A lo guapo y con fútbol en su máxima expresión: Argentina a la final
El segundo tiempo de la Selección fue sublime, hizo retroceder a Inglaterra y le marcó la cancha con el corazón. Triunfazo de un “señor” equipo.
Egresado del Instituto Superior en Ciencias de la Comunicación Social. Cronista de la sección Deportes de La Nueva. desde el 9 de octubre de 1995, especializado en fútbol. Entre 2002 y 2018 cubrió a Olimpo en Primera división. Trabaja en televisión y radio. Además, integró el equipo periodístico de "El Diario del Mundial", que se emitió en La Nueva Play.
Es imposible escribir sin despojarme de la emoción. No me lo pida, no puedo, y ya le aviso que no voy a ser nada objetivo. Yo sé que usted me banca.
Sobran los adjetivos calificativos para describir lo que hizo otra vez la Selección, es difícil no llorar escuchando al nuestro, al de acá, al de Bahía, a Lautaro Martínez, que no pudo ocultar las lágrimas y ese sentimiento puro de ser argentino frente a las cámaras de televisión.
Me quedo con una frase de Juan Pablo Varsky en la transmisión de Telefé: “Nunca subestimen el corazón de un campeón”.
Pero Argentina fue mucho más que eso. Hoy fue fútbol total, potrero en su máxima expresión, fue el único equipo que estuvo dispuesto a ganar el partido. Sí, porque estando 0-1 confió en su discernimiento inquebrantable y puso el alma en juego. Fue a morir, créame que fue a morir.
Desde el empellón de Simeone a Jude Bellingham y de la ferocidad para marcar de “Cuti” Romero y de cada uno de los soldados albicelestes, a hacer sentir incómodo a un equipo inglés que fue de más a menos, refugiado en su campo como reconociendo la grandeza del rival. Se lo ganó a lo guapo, reventándoles los caños del arco y con la leyenda de 39 años levantando centros al cielo para terminar como angelados finalistas.
Perdone la expresión: “Lo cagamos a pelotazos”, una definición bien de barrio, porque en un momento pareció que jugábamos en una calle, con arcos hechos de piedras o de ramas de árboles y con la pelota siempre en poder del dueño de la cuadra, el magnate de la manzana, el que en su formación tiene al distinto, a ese que siempre elegimos en el “pan y queso”, al que le rezamos todos los días y que lleva una identificación personal: la camiseta N° 10.
Argentina fue amor y juego, fue contagio y empuje espiritual. Y lejos de la política, de lo que pasó en 1982, pero sabiendo que en el inconsciente colectivo latía fuerte ese “era más que un partido de fútbol”. ¿O no? La bandera que desplegó el plantel en pleno festejos, esa que decía “Las Malvinas son argentinas”, abona mi teoría.
No hay nada más lindo que romper en pedazos a los ingleses. Con respeto, con solidaridad, con voluntades compartidas, y sobre todo con fútbol. Este seleccionado mostró una superioridad marcada e inusitada sobre los europeos de blanco para la fase en la que estábamos. Le movió el balón hasta donde quiso y le sacudió las redes con una pasión que es única, que es nuestra, y que nunca nos van a poder imitar o igualar.
Tuvimos a Dios en 1986 y al Messias en Qatar 2002, que sigue escribiendo la historia grande del fútbol Mundial. Porque el mundo quiere que le vaya bien, porque muchos dudan si es terrenal o cayó de algún planeta para que viva bendecido y pueda bendecir.
Los 12 discípulos creyeron en Jesús sin ver, tuvieron fe y repartieron en la tierra el menaje que el Señor les encomendó. Acá lo estamos viendo, pero yo a veces me pregunto: “¿Leo es humano? Yo creo que usted también lo duda, pero de lo que si estoy convencido es que Dios es argentino. Hasta el domingo.