Bahía Blanca |

Bahía Blanca |

Bahía Blanca |

El “Popi” Ángel Martínez lleva una vida entera detrás de la pelota: “Sin ella me muero”, dijo

A los 47 años, el histórico jugador de San Francisco y Bella Vista -también jugó en Rosario y Comercial- sigue jugando con la misma pasión de siempre. En el barrio es del equipo Azul.

Fotos: Emmanuel Briane-La Nueva y Archivo.

El próximo 14 de junio cumplirá 47 años, aunque Ángel “Popi” Martínez habla de fútbol con la energía de un juvenil. La pelota todavía ocupa el centro de su vida; sigue jugando, entrenando dos veces por semana y compartiendo vestuario con amigos, mientras disfruta ver a su hijo detrás del alambrado.

“¿Por qué sigo jugando? Porque me gusta, porque es pasión. Hoy lo disfruto distinto. Antes vivía el fútbol con una presión tremenda; ahora trato de disfrutarlo con mi familia afuera de la cancha”, dijo el ídolo de San Francisco, casaca que todavía defiende con todos los honores.

Actualmente participa en torneos de veteranos (senior), juega en la liga de su barrio para los azules y se entrena como si tuviera 20 años.

“Los entrenamientos son muy variados; trabajamos con pelota, peloteamos un poco a los arqueros y nos divertimos. Seguir ligado al fútbol es algo que me encanta”, señaló

Su historia empezó a los 7 años en el baby fútbol de San Francisco. Después pasó por Relámpago y más tarde se dedicó de lleno al club que terminó convirtiéndose en su segunda casa, el “Celeste”.

“Siempre digo que San Francisco es mi segunda casa porque ahí me ayudó mucha gente. Yo trabajaba, estudiaba y jugaba al fútbol. Había personas de la categoría y del club que me dieron una mano enorme”.

El debut en Primera llegó en 1997, ante Pacífico de Bahía Blanca. Jugaba de delantero por afuera junto a su hermano Walter, aunque con el paso de los años terminó retrasándose en la cancha hasta convertirse en volante y enganche.

“Ahora ya soy un doble cinco adelantado, jajaja. El panorama de cancha y la pegada no la perdí; todavía meto algunos golazos, aunque no de media cancha (risas) ”, bromea.

La bicicleta rota y la corrida eterna

Entre tantas historias que le dejó el fútbol, hay una que todavía recuerdan muchos de sus excompañeros. Ocurrió en 2005, cuando jugaba en Puerto Comercial y era dirigido por Horacio Azzolini.

“Popi” trabajaba en el mercado y se trasladaba en bicicleta para ir a entrenar. Ese día salió apurado rumbo a la práctica, pero en el camino se le rompió la cadena.

“Se cortó la cadena y me fui corriendo con la bicicleta en la mano hasta el entrenamiento. Llegué tarde, transpirado, cansado y con las manos llenas de grasa. Azzolini me preguntó qué había pasado. Le expliqué que se me había roto la bici y ahí nomás reunió a todos y me puso de ejemplo. Yo estaba muerto, pero había llegado igual y quería entrenar”, contó.

Otra anécdota que pinta de cuerpo entero su mentalidad ocurrió jugando para Bella Vista.

Ese día enfrentaban a Liniers y ganaron 3 a 1. Corría el minuto 87 cuando Carlos Mungo decidió reemplazarlo. Mientras salía de la cancha, el técnico se acercó y le preguntó: “Popi, ¿cómo estás para jugar mañana el Argentino? Estoy bien. Y estaba bien de verdad. O al menos eso creía, porque si estaba cansado lo disimulaba

“Trabajaba a la mañana en el mercado, después iba a jugar y volvía a trabajar. Al otro día jugué por el Argentino. El desgaste era brutal, aunque en ese momento lo tomaba como al natural; el espíritu y el corazón podían más que el cansancio. Lo vivía así”.

Después de aquel doble esfuerzo, Walter Carrio lanzó una frase que todavía le queda grabada.

“Cómo hace este muchacho, donde saca tantos pulmones. En el momento me reía, pero al otro día me dolía todo, no me podía mover. El sacrificio era hermoso, lo hacíamos por los colores y no era el único, mis compañeros se mataban por jugar”, contó.

En una carrera llena de historias insólitas, hay una que todavía hoy lo sorprende. El sábado 6 de junio de 2015, en un partido entre Comercial y San Francisco iban 47 segundos del segundo tiempo cuando el árbitro Javier Tamaro cobró penal para Comercial y expulsó al arquero del “Sanfra”, Francisco Taboada, por último recurso.

Sin cambios y sin arquero suplente disponible, alguien tenía que ponerse los guantes. Y ese alguien fue un "Ángel".

“Terminamos improvisando y me tocó ir al arco. El penal lo ejecutó Sabatini y convirtió el gol para Comercial. Después me cargaban porque yo les decía lo podía atajar. Pese a jugar con diez hombres y con un futbolista de campo en el arco, San Francisco pudimos empatar con un gol de Leonardo Cardinalli. Terminó 1 a 1 y quedó esa historia. Son cosas que pasan en el fútbol y que uno no se olvida más”, resaltó.

Mientras repasaba el recuerdo, Ángel Martínez también señaló una camiseta de San Francisco colgada en su casa.

“Esa camiseta se la regalé a mi hijo. Pero lo más lindo de todo es la nueva repisa que mi señora armó con todos mis trofeos y premios; están las notas del diario, jaja”, dijo.

Entre tantas batallas futboleras también hubo lugar para la magia. Uno de sus goles más recordados fue un bombazo desde mitad de cancha jugando para Bella Vista, en el clásico, ante Mauricio Díaz, de Tiro Federal.

“Vi al arquero adelantado y le pegué. Siempre observaba eso porque los arqueros quedan adelantados después de los córners. La pelota recorrió cerca de 70 metros y terminó adentro. Fue el gol del año, me premiaron por eso”.

También recuerda otro gol especial, convertido pocos días después de la muerte de su padre.

“Le pedí a Carlos Mungo ir al banco porque quería estar igual. Entré y en un tiro libre, que me dejaron patear, la clavé al ángulo. La emoción fue enorme. Sentí como que me iluminó mi viejo”, aseveró.

El día que casi no sale vivo de Centenario

Uno de los momentos más tensos de su carrera ocurrió en la recordada serie frente a Centenario, en Neuquén, por el torneo Argentino.

Bella Vista había ganado de local y viajó al sur con ilusión. Pero lo que vivieron allá fue mucho más que un partido de fútbol.

“Ya cuando llegamos empezaron los problemas. A la una de la mañana nos tocaban bombos afuera del hotel y no nos dejaban dormir. El clima se volvió insoportable. Tuvieron que cambiarnos de lugar para descansar unas horas antes del partido”, recordó.

Pero lo peor estaba por venir.

“Cuando fuimos para la cancha arrancó todo el quilombo. Nos tiraban piedras, había corridas y después adentro fue peor. Cuando el ‘Ciego’ Arriagada hace el gol de tiro libre que nos daba la claisificación empezamos a escuchar el sonido de las piedras pasando cerca y los jugadores e hinchas de ellos que se venía a pegarnos. Bonjour recibió una trompada y los incidentes se multiplicaron. La policía, lejos de calmar la situación, terminó empeorándola”, amplió.

“Nos tiraban gases lacrimógenos a nosotros. El ‘Gula’ Aguirre agarró el cartucho y lo pateó para el otro lado porque nos estaban gaseando. Increíblemente terminó expulsado e informado; el que menos había hecho. La situación fue desesperante. Varios jugadores quedaron tirados dentro del campo de juego afectados por el gas. Al ‘Cota’ Álvarez lo encontramos desmayado; lo tuvimos que sacar entre varios. Menos mal que estaban los hinchas de Bella Vista, que rompieron el alambrado, entraron a la cancha y nos rescataron”, dijo.

“Perdimos bolsos, ropa, documentos. Salimos como pudimos. Nuestra gente nos protegió muchísimo. Si no estaban ellos, creo que no salíamos”, aseveró.

El legado continúa

Detrás de cada viaje, entrenamiento y partido, siempre estuvo Antonella Belén Aguirre, su esposa. La conoció en 2006, cuando llegó a Bella Vista.

“Ella ya tenía a Milagros y después tuvimos a Julián y a Juanita. Durante años me acompañó a cada cancha del país. Íbamos a Tandil, Mar del Plata, donde tocara… Ella siempre estuvo y sigue estando”, agregó.

Y aunque se ríe al recordarlo, admite que también sufría los partidos.

“Alguna puteadita largaba, jaja. Se bancó que trabajara, viajara y entrenara todos los días. Para un futbolista eso vale muchísimo”, expresó.

Hoy, el apellido Martínez sigue ligado al fútbol gracias a Julián, su hijo de 16 años, que juega en San Francisco.

“Tiene mucha movilidad, maneja las dos piernas y condiciones. Pero siempre le digo que hay que entrenar y sacrificarse. Antes nos levantábamos temprano para trabajar y después entrenábamos. Hoy ellos tienen más comodidades, pero el esfuerzo no puede faltar”.

Cada vez que habla de fútbol, vuelve a la misma idea.

“El entrenamiento no se negocia. Si aflojás un poco, te quedás”.

Aunque todavía se siente jugador, Ángel reconoce que muchas veces piensa qué hará cuando llegue el momento de dejar definitivamente la cancha.

“No sé qué voy a hacer el día que no pueda jugar más al fútbol. Mi señora siempre me dice: ‘Vos tenés que ser técnico’. Porque por ahí estoy mirando un partido y digo: ‘Mirá, mirá, hacé esto, hacé aquello’. Cuando ya no sienta más ganas de jugar, capaz que sí”, admitió.

Eso sí, tiene claro qué le gustaría hacer. “Me gustaría trabajar con los chicos. Enseñarles esas pequeñas cosas que uno fue aprendiendo y que te quedan marcadas. De todos los técnicos aprendí algo”, resaltó

“En el fútbol actual mandan los detalles. Por ahí hoy insistimos con una pelota parada o hacemos una jugada preparada porque alguien te la enseñó antes. Todo eso se aprende”, remarcó.

Su hermano Walter ya transitó ese camino como entrenador de inferiores en San Francisco, donde salió campeón varias veces. “A él le gusta mucho ser técnico. Yo a veces iba a darle una mano con alguna pelota parada o ejercicios”.

504 partidos. Jugó el Popi entre S. Francisco (228), B. Vista (211), Rosario (39) y Comercial (26). Hizo 121 goles, vio 8 rojas y anotó 9 goles de penal en 14 remates. (Datos de Eduardo López).

La cultura del trabajo

Más allá del fútbol, Martínez nunca dejó de trabajar. Sigue ligado al mercado de frutas y verduras, donde construyó otra parte importante de su vida.

“Hoy ya no es el sacrificio de antes. Antes trabajábamos muchísimas horas más. Los lunes entro a las cinco y por ahí salgo a las once. Antes era mucho más duro”.

Dentro del mercado también encontró una segunda familia. Y hay un nombre que menciona con emoción.

“Domingo Catini fue mi patrón y hoy es como un segundo padre para mí. La relación nació hace muchos años y se fortaleció con el tiempo. Cuando me fui de Bella Vista me propuso trabajar con él en sociedad. Me quiere como un hijo y yo lo quiero como un segundo viejo”, apuntó.

A los 47 años, Ángel Martínez sigue corriendo detrás de una pelota como cuando era chico. Ya no necesita demostrar nada. Lo hace porque el fútbol todavía le llena el alma.

El equipo Azul de Villa Rosario y los amigos de siempre

Más allá de los títulos, los ascensos y las grandes campañas con Bella Vista y San Francisco, hay un lugar donde hoy Ángel Martínez vuelve a sentirse aquel pibe que arrancaba jugando por amor a la pelota: el Azul de Villa Rosario.

Ahí, en el equipo de su barrio, sigue jugando actualmente. Ya no hay viajes eternos ni presiones por un ascenso. Tampoco tribunas explotadas como en aquellas noches de Liga del Sur. Pero sí permanece intacto algo mucho más fuerte: el sentido de pertenencia.

“Hoy lo vivo de otra manera. Voy, entreno, comparto con amigos y disfruto muchísimo. Lo lindo es que seguimos compartiendo vestuario con gente que ama el fútbol como uno. Eso no cambia nunca”, sostuvo.

Allí también aparece otra faceta suya, la de referente. Porque aunque él no se dé demasiada importancia, los más jóvenes lo escuchan, lo observan y absorben cada consejo.
Después de más de 500 partidos -504 según datos de Cocho López- en la Liga del Sur, Martínez sigue sintiendo la misma adrenalina antes de entrar a una cancha.

Y en el Azul encontró algo que muchos futbolistas buscan cuando pasa el tiempo, como volver a disfrutar del juego sin obligaciones.

“El fútbol me dio muchísimas cosas. Amigos, recuerdos, enseñanzas. Hoy trato de disfrutar cada momento porque sé que esto no dura para siempre”, puntualizó.