OTRAS VOCES

Yrigoyen y Perón

16/7/2017 | 08:05 | Escribe Miguel Angel Asad

El 3 de julio del año 1933, como lo habría de hacer el 1° de julio del año 1974, al decir de Don Atahualpa Yupanqui, “se fueron pal silencio” respectivamente Don Juan Hipólito del Sagrado Corazón de Jesús Yrigoyen y Don Juan Domingo Perón, ambos Juan; nombre noble de por si; ambos fueron lideres instrumentales, carismáticos y paternalistas, según los calificara en su Cátedra de Derecho Político de la Universidad de Buenos Aires su titular de Cátedra Magistral, el después Ministro irreemplazable de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, Profesor Fayt, y su adjunto el Dr. Mariano Grondona, la anteúltima materia que rendimos con Abal Medina antes que se le diera por hacerse guerrillero.

Yrigoyen y Perón. Ambos fueron afectos -como todo estadista que se precie de tal- a consultar los oráculos de videntes y profecías. Ambos fueron puentes de la transición de la política bravía a la del amplio juego de la libertad del sufragio.Ambos fueron tristemente suplidos en su concepción movimientista, por la miserable alforja de los demócratas fanáticos del “régimen” el primero y de la “partidocracia” el segundo, al punto que les terminaron vaciando sus idearios y hoy son muy pocos los que refugian en sus casas aquellas admoniciones de que “los hombres deben ser sagrados para los hombres y los pueblos deben ser sagrados para los pueblos”, “que se quiebre pero que no se doble”, “para un argentino no hay nadie mejor que otro argentino”.

A Don Hipólito le terminaron supliendo su mística nacional a la Internacional Socialista -Alfonsín mediante- y a Perón, los Cafiero y los Menem (dos demócratas cristianos de pura cepa), reduciendo con su “entrismo” renovador la jibarización del Movimiento a la internacional Social Cristiana. Viene al caso recordar -sobre todo en este momento en que se han reiterado nuevamente las funciones de la OEA como organismo al ñudo que acertadamente calificara el Comandante Fidel Castro como “ Ministerio de Colonias del Imperio”- el ideario de solidaridad americana puesto de manifiesto en gestos de hidalguía como el tenido por parte de Don Hipólito para con la República Dominicana cuando esta fue ocupada por la prepotencia imperialista de Estados Unidos, y que aun hoy conmueve agradecido al pueblo dominicano porque en camino hacia la Argentina un barco de nuestra entonces -todavía- entera flota de mar, al pasar por República Dominicana, que había sido invadida por el Tío Sam e izado su bandera pirata, el Capitán -indignado- pidió instrucciones a su Comando en Buenos Aires, el cual recibió orden de Don Hipólito de “arríe nuestro pabellón, ice la bandera dominicana y salúdela con 21 cañonazos”, y el pueblo dominicano, agradecido, ha levantado un monumento para recordar ese gesto,que le permitió recuperar su dignidad de Patria invadida por la “diplomacia de las cañoneras”; monumento que Perón- exiliado tras su derrocamiento por la revolución fusiladora en 1955- visitaba en sus caminatas diarias junto a Isabel, y ante él se detenía con gesto de patriota, como -imagino- tendría Artigas refugiado enfermo y solo en Paraguay con la sola y esporádica visita de su hijo adoptivo el indiecito Andrecito, en puridad de verdad, la soledad insufrible que han padecido todos los que alguna vez padecieron el exilio. A Don Hipólito el exilio se lo hicieron aprovechando de su ceguera incipiente, escribiéndole un diario que alimentó su soledad y le valió el mote de “el Peludo”. Nobleza obliga recordar que uno de los primeros actos que tuvo Perón como presidente fue cambiarle el nombre a la calle Victoria en Buenos Aires -que conduce a la Casa Rosada- y ponerle el nombre de Hipólito Yrigoyen.Es que Perón fue el heredero natural de las masas que quedaron huérfanas de yrigoyenismo, traicionadas y abandonadas a la tortura del “régimen” por la “alvearización”, o para ser mas precisos, por la “liberalización” del radicalismo como movimiento nacional y popular, con los Alvear, Le Breton, Tamborini, Mosca, etc. La misma multitud que acompañó la agonía de Don Hipólito aquel 3 de Julio de 1933, día en el cual el hasta ese entonces “krausista”, ofreció su alma al confesor, su boca al cuerpo y sangre del Cristo, que después vendría su embalsamamiento, que después vendría el Rosario entrelazando sus manos y su cuello, y recibió la congoja de todo un pueblo que desfiló tres días apesadumbrado ante ese gran hombre que como protector y hermano terciario Dominico se encontraba en el féretro vestido con el hábito de la Orden de Santo Domingo, frente a la casa del “padre del pueblo” como se la llamaba por la gente sencilla y agradecida por miles y miles. Hubo enanismo simultáneo también, como los del Ministro del Fraude Leopoldo Melo, quien le veda a Yrigoyen el legitimo derecho de ser velado en la Catedral.

Pasados los años, Perón y Balbín habrían de reconfortar la memoria de Don Hipólito con aquel abrazo de Gaspar Campos y en la posterior despedida “al amigo” -según acordó la vicepresidente en ejercicio María Estela Martinez Cartas de Perón- y que nos dejo huérfanos casi el mismo día que Don Hipolito (1 de julio). Quedemos “rumiando” la semana nefasta de julio que nos llevó aquellos dos patriotas, mientras ya se percibe evidente el lamento del pueblo llano por los sucesivos “entrismos”(infiltraciones) que con diversos nombres y estrategias han terminado deshilachando símbolos, doctrina, marchas, bombos y lealtades. Tan solo -por ahora, tan solo- nos queda el lamento de Don Arturo Jauretche: “Paren la mano Don Antonio, Don Arturo, Doña Cristina, Don Marcelo, Don Mauricio, Don Cristian, Doña Patricia y mil más, todos con las mismas falacias. Porque es pa’ todos la cobija o es pa’ todos el invierno”. Amén.

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