Bahía Blanca, ante el desafío de adaptarse a la crisis climática
A un año de la inundación histórica, especialistas coinciden en que este tipo de eventos extremos se inscribe en un contexto de cambio climático global.
Recibido en 1993, acumula 28 años de trayectoria en el periodismo local. Ex jefe de la sección Deportes y La Ciudad y actual secretario de Redacción de La Nueva. Ex profesor de los dos institutos de Periodismo de la ciudad. Especialista en temas deportivos, sociales y gremiales.
Al cumplirse el primer aniversario de la trágica inundación que golpeó a Bahía Blanca el 7 de marzo de 2025, el episodio permanece como una señal de alerta sobre la creciente vulnerabilidad de las ciudades frente a fenómenos meteorológicos extremos.
La magnitud del desastre —con pérdidas humanas, miles de hogares afectados y daños severos en la infraestructura— expuso con crudeza el impacto del cambio climático y la urgencia de políticas de adaptación.
Hace exactamente un año, una tormenta extraordinaria descargó más de 300 milímetros de lluvia en pocas horas sobre la ciudad. El volumen de agua provocó el desborde de cursos y anegamientos masivos que derivaron en uno de los desastres ambientales más graves de la historia local.
El saldo fue dramático: 18 víctimas fatales y alrededor de 10.000 viviendas afectadas, muchas con daños irreparables. Numerosas familias perdieron sus pertenencias y la reconstrucción demandó tiempo y fuertes inversiones, mientras que la red vial sufrió deterioros de consideración.
Factor determinante
Especialistas coinciden en que este tipo de eventos extremos se inscribe en un contexto de crisis climática global.
Argentina ya advirtió en su Primer Reporte Bienal ante la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático que se espera un aumento en la frecuencia e intensidad de lluvias torrenciales, junto con la suba del nivel del mar que impactará especialmente en la costa bonaerense.
En ese marco, lo ocurrido en Bahía Blanca aparece como un caso paradigmático. La infraestructura urbana no estuvo preparada para absorber semejante volumen de precipitaciones en tan corto tiempo, lo que desbordó la capacidad de drenaje y dejó en evidencia déficits de planificación y de respuesta ante emergencias climáticas.
“Cuando hablamos de pérdidas y daños ya llegamos tarde”, advierten desde el ámbito de la ciencia climática. Por eso, el eje debe desplazarse hacia la adaptación, con obras y políticas públicas que reduzcan la exposición de las ciudades a eventos cada vez más intensos.
Naturalmente vulnerable
Las características geográficas de Bahía Blanca amplifican el riesgo. La ciudad se ubica al final de la pendiente subventánica, en una zona de transición entre las sierras australes y el mar.
Presenta pendientes suaves a moderadas y suelos de baja infiltración y poca profundidad, condiciones que favorecen la rápida escorrentía superficial durante lluvias intensas.
Además, el distrito se encuentra en la cuenca baja del arroyo Napostá, que atraviesa el ejido urbano de norte a sur, mientras que el canal Maldonado actúa como aliviador bordeando la ciudad por el oeste.
En un clima semiárido templado —con alternancia de sequías y episodios de alta humedad— no son infrecuentes las tormentas severas, que históricamente ya han provocado inundaciones.
El 7 de marzo de 2025 se configuró un escenario atmosférico particularmente inestable: un sistema de baja presión sobre el norte de Cuyo y el NOA, combinado con alta presión en el Atlántico Sur, generó condiciones propicias para la convección profunda.
La llegada de aire húmedo desde el Pacífico y el avance de un frente frío desde el norte patagónico activaron un sistema convectivo que descargó 290 milímetros en apenas 12 horas —unos 25 mm por hora— sobre el sudoeste bonaerense.
El evento, de recurrencia centenaria, provocó inundaciones repentinas con sectores de la ciudad bajo más de dos metros de agua. Las zonas sur y central resultaron las más comprometidas, en parte por la escasa pendiente y por la presencia de infraestructura ferroviaria y vial que ralentiza el escurrimiento. Hubo más de 1.000 evacuados, cortes ferroviarios, rutas y puentes destruidos y hasta el traslado de un hospital.
La urgencia
A un año del desastre, el debate de fondo apunta a la necesidad de anticiparse a fenómenos que la ciencia prevé cada vez más frecuentes. Negar el cambio climático —advierten especialistas— obstaculiza la implementación de políticas preventivas y de reducción del riesgo.
La planificación urbana aparece como un eje central: mejorar los sistemas de drenaje, rediseñar infraestructuras críticas y fortalecer los planes de respuesta rápida son medidas consideradas prioritarias. También se subraya la importancia de construir conciencia social sobre la necesidad de un desarrollo más sostenible y resiliente.
En ese contexto, se observan señales preocupantes en materia presupuestaria. El proyecto nacional “Apoyo para la Expansión de Obras de Adaptación a Extremos Climáticos”, dentro del programa de Desarrollo de la Infraestructura Hidráulica, pasó de una ejecución de $37.155 millones en 2023 a apenas $46,6 millones en 2024, lo que representa una caída real del 99,96%.
La merma se explica tanto por el recorte del crédito vigente como por la ejecución de solo el 0,2% del presupuesto disponible.
A esto se sumó, en los días previos al temporal, la disolución de la Dirección Nacional de Emergencias —dependiente del Ministerio de Capital Humano— con la desvinculación o disponibilidad de sus 485 trabajadores. El organismo tenía como función asistir en catástrofes mediante el envío de insumos y profesionales para la contención de damnificados.
Una tragedia que interpela
La inundación de Bahía Blanca dejó una marca profunda y funciona hoy como advertencia. La reconstrucción de las zonas afectadas es apenas el primer paso. El desafío estructural pasa por reducir la vulnerabilidad del territorio frente a amenazas climáticas ya identificadas.
Especialistas coinciden en que Argentina debe avanzar en políticas integrales de acción climática que incluyan sistemas de alerta temprana, protocolos que integren salud y cambio climático y presupuestos acordes a la magnitud del riesgo, con foco en los sectores más vulnerables.
A un año de aquella jornada que paralizó a la ciudad, la lección es contundente: los eventos extremos ya no son excepcionales. Adaptarse dejó de ser una opción para convertirse en una necesidad urgente.