Diferencias entre Néstor y Cristina
Cristina Fernández puso fin a su largo distanciamiento de la prensa con una definición que impresionó por su contundencia. Dijo en París que ella es dueña de sus propias decisiones, así como su marido es el dueño de las suyas. "Y esto no va a cambiar", prometió, como para no dejar dudas de que está dispuesta a ejercer a pleno su autonomía de vuelo. Al mismo tiempo, y casi sorpresivamente, Néstor Kirchner reflotó, en tres de cuatro actos de los que encabezó esta semana en el Salón Blanco, la muletilla de que será "pingüino o pingüina" el candidato del oficialismo en las elecciones de octubre. Dicho de otro modo: el presidente volvió a instalarse como aspirante a la reelección, cuando en la cima del poder se daba por sentado que declinaría esa opción constitucional a favor de la senadora por Buenos Aires.
Lo primero a decir para entender el fondo de esas diferencias surgidas en el matrimonio presidencial es que CFK no podía ignorar, a menos que se suponga que ella hablaba obnubilada por las bellezas parisinas que recorrió durante una semana, que sus palabras no estaban dirigidas a los periodistas preguntones sobre la candidatura, sino a su propio marido. ¿Fue un mensaje para transmitirle a través de los medios que es sólo de ella, y no de ambos, la decisión de presentarse o no como candidata presidencial el 27 de octubre?
Conviene refrescar el entrecomillado de la declaración de Cristina en el lobby del hotel Meurice, en presencia de al menos tres funcionarios de la administración, entre ellos el vocero Miguel Núñez, coordinador de la entrevista con los enviados especiales. "Lo que yo dije (en una charla con senadores franceses, que quisieron saber si Kirchner definirá la candidatura presidencial) es que mi marido no decide sobre mí. Sobre mí siempre he decidido yo y pienso seguir haciéndolo. El, en tal caso, decide sobre él".
Algo no encaja en el escenario. Y la impresión de que han surgido diferencias matrimoniales en torno al tema salta a la vista. La pregunta del millón, que en la Casa Rosada se niegan a responder y apenas si entregan retazos de verdades y supuestos, es si se relaciona con las dudas que genera la candidatura de Cristina o si el presidente ha mutado de parecer sobre su propio futuro.
Hay tela para cortar. Se había publicado en varias oportunidades --y el gobierno dejó correr libremente la versión-- que la de París era para Cristina Fernández una "gira de instalación" de su figura a nivel internacional, pensando antes que nada en su probable candidatura, si, como todo indicaba hasta entonces, y no tanto por estas horas, Kirchner resolvía no presentarse y cederle el lugar.
La pregunta es, entonces, por qué al mismo tiempo que ella trajinaba pasillos de hoteles y despachos públicos franceses con agenda sacada con tirabuzón a las figuras locales, el presidente volvió con su intríngulis sobre el sexo del candidato del Frente para la Victoria. Y lo repitió no una, sino tres veces en poco más de 72 horas. Por ello se agiganta aquel gesto desafiante de Cristina, al sostener que nadie le va a decir lo que tiene que hacer. Surge, al menos, como una contradicción o, en todo caso, como una abierta descoordinación entre el discurso del mandatario y lo que su mujer expresó en Francia. Sólo podría pensarse, de no existir indicios que confirmen esas diferencias, en dos personas sin conexión alguna entre sí. No es el caso del matrimonio presidencial, que de seguro estuvo ligado vía celular más de una vez por día durante la semana que duró la gira.
Veamos más datos: en el último mes, voces importantes del gobierno nacional salieron en masa a ponderar las virtudes de Cristina y a descontar que sería "una extraordinaria presidenta". Alberto Fernández, Aníbal Fernández, Carlos Kunkel, senadores y diputados del FPV y hasta el inefable Luis D'Elía se llenaron la boca alabando a la primera ciudadana. Nadie, en ese momento, menos el presidente o la propia CFK, desmintió esa estrategia de instalación que se correspondía con el capítulo internacional en París que acaba de finalizar.
Sólo esta última semana, y para sorpresa de al menos dos fuentes del gabinete, con la senadora en plena gira, Kirchner volvió a reflotar la posibilidad de que, finalmente, termine por presentarse a la reelección.
Aquellos retazos de verdades y supuestos que se escuchan en despachos de la Jefatura de Gabinete, del ministerio del Interior y de la Secretaría General que conduce Oscar Parrilli no terminan de despejar las dudas. Uno de esos confidentes minimizó los hechos: "Está todo bien; Néstor nunca dijo que no sería candidato, nunca lo dijo oficialmente. Habló de entregar el país en pleno crecimiento cuando termine su mandato, que es otra lectura".
Otros hombres del kirchnerismo se preguntan, en cambio --sería el dato a confirmar-- si efectivamente Kirchner quiere evitar la reelección para preservarse cuatro años y buscar volver por otros dos períodos a partir de 2011. O si, en los últimos días, el presidente ha empezado a sopesar datos como el desgaste inexorable de gestión que sufrirá en los próximos meses, si confirma su decisión de no competir. Y una nunca descartada lucha por los espacios de poder dentro del gobierno inmediatamente por debajo de su línea de mando. ¿Cómo se entendería, si no, que Julio de Vido haya designado un "enlace" entre su ministerio y la senadora para analizar "políticas comunes"? Podría ser un indicio, sólo uno, de aquellos encumbrados hombres políticos del entorno que tiempo atrás alertaban sobre los quilates de Cristina puesta a gobernar el país. "Cuidado con creer que con ella en la Presidencia el que va a gobernar en las sombras es Néstor. Pensar así es no conocerla. Ella va por todo", dijo aquella vez uno de los ministros importantes del gabinete.
Si ésa es, al menos, una de las razones que han motivado el cambio de discurso del presidente, es difícil saberlo. Pero lo cierto es que, hoy por hoy, el santacruceño no estaría tan convencido de que deba descansar cuatro años para después volver por otros ocho, como era el plan original cuando, en oficinas de Parrilli, se afirmaba que el de Kirchner era "un proyecto de largo plazo, de quince o veinte años", antes de sacar al país definitivamente de infiernos y purgatorios.
Una presunción que en la cima niegan a rajatabla es que las diferencias del matrimonio Kirchner, o las dudas que ahora generaría la candidatura de ella, se vinculen con aquel factor de riesgo que enarbolaban algunas encuestas encargadas por el propio gobierno respecto de las dificultades que encontraría Cristina para imponerse en primera vuelta. Por el contrario, los datos actuales en manos de las autoridades, que coinciden con sondeos privados, garantizarían también una victoria de la señora Kirchner sin necesidad de segunda votación. Más todavía --analizan en el gobierno-- si se mantiene el estado de desconcierto y desmembramiento en todo el arco opositor. Desde la irritante indefinición de Roberto Lavagna o los gestos de soberbia sobre los cuales pretende armar su candidatura, hasta algunos pensamientos de Mauricio Macri que han desgranado sus colaboradores: dicen esos confidentes que MM tiene que ser candidato a presidente en octubre para quedar mejor posicionado al frente de una corriente de centroderecha con vistas a 2011. En buen romance, lo que mira el kirchnerismo es lo que está a la vista: la oposición parece resignada a correr la carrera que viene con la aspiración de ver quién llega segundo detrás de uno de los Kirchner, con la mira puesta en las presidenciales de aquí a cuatro años.
No ha parecido casual, en ese pobre escenario de la oposición, que el presidente se haya permitido en los últimos discursos tratarla con ironía y hasta con cierto tono paternalista. Primero le recomendó tener "paz, amor y alegría". Después dijo que sentía por los opositores "caridad cristiana". Y por último los desafió a unirse: "Júntense", les pidió, como quien reclama un rival de mucho mayor porte para que la batalla no sea tan desigual como pinta la elección. El presidente ha parecido disfrutar con esa misma impresión que tienen no pocos observadores y dirigentes radicales, macristas y lavagnistas: competir en octubre con varios candidatos sería un desastre total para la oposición y un juego a pedir de boca del oficialismo.
Mientras tanto, los enviados norteamericanos de la Casa Blanca han pasado por Buenos Aires y George Bush ha puenteado a la Argentina en su gira regional de marzo. Unos y otros intentaron minimizar el dato y hablaron de las "relaciones maduras" que envuelven hoy a ambos gobiernos. Pero lo cierto es que tanto Nicholas Burns como Thomas Shannon expresaron preocupación ante Alberto Fernández por el destino de las inversiones norteamericanas en la Argentina. Y hablaron de la necesidad de "mejorar" --término que a Kirchner le suena a "conceder"-- el diálogo bilateral. También quedó plasmado en esas conversaciones que la relación política de Kirchner con Hugo Chávez constituye una piedra en el zapato de Bush que éste no puede disimular. No alcanzó -- comprueban ahora del lado argentino, aunque el dato siga siendo importante-- aquel buen gesto en dirección del republicano que tuvo el país cuando pidió la captura internacional de ex jerarcas iraníes sospechados de ser responsables del atentado contra la AMIA.
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ARCHIVO LNP
Presidentes Kirchner y Bush.