Bahía Blanca | Sabado, 13 de abril

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El sector del Paseo de las Esculturas: de espacio de recreación a lugar invivible

Siempre es clave entender que nadie puede adueñarse de un espacio perjudicando la calidad de vida de otros.

Cuando en 1994 se materializó el Paseo de las Esculturas, sobre calle Fuerte Argentino, entre Casanova y Sarmiento, la ciudad ganó uno de los espacios públicos más valorados  y concurridos de la ciudad.

Un paseo lineal que además de su atractivo propio, con diez esculturas surgidas de un encuentro de artistas trabajando sobre rezago ferroviario y un adecuado tratamiento paisajístico, tiene varias aristas positivas.

Por un lado encontró un uso a un tramo del entubado del arroyo Napostá que quedó sin destino luego de que se cancelara el proyecto de utilizar esa obra para generar una gran avenida.

Por otro, marcó un recorrido que, desde calle Sarmiento, conducía al borde del arroyo que quedó a cielo abierto –espacio que también potenció— para, finalmente, desembocar en el parque de Mayo.

El Paseo fue así un lugar con vida propia, elegido por jóvenes y familias, y también un lugar de paso –caminando o en bicicleta—dentro de un circuito recreativo.

Un tercer componente fue, al menos en principio, que significó una plusvalía para todo el sector, al generar un paisaje urbano completamente nuevo.

Sin embargo, desde hace años hay un componente que desvirtúa en parte todos estos componentes y que merece atención por parte del municipio.

La referencia es a la (mala) costumbre de muchos concurrentes de poner música a un volumen desproporcionado, molesto y agresivo, de generar ruidos con autos y motos en horarios nocturnos.

Ese uso contradice las normativas en las materias, generando ruidos molestos afectan la vida de los vecinos del lugar, que viven un calvario cada fin de semana.

Hay ordenanzas que rigen en la materia y que definen como “ruidos excesivos” los causados por cualquier hecho o actividad industrial, comercial, cultural, deportiva y social que superen los niveles indicados en la Norma IRAM.

No se trata entonces de prohibir por prohibir sino de asumir que ningún usuario del espacio público puede hacer lo que se le plazca, sobre todo cuando su conducta afecta el bienestar de otros. Tampoco es bueno que eso ocurra de manera impúdica y sin que las autoridades responsables intervengan.