El Mundial es pasión, no apuesta: cómo cuidar a nuestros niños, niñas, adolescentes y jóvenes
El Mundial pasado dejó un tendal de chicos con problemas de ludopatía. Este año, con la hiperconexión, los desafíos virales y el consumo simultáneo de múltiples pantallas, el cóctel es explosivo.
Para los argentinos, el Mundial es mucho más que un torneo deportivo; es un ritual colectivo. Es el abrazo con el vecino, el silencio cómplice antes de un penal, el asado del domingo donde la sobremesa se estira. Es, en esencia, un espacio de encuentro humano. Sin embargo, este 2026, mientras la albiceleste vuelve a ser protagonista, algo ha cambiado en el aire: ya no miramos el mismo partido. Miramos pantallas distintas dentro de la misma habitación. Y en medio de ese silencio digital, se cuela un ruido peligroso: el de las apuestas disfrazadas de juego, el de la hiperconexión como norma, el de un algoritmo que sabe mejor que nosotros cómo retener la atención de nuestros hijos.
La semana pasada, en un living, un chico de 15 años no celebró el gol. Estaba con el celular en la mano, pronosticando el siguiente resultado en un “torneo de amigos”. “Son solo porotos”, me dijo. Pero los porotos ya no son figuritas de cartón. Son la antesala de una billetera virtual abierta desde los 13 años. El “Fixture 2026” de una plataforma de pagos ya convocó a más de 2,3 millones de usuarios. Mientras reguladores y empresas discuten sobre legalidad y competencia desleal, hay una pregunta que nadie responde en los titulares: ¿alguien está pensando en la salud mental de los chicos?
El "Fixture 2026" de una billetera virtual ya convocó a más de 2,3 millones de usuarios que ya cargaron más de 60 millones de resultados en la primera rueda del Mundial. Y detrás de esos números, hay adolescentes. Muchos. Participando sin saber realmente lo que están haciendo, sin medir las consecuencias, sin entender que el "poroto" de hoy puede ser la deuda de mañana.Y en el centro de ese bombardeo publicitario de las plataformas de apuestas, duele especialmente ver a Diego Maradona recreado con IA repitiendo frases que jamás dijo, naturalizando la apuesta como sinónimo de “tener pelotas”. Es más que marketing: es una profanación simbólica y un mensaje tóxico que asocia el riesgo financiero con la valentía masculina. “Acá se juega con pelotas” no es un eslogan inocente. Es una trampa de género que les dice a los varones: si no apostás, si no te arriesgás, quedás afuera de la tribu, de la masculinidad aceptada. ¿Qué mensaje le estamos dando a los chicos? Que el valor se mide en cuotas y la hombría se demuestra arriesgando plata.
Mientras los grandes operadores se pelean por el negocio con la Asociación de Loterías (ALEA) denunciando ilegalidad y la billetera virtual defendiendo su territorio como mera "herramienta tecnológica", nadie parece estar pensando en los chicos. Es una pelea de cajas y monopolios, no de salud pública. Pero la realidad es que la edad de inicio en las apuestas online está directamente asociada a la apertura de billeteras virtuales, que hoy ocurre a los 13 años. El 83% de los adolescentes que apuestan lo hacen a través de estas plataformas. Mientras los adultos discuten leyes, los chicos ya están adentro, literalmente.
Desde la neuroeducación, sabemos que el cerebro adolescente es, en términos coloquiales, un auto de Fórmula 1 con frenos de bicicleta. Su sistema límbico (el centro de la recompensa y las emociones) está hiperactivo, pero su corteza prefrontal (la que regula el autocontrol y mide las consecuencias a largo plazo) aún está inmadura. A esto le sumamos que el dinero en una billetera virtual se percibe como números en una pantalla. Apostar con billetes físicos implica una experiencia táctil, un "dolor de pago". Pero en la pantalla, el dinero es un número, un "poroto". Esa gamificación es un anestésico cognitivo que desdibuja el riesgo y dispara los niveles de dopamina.
El Mundial pasado dejó un tendal de chicos con problemas de ludopatía. Este año, con la hiperconexión, los desafíos virales y el consumo simultáneo de múltiples pantallas, el cóctel es explosivo.
¿Qué podemos hacer? Prohibir no educa. Acompañar, sí.
Para las familias: Establecer “zonas y horarios libres de pantallas” durante los partidos. Mirar el fútbol juntos, sin celulares en la mesa. Hablar de la diferencia entre azar y probabilidad, entre juego sano y explotación algorítmica. Abrir preguntas, sin juzgar: “¿Qué te divierte de esto? ¿Cómo te sentís cuando perdés o ganás?”. Modelar el comportamiento que queremos ver: si nosotros no llevamos el celular en la sobremesa, ellos aprenderán que el encuentro humano vale más que cualquier mensaje o notificación.
Para las escuelas: Incluir en tutorías y formación ciudadana módulos de alfabetización digital crítica e informacional. Explicar cómo funcionan los sistemas de recompensa, por qué las billeteras virtuales desinhiben el consumo y cómo identificar publicidad encubierta. Trabajar la gestión emocional alrededor del fracaso, el azar y la pertenencia, para que nuestros niños, niñas y adolescentes no busquen en una pantalla la validación que deberían encontrar en el aula y en el grupo.
Para la sociedad: Exigir que la regulación priorice la protección de las infancias y adolescencias por sobre la competencia de mercado. Y esto es eliminando toda la publicidad directa e indirecta,. La salud mental no es un daño colateral del negocio digital.
El Mundial debería ser alegría, pasión y encuentro. No puede ser una excusa para que corporaciones inescrupulosas se lleven puesta la salud mental de nuestras infancias, adolescencias y juventudes.
Que el próximo gol no sea para una billetera virtual, sino para el encuentro real. Porque el verdadero triunfo no está en ganar la apuesta, sino en no perder a toda una generación en el camino.