Bahía Blanca | Jueves, 08 de diciembre

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Escenario político: el fenómeno Maratea y sus múltiples disparadores

La millonaria donación conseguida por el influencer para ayudar a combatir los incendios en Corrientes encendió una fuerte polémica sobre el rol del Estado.

Maximiliano Allica / mallica@lanueva.com

   La grieta se lleva puesto todo. Santiago Maratea utilizó su potencia como influencer para conseguir más de 100 millones de pesos en favor de la lucha contra los incendios en Corrientes y el siguiente paso fue una discusión nacional sobre la importancia o insignificancia del Estado, pasando por si el joven artista es K o anti K, macrista o libertario.

   Probablemente no sea nada de eso sino un producto de su generación, inubicable en las categorías más frecuentes del debate público. Que quede claro: Maratea es un héroe. Es cierto que la plata la pusieron los donantes y también son héroes, pero él, desde una cuenta de Instagram, le dio organización y marco a una patriada que requiere carisma y cerebro.

   Luego, no está mal que estos destellos personales habiliten el debate sobre el rol del Estado y la capacidad de los individuos, pero no para pudrir el análisis en el retrete de la grieta sino para observar la modificación de las formas de relacionarse que hoy tienen las comunidades, en especial las generaciones que nacieron con un celular y las redes sociales en la mano.

   La frase no es novedosa: estamos pasando de la era de la verticalidad en la organización social a una de mayor horizontalidad. Y ese paradigma impacta en el Estado, cuya estructura tiende a ser verticalista y vetusta. Nada más tedioso y complejo que un trámite burocrático, nada más simple y directo que un tuit o un vivo de Ig. Nada más agotador que llenar formularios para acceder a determinados beneficios, nada más directo que pedir un "cafecito" a través de una cuenta colmada de seguidores.

   El problema de seguir planteando al Estado como centro es que ya no puede serlo, al menos en los términos que lo conocimos durante las últimas décadas. La dinámica de las sociedades avanza a un ritmo que a semejante gigante le cuesta seguir.

   Por supuesto que los gobiernos entienden el cambio de ambiente, pero aún no están preparados para atajar la ola. Sin embargo, no existe otra forma de pensar el futuro inmediato sino a través de la democracia digital, cuyas formas las deberán ir moldeando las mentes más preparadas, en base a prueba y error.

   ¿Cuál es el destino? Nadie lo sabe, solo la certeza de que nada será como es, a una velocidad nunca vista.

   En cuanto a Maratea, ya son muchas las veces que se pone al hombro una campaña solidaria. Una de las claves de su éxito se basa en unos niveles de credibilidad muy por encima de la media, sobre todo de la clase política y de otros sectores de referencia tradicional, lo cual incluye, por supuesto, a los medios de comunicación. Más que enojarse como hicieron tantos, lo que corresponde es hacer autocrítica.

   Ocupa un lugar vacío y encima lo llena con desenfado. La idea de recaudar fondos para Corrientes, según explicó, se le ocurrió el sábado a la noche "medio loco", es decir, habiendo fumado marihuana, y "un poco borracho". No es un ángel ni quiere serlo, es un veinteañero con los vicios de muchos jóvenes de su edad. Es más, le divierte jugar con los códigos de las diferentes redes sociales, ya que admite que en el cándido Instagram esquiva a los haters (odiadores), mientras que en Twitter, el cuadrilátero de las redes, se sube a todas las peleas.

   Hay un detalle de lo más interesante en su perfil. Tanto en Ig como en Tw deja una frase que lo define: "No es caridad lo que hago". Es un lema con mucha fuerza ideológica (que no es lo mismo que partidaria).

   Alguna vez comentó que no pretende dar la imagen de abnegado porque él también recibe beneficios por sus acciones, a veces en forma de dinero, otras, en promoción. Es decir, le gusta ayudar y le parece correcto, pero disfruta de las contraprestaciones. Si no funcionara así, quizás no lo haría o le dedicaría menos energía.

   El mensaje es casi contracultural. Quitarse la culpa de que la solidaridad se debe practicar por obligación moral y entender que puede resultar mejor si se la piensa desde la conveniencia propia. Ayudar para que parte de esa ayuda vuelva, sea por remuneración, satisfacción personal o para contárselo a los demás. No tiene nada de malo eso ni, desde ya, lo contrario.

  Hay una discusión filosófica bastante antigua acerca de la importancia del ego como motor del desarrollo de las sociedades. ¿Es el amor por lo colectivo el máximo impulsor del progreso social? ¿O la principal fuerza transformadora es el deseo de trascendencia individual?

   La pensadora rusa Ayn Rand da un enfoque magistral en sus novelas "El Manantial" y "La Rebelión de Atlas", donde defiende la postura de que el genio egoísta es el verdadero motor del progreso. Por ejemplo, si un constructor de rieles se enfrasca en lograr una aleación que permita un tránsito de trenes más veloz, económico y eficaz, esa creación generará mejores resultados a toda una industria, con el consecuente beneficio para la masa de usuarios. Sin embargo, para universalizar su producto, primero deberá quebrar la resistencia de una corporación ultra conservadora, con intereses en que nada cambie.

   Estamos inmersos en un mundo de corporaciones, estatales y privadas, interesadas en que nada cambie. Pero el mundo ya cambió.

   Hoy Maratea se convirtió en héroe, con la misma rapidez que mañana podría convertirse en villano, vaya uno a saber por qué. No es importante. Lo relevante es el contexto: vivimos en una sociedad de inmediatez y síntesis. No es que el Estado no sirve ni que un individuo por una buena acción es mejor que todo un andamiaje gubernamental. Es que ese individuo está transmitiendo los valores apropiados para su época y, lo otro, quizás ya no. Entonces habrá que repensarlo.

***

   PD: La principal especie amenazada de extinción por los incendios en Corrientes deberían ser los funcionarios sin idoneidad. El ministro de Ambiente Juan Cabandié ahora, como Sergio Bergman antes, no son especialistas en el tema sino el resultado de acuerdos políticos. Cualquiera se da cuenta.