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Egipto, ese rival milenario y misterioso

Un partido de fútbol enfrente a nuestro país a una de las civilizaciones más antiguas y enigmáticas de la historia

Corren los nuevos tiempos y el fútbol plantea un encuentro clave en los octavos de final de la copa mundial del fútbol, Argentina-Egipto. Un rival distinto, que no puede resignar la carga de misterio que cubre su historia.

Una de las civilizaciones más antiguas de la historia de la humanidad, la que levantó las monumentales pirámides funerarias en medio del desierto. Moviendo piedras de un peso imposible. Cuando el griego Herodoto visitó Egipto, 500 años a. de C. o cuando los romanos lo anexaron a su imperio, Egipto era ya una tierra con una cultura de tres mil años de antigüedad.

Egipto es además el Nilo, “el río más largo del mundo”, según nos repetían en la primaria, que los marcó por siglos con tres estaciones, la de la inundación, la siguiente en que los campos empezaban a emerger y se procedía a la siembra y, finalmente, la de la sequía, en que se recogían las cosechas. Por ese curso de agua también se entiende a este país como un gran oasis lineal en medio del desierto.

Los antiguos egipcios eran dirigidos por el faraón, el cual encarnaba a todos los dioses. Su vida cotidiana estaba impregnada de religión, de la creencia en una vida sobrenatural, casi divina.

César, Cleopatra y Marco Antonio

Dejaron sus jeroglíficos, sus templos de piedra, sus efigies. Desarrollaron una arquitectura de la permanencia y la inmutabilidad, de grandes masas y monótona regularidad, vinculados, siglo tras siglo, a las mismas formas y detalles.

El Egipto milenario duró hasta el 332 a. de C., cuando fue conquistado por los persas. Llegaron luego los griegos, a las órdenes de Alejandro Magno, fueron parte luego del Imperio romano con Marco Antonio, más tarde del bizantino, luego conquistados por los árabes, fueron parte del imperio otomano, sufrieron la ocupación francesa y británica, hasta lograr su independencia en 1952.

Las formas del nuevo siglo presentan hoy a los descendientes de esa milenaria cultura enfrentando al último campeón del mundo. El pueblo de las pirámides y las momias, de los obeliscos y el desierto, del Nilo y Cleopatra y Tutankamón, de los jeroglíficos y los misterios.

Pese a semejante historia, en la cancha, como suele decirse con un cierto grado de ingenuidad, son once contra once, y la pelota iguala civilizaciones, pasados y creencias.