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Pluriempleo y deuda: el nuevo mapa de la supervivencia salarial

Un relevamiento nacional revela que casi el 90% de la población considera indispensable tener dos o más trabajos para cubrir los gastos mensuales. Además, seis de cada diez hogares recurrieron al endeudamiento para afrontar consumos básicos, reflejando el deterioro del ingreso real. 

La idea de que un empleo estable alcanzaba para sostener a una familia parece haber dejado de ser una realidad para buena parte de los argentinos. Hoy, el trabajo ya no garantiza llegar a fin de mes y cada vez más hogares recurren a un segundo empleo o al endeudamiento para cubrir gastos tan elementales como los alimentos, los servicios o el alquiler.

Así lo refleja el último Monitor de Opinión Pública (MOP) elaborado por Zentrix Consultora, cuyos resultados describen un escenario de fuerte deterioro del poder adquisitivo y de creciente fragilidad económica. El dato más contundente resume el cambio de época: el 86,6% de los argentinos considera que un solo empleo ya no alcanza para vivir y que son necesarios dos o más trabajos para sostener el presupuesto familiar.

El fenómeno del pluriempleo aparece como la consecuencia directa de una realidad salarial que, según la percepción mayoritaria, continúa perdiendo terreno frente al costo de vida. El 87,4% de los encuestados sostiene que su ingreso no logra superar la inflación, una sensación que atraviesa incluso a quienes respaldan al gobierno nacional.

Entre los votantes oficialistas, el 73% reconoce esa pérdida de poder adquisitivo, mientras que entre los opositores el porcentaje asciende al 97,1%.

Más allá de las diferencias políticas, el diagnóstico cotidiano parece coincidir: el sueldo alcanza cada vez para menos.

El mes termina mucho antes

La encuesta también pone fecha al agotamiento del ingreso. Dos de cada tres argentinos aseguran que se quedan sin dinero antes o, como máximo, el día 20 de cada mes. Apenas el 9,3% afirma llegar al final del período con capacidad de ahorro.

La situación resulta todavía más crítica entre los trabajadores jóvenes. En la franja de 18 a 39 años, el 85,5% asegura que sus ingresos se terminan antes del día 20, muy por encima del 60,6% registrado entre quienes tienen entre 40 y 59 años.

El dato refleja una dificultad estructural: quienes recién ingresan o se consolidan en el mercado laboral enfrentan menores ingresos, mayor precariedad y escasas posibilidades de generar un respaldo económico.

En ese contexto, la pregunta deja de ser cómo ahorrar y pasa a ser cómo afrontar los últimos diez días del mes.

Deudas y más deudas

La respuesta más frecuente aparece en el crédito. Sin embargo, también allí cambió la lógica.

El 61,9% de los consultados tomó alguna deuda durante los últimos seis meses, aunque el motivo dista mucho de responder a inversiones o proyectos personales. Más de la mitad (53,7%) reconoce que recurrió al financiamiento porque sus ingresos ya no alcanzan para cubrir los gastos básicos del hogar.

La tradicional utilización del crédito para adquirir bienes durables quedó relegada a apenas el 11,5% de los casos.

En otras palabras, el endeudamiento dejó de ser una herramienta para mejorar la calidad de vida y pasó a convertirse en un mecanismo de supervivencia.

La situación adquiere un perfil aún más preocupante entre los jóvenes. El 35,8% de quienes tienen entre 18 y 39 años acudió a prestamistas o financieras informales para conseguir dinero, frente al 7% registrado entre los mayores de 60 años.

Se trata justamente del sector con menor patrimonio y menor capacidad de respaldo económico, que termina accediendo a las formas de crédito más costosas y riesgosas.

Difícil de sostener

El problema no termina cuando el dinero llega.

Entre quienes tomaron préstamos, casi la mitad reconoce dificultades para cumplir con los pagos. El 28,9% asegura que le cuesta mucho afrontar las cuotas, el 12% ya incurrió en atrasos y un 6,4% admite directamente que no puede pagar.

No sorprende entonces que el 55% considere que las tasas de interés convierten al crédito en "una trampa".

Lo que comenzó como un recurso para atravesar una emergencia económica termina, en muchos casos, profundizando la vulnerabilidad financiera de los hogares.

La clase media, en retroceso

El relevamiento también muestra que el deterioro económico ya no se expresa únicamente en los ingresos, sino también en la forma en que los argentinos perciben su lugar dentro de la sociedad.

La evaluación negativa sobre la economía personal alcanza al 42,8%, mientras que la visión crítica sobre la situación del país asciende al 61,8%, evidenciando que el malestar dejó de sentirse como un problema individual para convertirse en una percepción colectiva.

Ese cambio también aparece reflejado en la autopercepción social. Sumadas las categorías de clase baja y clase media-baja, el 53,9% de los encuestados considera que hoy ocupa la base de la pirámide social.

El dato resulta especialmente significativo en un país donde durante décadas la pertenencia a la clase media formó parte de la identidad colectiva.

Brecha entre los números y el bolsillo
En el informe también sobresale la distancia entre los indicadores oficiales y la percepción cotidiana.

El 67,1% de los argentinos considera que el índice de inflación difundido por el INDEC no refleja los aumentos de precios que experimenta en su vida diaria. Sólo el 29,6% dice confiar en las cifras oficiales.

Quien observa que el salario se agota varios días antes de terminar el mes difícilmente encuentre alivio en una desaceleración de la inflación que todavía no logra traducirse en una mejora concreta del ingreso.

Para el Gobierno nacional, cuya principal bandera económica ha sido precisamente la reducción de la inflación, el dato plantea un desafío político adicional. La estabilidad de los precios aparece valorada como un objetivo, pero la sociedad parece medir el éxito de esa estrategia por un indicador mucho más tangible: si el salario vuelve o no a alcanzar para vivir.

Mientras esa recuperación no llegue al bolsillo, concluye el relevamiento, la mejora de las variables macroeconómicas seguirá teniendo escasa capacidad para modificar el humor social de una población que siente que trabaja más, se endeuda más y, aun así, cada vez le cuesta más llegar a fin de mes.

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