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El año en que murieron los árboles del pueblo

Se secaban los árboles de la avenida Colón y los ciento de trabajadores que iban a trabajar en bicicleta se quedaban sin su sombra.

“Mira ese jacarandá: hoy vale porque da flor y sombra, pero mañana, cuando se muera como mueren los árboles, en silencio y de pie, nadie volverá a acordarse de él”. Alejandro Casona, Los árboles mueren de pie

Enero de 1955. Bahía Blanca. Verano y calor. Faltan ocho meses para que el golpe cívico-militar derroque al gobierno de Juan Domingo Perón. La avenida Colón hace tres años cambió su nombre por el de avenida Eva Perón, del descubridor de América a la abanderada de los humildes.

Ese mes se comenzó a notar que los añosos eucaliptus de la avenida se estaban secando. Pero el hecho no afectaba a cualquier arbolado, moría, se dijo, “la sombra amiga del obrero”. “Uno de los típicos factores ornamentales de la ciudad y que mayores beneficios rinde a los trabajadores, se está secando, poniendo una profunda nota de tristeza en el paisaje”, detalló este diario.

Estos elementos conjugados –la muerte de un árbol, la pérdida de la sombra amiga—no podían sino generar un sentimiento de agobio y tristeza. Y con ello, prosa y poesía. “El genio de los lugares, viejo dios lar que tutela los humildes tesoros del pobre, no puede seguir brindando umbría protectora a los trabajadores que utilizan la dilatada arteria sureña para concurrir a sus trabajos en los establecimientos industriales”.

Se desconocía la causa, pero día a día aumentaba la mancha amarilla que delataba la posible muerte de los eucaliptus. Se especulaba que se trataba de una plaga, no se advertían daños intencionales en los ejemplares y se sabía que la tierra, por textura y calidad, era apta para su supervivencia.

El autor de la nota publicada en este diario no podía con su pena, no solo por el hecho urbano que significaba la pérdida de una cortina contra la erosión eólica y el beneficio de la sombra. “Es la raigambre emocional que nos liga a esos árboles lo que produce desasosiego”, explicó.

Y para ser más gráfico, comparó esa pérdida con lo que vivió Tandil cuando cayó la piedra movediza, con la Pampa cuando los ferrocarriles ingleses quemaron su inmensa riqueza forestal, o cuando se secó la Laguna del Cuero –frontera del territorio ranquel—“dejando ante la población sedienta una olla vacía, entre arenas desplomadas sobre coágulos de sales invasoras”.

Cabalgando sobre ruedas

“Su olor medicinal dan a la sombra/los eucaliptos: ese olor antiguo/que, más allá del tiempo y del ambiguo/lenguaje, el tiempo de las quintas nombra”, Jorge Luis Borges, Adrogué

La avenida Eva Perón conducía a la destilería La Isaura, a la Lanera San Blas, a los puertos. De allí que ciento de trabajadores la recorrían de punta a punta “bajo la columna ardiente del estío, cabalgando humildes bicicletas”.

Bajo la sombra esa marcha era, se dijo, “como un paseo”, incluso realizado “con la musculatura fatigada”. Y acá vino otra vez la trama poética. “La fuerza panteísta del árbol, el aire purificado, la fragancia de la hoja amiga, renovaba el optimismo y la energía: la rudeza totémica de la arena voladora estaba vencida”. Pero hay más.

Otra cosa era pedalear entre troncos secos, sin la alegría de los retoños de la verde masa compañera. “Es algo algo duro y triste, porque la ternura del hombre, se derrama también sobre los seres inanimados y la fatiga se hace mayor en soledad”.

El cierre de la nota era un pedido de ayuda, la posibilidad de salvar los árboles incorporándoles tierra vegetal, con obras que retuvieran el agua de lluvia, removiendo la tierra dura, regando.

“Quedarán agradecidos miles de trabajadores para quienes los árboles de la avenida Eva Perón son parte del caudal de sus recuerdos”.

Lo que vino

Algunas fotografías de principios de la década del 60 permiten verificar que gran parte de aquella arboleda que estaba muriendo logró sobrevivir, acaso no toda, y su presencia siguió siendo importante. Hasta que no lo fue más.

A fines de los 60 comenzó la ampliación de la avenida, que ya era otra vez Cristóbal Colón. El tránsito vehicular, el crecimiento del puerto, la llegada de las empresas petroquímicas, todo conspiró para su ensanche. El precio lo pagaron los árboles, más añosos y en mejores condiciones, que fueron retirados sin ningún poeta que los protegiera. Su “umbría protectora” ya no era lo más importante y “la columna ardiente del estío” finalmente se hizo dueña y señora del lugar.