Lito, el hombre que, jugando, armó un museo en su casa
Por Hernán Guercio / hguercio@lanueva.com
El Chevrolet Campeón modelo 1929 brilla cual recién salido de fábrica, como si fuera parte de una película de gánsters en Chicago. Importado, seis cilindros en línea, es el primero que se fabricó con bomba de nafta. Una joya. Lito se acerca, abre el capó, estudia el motor y pregunta, con mirada y sonrisa cómplices: “¿quiere que lo prenda?”.
A su alrededor, el Museo del Recuerdo muestra todas y cada una de las cosas que ha sabido conseguir o comprar -y poner en funcionamiento- a lo largo de sus 76 años de vida. Hay juguetes, carteles, un surtidor de nafta de mitad de siglo pasado, una rockola de discos de vinilo de 78 RPM, motos antiguas, una máquina para hacer soda, proyectores de cine con el sistema de audio Dolby instalado, radios, relojes, radiorrelojes, balanzas, bicicletas, fonógrafos, discos de música, planchas a carbón y hasta un sillón de dentista de esos que dan miedo -con el torno en funcionamiento.
Hay de todo, como en botica.
Al ingresar en el lugar uno se siente como un chico de 10 años en una juguetería: es asombrarse, curiosear, querer tocar y mirar todo en el mismo instante, pero sin tiempo para detenerse antes de saltar al siguiente artefacto.
Y en el medio de todo eso, Lito.
Miguel Angel Sottovia, Lito para todo el mundo en Carhué, supo ser bombero, tener un cine y un taller de hojalatería, administrar un campo y quién sabe qué más, todo al mismo tiempo. Pero hace poco más de tres años decidió que le quedaban algunas horas del día para hacer otras cosas, y empezó a construir su propio museo. Lo habló con Mabel, su mujer y celosa administradora, levantó un salón grande en la parte posterior de su casa y ubicó allí varias “cosas antiguas que había ido juntando en un galpón”.
“Lo hice casi jugando, buscando algo nuevo para hacer. En esos momentos solo tenía tres o cuatro motos, y las máquinas del cine; a partir de ahí empecé a juntar otras cosas y fui completando el salón”, recuerda.
Algunos de los elementos que expone fueron donados y otros comprados; a la mayoría hubo que hacerle reparaciones o comprarle repuestos. Con el tiempo, al salón de Lonardi 944 se le anexó una piecita para exhibir algunos elementos que ya no tenían lugar; y ya se está proyectando una nueva expansión.
“Cuando empecé, mi primera idea fue ¿cuándo voy a llenar todo este lugar? Ahora estoy pensando en seguir construyendo para poner más cosas, porque está todo amontonado”, cuenta.
Para Lito, la idea es bien clara: "todo lo que pueda comprar y reparar, lo voy a poner ahí adentro".
“Si Dios me da vida, el museo va a ser a lo único a lo que me voy a dedicar; y mientras yo esté, las cosas van a seguir acá. Es decir, de una manera u otra voy a seguir trabajando”, dice, sonriente.