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HOY: FLORENTINO LOPEZ. Y la banda del "Graf Spee" siguió tocando

El 12 de octubre de 1945 fue un día negro para los marineros del "Graf Spee" que permanecían en nuestro país. A partir del instante en que la presionada Argentina declaró la guerra al eje Alemania-Japón, dejaban de ser internados para convertirse en prisioneros. Y como tales iban a ser repatriados en la nave inglesa "Highland Monarch".
HOY: FLORENTINO LOPEZ. Y la banda del "Graf Spee" siguió tocando. La ciudad. La Nueva. Bahía Blanca


 El 12 de octubre de 1945 fue un día negro para los marineros del "Graf Spee" que permanecían en nuestro país. A partir del instante en que la presionada Argentina declaró la guerra al eje Alemania-Japón, dejaban de ser internados para convertirse en prisioneros. Y como tales iban a ser repatriados en la nave inglesa "Highland Monarch".


 De los 320 que estaban en Sierra de la Ventana, sólo dos lograron evitar ese destino mediante una arriesgada fuga, poco antes de embarcarse.


 Los demás ascendieron al tren que los condujo a Buenos Aires, etapa previa a su partida. Dejaron en el Club Hotel toda clase de pertenencias que ya no recuperarían. Días después, estas serían prolijamente cargadas en cuatro vagones ferroviarios apostados en la estación serrana y fletados con rumbo desconocido. De alrededor de un millar de marinos que habían llegado al país retornaban 811. El resto ya había huido.


 El trofeo más preciado que atesoraban los prisioneros del Club Hotel quizás fuera el timón de la lancha del capitán Hans Langsdorff, en la que, con cinco oficiales, abandonó la nave de guerra antes de dinamitarla y hundirla.


 La valiosa pieza es conservada hoy por Florentino López en su departamento de la segunda cuadra de la calle Estomba. Se la regaló un marinero repatriado.


 López también posee insignias de oficiales y suboficiales recibidas como recuerdos, y obras artesanales a las que se consagraron en sus prolongados ratos libres los ex combatientes alemanes.


 En cuanto a las dos fugas, el ex subteniente Florentino López, a cargo de la custodia, vivió ambas en todos sus detalles.


 La vigilancia de los 320 hombres era ejercida por efectivos del Regimiento 5 de Infantería.


 López vivía en Mar del Plata, pero sus padres, inmigrantes españoles, se habían encontrado en Bahía Blanca. Don Florentino, padre, en 1903 tuvo que decidir su destino entre dos opciones: cinco años de guerra en Marruecos o el exilio. Eligió la segunda. Para cruzar el Atlántico subió al barco como polizón, vistiendo el uniforme de la pobreza, típico de aquella España trágica.


 Aquí don Florentino trabajó duro, hasta que pudo comprar el primer mateo, luego el segundo y, finalmente, el campo de Mar del Plata, donde nacieron sus ocho hijos. El menor fue depositario de su mismo nombre.


 Florentino, hijo, que nunca olvidó los días vividos en el escenario rural, tras graduarse de tenedor de libros, hizo el curso de oficial en Comodoro Rivadavia, del cual egresó en calidad de subteniente de reserva. Muy pronto lo asignaron al 5 de Infantería, con asiento en Bahía Blanca.


  * * *


 En 1943 se produjo uno de los acontecimientos históricos más importantes de Sierra de la Ventana: el inesperado arribo de los marineros del "Graf Spee".


 Eran 320, el mayor contingente de los que en diciembre de 1939 enfrentaron a los acorazados ingleses "Exeter", "Ajax" y "Achilles" en la famosa batalla naval del Río de la Plata.


 Pero no arribaron en masa. De la noche a la mañana se presentó un reducido grupo para adecuar las instalaciones del antiguo edificio. Habilitaron la toma de agua, repararon la usina, las cámaras frigoríficas y pusieron las cosas en orden.


 --Estaban muy capacitados, era personal seleccionado. Después llegó el grupo con una custodia del Regimiento 7. En el hotel hacían una vida normal; podían salir, viajar. No se los consideraba prisioneros sino náufragos.


 "Pero el 12 de octubre del 45 cambió todo. El 17 de ese mes yo descansaba en mi casa, tras la guardia, y me fueron a buscar porque había un gran revuelo. Me dijeron que tenía que ir a Sierra.


 "No me dieron tiempo para preparar nada. Fui, según la orden, con lo puesto, por un par de días. Y quedé, hasta el final, a cargo de la custodia.


 "Desde entonces, durante la noche se desplegaba alrededor del hotel una compañía entera del 5, con soldados y cuatro puestos de fusil ametralladora. A las 7 de la mañana, los alemanes presentaban sus tres compañías, siempre sin novedad, se les daba descanso y sólo podían moverse dentro del parque.


 "A esa hora, los soldados de vigilancia se apostaban en las 70 hectáreas del predio. A la tarde se tocaba la campana y los alemanes tenían que volver al hotel, mientras la compañía se cerraba en torno al edificio.


 "Yo tomaba el servicio a las 12 del mediodía y lo dejaba a las 8 de la mañana. Dormía apenas 4 horas.


 "Durante su reclusión, los alemanes pasaban muchas horas en la confitería. Se turnaban para cumplir con los servicios de mozo, limpiar o trabajar en la quinta, y solían comprar novillos que ellos mismos faenaban. También el sastre que iba a bordo del "Graf Spee" aportaba allí su trabajo".


 Quizás lo que más revela la invulnerabilidad del grupo es que la banda íntegra del acorazado permanecía en Sierra de la Ventana y, hasta días antes de considerárselos prisioneros, seguía tocando y ofreciendo conciertos para todo público, como si nada hubiera cambiado.


 Un 30 por ciento de los alemanes se hacía entender en castellano, otros no querían pronunciar ni una palabra en un idioma que no fuera el suyo. A poco de llegar un alemán tuvo su imprevista cita con la muerte. Salió a dar una vuelta a caballo, el animal se desbocó, y en la estampida el jinete golpeó con la cabeza en una rama y murió.


 --Poco a poco los alemanes se fueron acriollando. Les gustaba usar bombachas, botas y tomar mate. Pero la bebida que preferían era la cerveza. Se habían convertido en esa época en los mejores clientes de la Quilmes. Recuerdo que en una fiesta vaciaron 1.200 botellas y una gran cantidad de Cubana.


 "Practicaban mucho deporte y eran atletas excepcionales, deslumbrantes. Me quedé asombrado cuando los vi trabajar en las barras y en las sogas.


 "Lo que les dolía en serio era haberse quedado sin patria. Llegaba correspondencia de Alemania y a veces las noticias provocaban efectos más demoledores que las batallas.


 "Una vez un alemán recibió una carta de su familia. Después de leerla se encerró en la pieza y no salió durante tres días. En la carta le contaban que por su pueblo habían pasado los rusos y lo habían destrozado. Además, mataron a sus padres y violaron a sus dos hermanas. Una de ellas, menor, contrajo sífilis".


 
La batalla que perdieron años después





 "Yo me había hecho amigo de un alemán que solía estar con un negro que parecía una mole. Como tenía confianza conmigo, un día me pidió que dejara salir al negro porque quería ir a buscar su caballo y su apero al campo de los Meyer. Teníamos órdenes estrictas de vigilar a los prisioneros.


 "Ellos querían quedarse en la Argentina. Pensaban que, tras la derrota, en Europa les esperaba lo peor.


 "Yo le transmití la inquietud al capitán. No le gustó. `Tenga cuidado --me dijo--. Seguro que quiere escaparse'.


 "Mi amigo me daba su palabra de que no escaparía y me insistió varias veces. Hice lo mismo con el capitán, hasta que al final aceptó. `Pero póngale un soldado sin armas que lo siga hasta que vuelva'". Fue un día imposible de olvidar.


 "En el campo de al lado les prestaron un sulky para ir a lo de Meyer y salieron temprano.


 "A la tardecita el capitán me preguntó si tenía alguna novedad. Le dije que no. `Pucha, che, que no le pase nada al soldado', rezongó. Se hizo de noche y no habían vuelto. El capitán se fue a acostar, preocupado, y me recomendó que ante cualquier novedad lo despertara. Yo estaba arrepentido y lo único que quería era que volviera el custodia.


 "En el hotel no podía ingresar ni salir nadie sin orden mía. A eso de las 12, cuando esperábamos lo peor, escuché que pasaban la voz de mando para encontrarme, porque entraba alguien. Era el soldado.


 "Sentí un inmenso alivio. Lo hicieron pasar. En ese momento la indignación reemplazó al miedo, y le pregunté por el alemán. No podía asumir la traición.


 "Antes de que el soldado pudiera responder, apareció el corpulento negro quien, en su confuso castellano, me dijo:


 --Acá estoy, subteniente. He cumplido mi palabra...


 "Yo tenía ganas de abrazarlo. Si hubiera querido podía haber escapado y salvarse, pero no lo hizo.


 "Tres o cuatro días después, a la noche, los alemanes, como de costumbre después de la cena, se habían sentado sobre una parecita de 90 centímetros, atrás del hotel. Entre ellos, el negro. Fue la última vez que lo vimos.


 "Supimos que en cuanto pudo se dejó caer para atrás, estuvo unas horas acurrucado y, lentamente, se fue arrastrando por una cuneta, entre los árboles, hasta desaparecer. Los soldados tenían orden de tirar, pero no lo vieron".


  * * *


 La otra fuga se produjo el día antes de que los alemanes subieran al tren que los llevaría a Buenos Aires.


 Se vivía una gran confusión. Los marineros no sabían qué hacer con las cosas que dejaban. Uno de ellos decidió donar su ropa a los peones de la estancia de Meyer. Era un buen destino porque en esa estancia, por razones de nacionalidad, habían sido muy bien recibidos.


 Dio la casualidad de que el día anterior al viaje llegó el camión de un proveedor.


 Al verlo, dos marineros se acercaron al capitán y le pidieron permiso para enviar a la estancia el cajón con la ropa en ese vehículo.


 Acompañados por cien efectivos del Regimiento 5, los hombres del "Graf Spee" llegaron a la estación de Sierra de la Ventana. Cuando los responsables de la misión pasaron lista, comprobaron la ausencia de un prisionero. Hubo alarma general. En el hotel revisaron todos los escondrijos. Pero el prófugo no apareció. Seguramente se había escapado en el trayecto.


 A la mañana siguiente, un hombre angustiado compareció ante el subteniente López.


 --Mi mujer está desesperada. ¡Lo que hice! ¡Ahora me van a fusilar...! --era el proveedor.


 El subteniente trataba de interpretar lo que ocurría.


 --Pero, ¿qué pasa? --indagó.


 --Me van a fusilar. Ayer llevé el cajón con ropa a la estancia de Meyer. Me dijeron que me esperarían dos hombres, pero no había nadie.


 Mientras hacía su relato, el hombre se tomaba la cabeza y lloriqueaba.


 --Bueno, ¿y qué ocurrió?


 --A unos 200 metros estaban unos peones. Les grité, pero no me hicieron caso. Entonces, enojado, empujé el cajón y lo tiré al lado de la tranquera. Al caer, el cajón se rompió y de adentro salió corriendo un alemán. Ahora me van a fusilar...


 El subteniente López consoló al proveedor y, como ya era tarde para todo, sonrió ante la estratagema.


 A los centenares de alemanes cautivos embarcados a fines de febrero de 1946 les habían dicho en un primer momento que podían llevar a bordo bienes propios hasta 90 kilos. Después, los redujeron a 10. "Cuando llegaron al barco, a medida que iban subiendo, los ingleses los despojaban hasta de los anillos y el reloj. Al advertirlo, muchos prefirieron sacárselos y arrojarlos al río".
Desde la cubierta del "Highland Monarch", los alemanes divisaron a un costado, en actitud de brindar su custodia, una silueta conocida; demasiado conocida. Era el acorazado "Ayax".



  * * *


 En cuanto al negro que logró huir, apareció semanas después en Mendoza. Una ley sancionada en esos días establecía que a los prófugos capturados se los ficharía y recuperarían inmediatamente su libertad. Cosa que ocurrió con él. El soldado que se ocultó en el cajón tuvo la misma suerte. Se quedó en Bahía Blanca, donde con el tiempo compró un tradicional restaurante alemán ubicado en una cortada céntrica.


 Uno de los alemanes que el Club Hotel tuvo como huésped se hizo famoso en la década del 50. Fue el que obligó al casino de Mar del Plata a cambiar el sistema de la ruleta, ya que había descubierto que, a raíz de su desgaste, se daban más unos números que otros.


 Cuando advirtieron que ganaba millones, decidieron investigarlo. No hacía trampa, pero inventaron una excusa y no lo dejaron entrar más. Sin embargo, no se dio por vencido. Contrató gente que registraba los números que iban saliendo y jugaba por él.


 Ganó suficiente dinero como para financiar el viaje de la esposa del capitán Langsdorff a la Argentina, en ocasión de un homenaje.


 Casi todos los prisioneros llevados por los ingleses fueron liberados poco después. Al cabo de dos años, a los que quisieron hacerlo se les permitió regresar a nuestro país. Entre las escasas noticias que llegaron de algunos que no volvieron, se supo que el sastre fue llevado a Rusia y condenado a trabajar en una mina, en la que murió.


 A Florentino la permanencia en Sierra, ya evacuado el hotel, le deparó un encuentro que cambió el rumbo de su vida. Durante una visita que hicieron escolares de la colonia de Sierra de la Ventana conoció a una maestra, Nelly. Un año después volvieron a verse en Bahía Blanca y el subteniente ya no regresó a Mar del Plata. Se casaron en enero de 1949.


 Tuvieron dos hijos, uno abogado y otro médico. Florentino instaló un importante comercio de artículos para el hogar y una cabaña de lanares. Además prolongó su pasión por las aves, con las que ganó un gran premio nacional y otro internacional. Registra, también, una larga trayectoria como jurado en certámenes en esa disciplina y en ovinos Lincoln.


 Entre los ornamentos de su hogar se destaca el timón de la lancha del capitán Langsdorff.


 En cuanto al "Graf Spee" podría decirse que solo se hundió su carcasa. Antes de que eso ocurriera la tripulación, los equipos y el mobiliario fueron transportados a dos remolcadores argentinos, el "Coloso" y el "Gigante". Uno de sus grandes dínamos fue enviado a Junín de los Andes, otro funcionó en Sierra de la Ventana, adonde llegaron cien camas de la embarcación. Tras verlo arder durante dos días, los ingleses accedieron al acorazado, pero no encontraron ningún elemento valioso.


 En realidad, los alemanes del "Graf Spee" no perdieron su batalla en el Río de la Plata, sino años después, cuando fueron declarados prisioneros de guerra.


 El Club Hotel fue saqueado y hoy apenas puede exhibir sus ruinas.