Bahía Blanca | Domingo, 26 de marzo

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Bahía Blanca | Domingo, 26 de marzo

“Nadamos en la noche y entramos al barco”

Sylvestre Agfoer cruzó el océano Atlántico como polizón. Hace 11 años que vive en nuestro país.
Sylvestre, con su venta ambulante frente a la Plaza Rivadavia. Es padre de dos hijos.

Por Federico Moreno / fmoreno@lanueva.com

“Éramos dos amigos y yo, nadamos en la noche y entramos al barco por el eje del timón. Viajamos 26 días escondidos comiendo harina de mandioca humedecida”, relata Sylvestre Afgoer, nigeriano de 38 años que desde 2008 vive en Bahía Blanca.

Cuando se le habla de que arriesgó su vida, justifica que “tampoco era vida” en su país, con la violencia religiosa y la escasez de comida.

“Cuando llegamos al puerto de Campana nos tiramos al agua y nadamos hasta la costa. Nos descubrió la Prefectura esa noche porque hicimos un fuego para calentarnos y cocinar el pescado que nos había regalado un pescador”, agrega quien se gana la vida vendiendo joyas frente a la Plaza Rivadavia.

Luego de tres meses en un hotel de Migraciones de Rosario y gracias a defensores de Derechos Humanos, Sylvestre y sus amigos pudieron caminar libremente. “Llegué a Argentina en 2005, primero estuve en Buenos Aires, donde conocí a la madre de mis hijos, una puntaltense por la que me vine a Bahía”.La nena es Dana, de 10 años, y el varón es Tobías, de 6, a quienes visita todos los domingos en Punta Alta.

Sylvestre, al igual que su madre, quien durante 8 meses lo dio por muerto, no fue a la escuela y, pese a que entiende y se hace entender, después de 11 años su español está lleno de rudezas.

“Hasta el octavo mes en Argentina no pude llamar a mi madre, la gente es mala, en vez de alentarla todos le decían que seguramente había muerto. Ahora la llamo seguido, hablamos solo por teléfono, no usamos redes sociales. Me gustaría viajar a Nigeria para visitarla, pero no tengo pasaporte”, dice.

“De Bahía me gusta todo, es muy tranquilo. En Buenos Aires se aprovechaban de mí por no hablar el idioma, me aumentaban el alquiler cada dos meses. Acá tuve que aprender a lidiar con el frío, en Nigeria nunca había usado una campera”, se ríe.