Calificación: ¿8?

10/12/2016 | 10:06 |

Por
Vicente Massot

Calificarse a sí mismo y a quienes lo acompañan en la gestión que lleva adelante desde hace un año con un 8 (distinguido, en la jerga universitaria) puede que haya escandalizado a algunos y disgustado a otros. Pero es parte del repertorio presidencial, como los globos de color amarillo, el baile en el balcón el día en el cual asumió sus nuevas funciones o sus publicitadas sesiones de yoga descalzo. Enredarse en una discusión respecto de la nota mencionada, y de si la merece la actual administración, supone un esfuerzo baldío.

En todo caso lo que resulta conveniente no perder de vista es la decisión de encerrar a los principales integrantes del Pro en una suerte de retiro laico con el propósito de realizar una síntesis y compendio de estos primeros 12 meses de administración.

Si lo que buscaba Macri era hacer una autocrítica profunda, ello no ocurrió. Si fue pensado para relanzar el Gobierno, tampoco. Para escuchar las vaguedades de todos conocidas que se dejaron oír en Chapadmalal, los presentes podrían haberse ahorrado el viaje. No obstante, era obligatoria la asistencia y hasta esa localidad bonaerense marcharon, en dulce montón, ministros, secretarios de estado, senadores, diputados y gobernadores.

Cualquiera puede darse cuenta, a esta altura del partido, que el exceso de ministerios, la falta de coordinación entre los mismos y las internas hasta poco tiempo soterradas, que ahora se ventilan en público, requieren correcciones. No fueron baladíes las declaraciones que, escasos días antes del retiro macrista, hizo el presidente de la Cámara de Diputados, Emilio Monzó.

Político de envergadura -de los pocos que tiene Macri a su lado- cuanto dijo no una sino dos veces en una misma semana, resultó un toque de atención. No porque hubiera deseado dinamitar Cambiemos sino porque apuntó a algo que debió haberse discutido a fondo en Chapadmalal: las insuficiencias de la coalición que sirvió para ganar una elección crucial aunque no ha demostrado todavía solidez a la hora de gestionar políticas públicas.

La juntada del macrismo se pareció más a un Festilindo oficialista que a la reunión de unos funcionarios a los cuales no les puede pasar inadvertido el desafío de 2017. La decisión de Macri sorprende en razón de que, bien mirada, resultó fulbito para la tribuna. Si el balance mereciese el 8 que se adjudicó el presidente, hasta se hubiese justificado una piñata para adultos con globos amarillos, serpentinas y pochoclo. La realidad, sin embargo, no es color de rosa.

Macri lleva hecho un esfuerzo digno de encomio si se tiene presente la herencia que recibió: un país devastado. Imaginó que, en el segundo semestre, se iban a percibir de manera clara los efectos benéficos de las medidas tomadas por el equipo económico. Pero no sucedió. O, cuando menos, no en la medida que lo creyó posible el oficialismo. Con lo cual debe ahora pensar muy bien lo que hace, dónde pisa y cómo decide sus prioridades.

El año a punto de iniciarse es mucho más complicado que este, a punto de culminar. Por de pronto no puede el Gobierno insistir demasiado con el legado kirchnerista. Hay un momento para todo y el macrismo, cediendo a los consejos de Jaime Duran Barba, creyó que convenía mirar para adelante y no cargar las tintas sobre el Gobierno saliente. Transcurridos 12 meses, remover las culpas de los K es un libreto ajado y pasado de moda.

Además, tiene la desventaja la actual administración de que no puede adoptar todas las medidas que desearía por la sencilla razón de que la sociedad argentina le demanda soluciones, al par que no quiere oír la palabra ajuste.

En consonancia con lo expresado antes es que el equipo económico -es una forma de calificarlo pues le falta espíritu de equipo, precisamente- se aferró, desde un principio, al gradualismo que nadie sabe si alcanzará a rendir sus frutos en los próximos meses.

Hay que entender que las complicaciones y obstáculos que se recortan en el horizonte de Cambiemos tienen en el fondo menos que ver con las pujas lógicas que se desenvuelven entre el oficialismo y los partidos opositores o con la lucha de intereses que diferentes factores de poder dirimen con el fin de sacar la mejor tajada posible para sí, que con la índole de los argentinos.

Por supuesto que Macri pagaría cualquier precio a cambio de contar con unas bancadas en las dos cámaras del Congreso, tan robustas como las que en su momento tuvieron Carlos Menem y Néstor Kirchner. Es claro también que haría cualquier sacrificio con tal de que, detrás suyo, se encolumnasen la misma cantidad de gobernadores que cerraron filas junto al riojano y el santacruceño. Pero el problema principal es el reclamo creciente de una sociedad que todavía confía en el Gobierno -aunque menos que un par de meses atrás- y le reclama una reactivación económica que se hace esperar.

Mauricio Macri no vive en la luna de Valencia, no es ajeno a los padecimientos de los sectores más necesitados, no se llama a engaño respecto de los vicios de funcionamiento que arrastra su administración y no es de los que miran para otro lado cuando debe hacer frente a una dificultad. Pero su estilo de conducción nada posee en común con el de sus antecesores. Delega funciones a medias y considera que no es malo que exista alguna rivalidad entre sus colaboradores. Si por él fuera no asistiría a reuniones en las cuales, por motivos protocolares, debe estar presente, y reduciría a cero o casi los viajes al exterior.

Temeroso de tener que lidiar con un nuevo Cavallo, consideró conveniente que hubiese nueve encargados de conducir el área económica. Otro tanto sucede con los manejos en el ámbito judicial. Así como para aquellos menesteres están Prat Gay, Sturzenegger, Cabrera, Lopetegui, Quintana, Frigerio, Bruyaille y Dietrich, para estos últimos el presidente se recuesta en Garavano, Clusellas, Rodríguez Simón, Sanz y Angelici. Poco afecto a los cambios de gabinete -algo que ya evidenció en su paso por el gobierno de la ciudad de Buenos Aires- no piensa reemplazar a ninguno de los 23 ministros que lo acompañan.

Que 2017 será extremadamente complejo para Cambiemos no es asunto sujeto a debate. En todo caso la pregunta es cuánto más difícil será que 2016. Ello en virtud de dos motivos fundamentales: las fuerzas opositoras que, en buena medida, acompañaron al oficialismo, ahora deberán competir con este en unos comicios que resultan cruciales no solo para el macrismo sino también para el peronismo en cualquiera de sus variantes y para el Frente Renovador. Ello quedó demostrado el lunes cuando el oficialismo cosechó un sonado revés en la Cámara baja, los principales bloques de la oposición se unieron para imponer un proyecto de reforma al impuesto a las ganancias distinto del que proponía el macrismo.

Además, el grueso de la población considera, erróneamente, que ya realizó el esfuerzo que debía hacer y no está dispuesto a asumir los costos de un ajuste que, por la estrategia gradualista puesta en marcha, quedó a menos de la mitad de camino. Vista la situación desde el lado de la política y desde el lado de la sociedad, la luna de miel ha terminado.

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