aquello se hubiera perdido pero, a la vez, se salvara a través de la mitológica enciclopedia que el tango plasmó con su música y sus letras. A las que Robustiano suma ahora sus imágenes.