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¿Nombres famosos o máscaras?

Cuando, quizás atribulado por que Pensionados viene perdiendo la batalla del rating por escándalo con Los Roldán, Adrián Suar se mira al espejo, ¿a quien ve? ¿A un empresario de televisión exitoso o al verdadero Adrián Kirzner? ¿Qué pensará el señor Gieco cuando le dicen "Qué tal León" y le palmean el hombro? ¿Se habrá olvidado que su documento dice Raúl y de los verdadero motivos que lo llevaron a ser conocido de tal manera?


 Cuando, quizás atribulado por que Pensionados viene perdiendo la batalla del rating por escándalo con Los Roldán, Adrián Suar se mira al espejo, ¿a quien ve? ¿A un empresario de televisión exitoso o al verdadero Adrián Kirzner?


 ¿Qué pensará el señor Gieco cuando le dicen "Qué tal León" y le palmean el hombro? ¿Se habrá olvidado que su documento dice Raúl y de los verdadero motivos que lo llevaron a ser conocido de tal manera?


 ¿El adolescente Neftalí Reyes Basoalto hubiera escrito igual que Pablo Neruda?


 ¿Nacha Guevara hubiera tenido la misma suerte como artista si hubiera utilizado su verdadero nombre: Clotilde Acosta?


 ¿Sería el mito que es Marilyn Monroe de haber permanecido llamándose Norma Jean Baker?


 El sex symbol de Hollywood en la década de 1920, Rodolfo Valentino, había nacido en el sur de Italia en 1895 con un nombre bastante menos sugestivo, de acuerdo con la moda de una época en que no había nada de fashion en las sonoridades itálicas: Rodolfo Anselmo Rafaelo Guglielmi.


 Lo cierto es que estas personas y miles más a lo largo de todos los tiempos echaron mano a seudónimos, heterónimos, anagramas y alias para forjar su personalidad.


 Las razones son tan variadas como los mismos resultados de esta peculiar costumbre: facilitar la pronunciación por marketing, esquivar persecución política o discriminación religiosa, garantizar libertad de expresión y hasta cuestiones sexuales, sin dejar de lado las bromas.


 Para ello, basta recordar que en su artículo Elogio al seudónimo, Adolfo Bioy Casares cita a Oscar Wilde argumentando que "nunca una persona es menos sincera que al hablar en su propio nombre. Un seudónimo, por transparente que sea, cumple una función liberadora".


 Y el gran Bioy parece haberlo vivido en carne propia: junto a su amigo Jorge Luis Borges decidieron firmar sus textos conjuntos (Seis problemas para don Isidro Parodi, Dos fantasías memorables) como Honorio Bustos Domecq.


 Semejante nombre de fantasía se formó con la suma de un apellido de un bisabuelo de cada escritor: Bustos en el caso de Borges y Domecq en el de Bioy.


 A fin de cuentas, "Mi nombre es Borges" solía decir Jorge Luis en el momento de presentarse, omitiendo deliberadamente sus nombres de pila.


 Esa extraña forma de anunciarse cautivó a la bella Graciela Noemí Zabala, a punto tal que en una conversación el escritor le dijo "úselo si quiere".


 La muchacha no se lo hizo repetir y pasó a ser Graciela Borges que enamora a los argentinos con su presencia y su voz cascada.


 El objetivo básico de usar un nombre diferente al propio es engañar al otro, aunque eso no siempre implique una intención aviesa.


 De hecho, hay empresas de atención telefónica que instruyen a sus operadores para que varíen su nombre varias veces por día para dar la sensación a quienes llaman de que son muchos los empleados que están a disposición de los clientes.


 Pero en el caso específico que motiva esta recopilación cabe reconocer que estos engaños, a veces, son parte de una broma.


 Sucedió con uno de los mayores exponentes de la literatura judeo-argentina, quien también apeló al humor para cambiarse el nombre.


 Israel Zaitlin ya era conocido como César Tiempo cuando decidió jugarle una broma al círculo intelectual.


 Con la firma de Clara Beter y editada por el sello Claridad editó Memorias de una cualquiera, la autobiografía de una prostituta.


 Muchos colegas perdieron el sueño durante meses intentando saber quién era esa mujer que había llevado una vida tan mala y sin embargo escribía tan bien.


 Sólo cuando ya desistían, el verdador autor confesó su responsabilidad en el asunto.

La reina del seudónimo




 Si a alguien hay que otorgarle el título de reina de los seudónimos en la Argentina, ésa es Niní Marshall.


 La entrañable actriz nació como Marina Esther Traverso.


 Firmaba como Mitzi una columna de una revista y cantaba como Ivonne D'Arcy en radio.


 Después tomó el apodo con el que la llamaban en su familia y le buscó un apellido formado por las primeras sílabas del nombre y el apellido de su segundo marido, Marcelo Salcedo.


 La hache y la doble ele terminaron siendo una imposición ante los continuos errores de los periodistas.


 Cuando debutó como locutor a los 16 años, presentando orquestas de tango, Norberto Palese ya había elegido el nombre para su voz: Jorge "Cacho" Fontana.


 El conductor radial confesó en alguna ocasión que estaba "cansado" de que sus amigos lo cargaran bastante seguido: "`Palese' que está enojado", "`Palese' que sí, solían decir imitando las dificultades endilgadas a chinos y japoneses para pronunciar la erre.


 El exitoso Adrián Suar, en cambio, eligió aggiornar el apellido artístico de su padre para elegir el suyo antes de debutar en la tira juvenil Pelito.


 El papá de Adrián Kirzner era cantante y actuaba en sinagogas porteñas haciéndose llamar Leibele Schwartz.


 Así como esto es más o menos conocido, pocos pueden imaginar a Martha Gloria Goldsztern detrás de la divertida y dúctil Divina Gloria.


 La actriz recuerda que allá por 1984 integró un grupo teatral en el que todos tenían el nombre cambiado, de modo que se puso a buscar uno para ella.


 "Salió jugando --explica--. Pensé en homenajear a las grandes como Greta Garbo y Rita Hayworth y alguien dijo `eran las divinas de Hollywood'. Y quedó Divina que combinado con mi segundo nombre, sonaba bárbaro".

Los humanos y sus fantasmas




 Una de las razones más prosaicas por las que se cambia una identidad es para evitar los nombres y apellidos difíciles de pronunciar.


 En nuestra ciudad hay quienes aseguran que el propio Eduardo Duhalde, cuando era gobernador bonarense, vetó a un joven aspirante a dirigente político como cabeza de una lista de concejales por tener un apellido demasiado complicado como para imponerlo a través de jingles y afiches.


 Lo cierto es que quienes pretenden ver como quizás pueden ocultarse ciertos complejos de inferioridad en estas modalidades acaso deban saber que lo mismo que sucede con políticos bahienses y argentinos, puede haber sucedido con grandes artistas internacionales.


 Lo concreto es que la literatura ha sido y es un campo fértil donde algunos seudónimos florecen cual margaritas.


 "Quiero que mi nombre se recuerde desde Sicilia hasta el Piamonte", proclamó Gaetano Rapagnetta (1863-1983) y pasó a llamarse Gabrielle D'Annunzio.


 Mark Twain se llamaba realmente Samuel Langhorne Clemens.


 George Orwell sólo fue el nombre que eligió un tal Erick Arthur Blair cuando escribió la inquietante 1984.


 El matemático y cuentista Lewis Carroll debe su fama al libro Alicia en el país de las maravillas.


 Pero Carroll se llamaba Charles Lutwidge Dogson y formó su nombre artístico despues de traducir sus nombres al latín (Ludovicus carolus) y retraducirlos al inglés.


 Stephen King explicó los cinco libros que escribió con el seudónimo en términos marquetineros.


 "Mis escritores pensaban que estaba saturando el mercado y Bachman se convirtió en un elemento de transacción. Se comportaron como una esposa frígida que le pide a su marido que se busque una prostituta de lujo", comparó King, quien también vendió miles de ejemplares con su nombre falso.


 Llamativo también puede resultar el caso del genial escritor portugués Fernando Pessoa (1888-1953), quien con cuatro escritores inventados, cada cual con su característica, casi podría ser considerado un empresario de personalidades: firmaba como Alberto Caeiro aquellos versos que escribía de un solo impulso inmediato y no pedido.


 Ricardo Reis era el nombre que estampaba al pie de deliberaciones abastractas y analíticas, mientras que elegía ser Alberto Campos para acercarse a cuestiones oscuras e intrincadas.


 Se trataba de una verdadera multitud, una especie de congreso literario que tuvo lugar durante toda una vida dentro de un solo hombre.


 Menos brillante y más doloroso y sólo valioso por lo cercano puede citarse el caso de Hugo Wast, nombre que escondió a uno de los escritores antisemitas más leídos de la literatura nacional: Gustavo Martínez Zuviría.


 Además de obras a todas luces racistas este abogado ultramontano fue el ministro de Instrucción Pública que intentó prohibir el uso del lunfardo.


 Así, tangos como Chorra, Escolaso, Biaba o El ciruja pasaron a llamarse por un tiempo Ladrona, Garito y Paliza.

Sobre censuras y "animaladas"




 Los actores prefieren decir que usan "nombres artísticos", aunque de esta manera quizás olviden los casos de hombres y mujeres que dedicados a otras actividades, también "actúan" detrás de cualquier seudónimo.


 En muchos casos, el objetivo es burlar a la censura.


 Claro que algunos seudónimos surgen en circunstancias menos drámaticas.


 El joven Raúl Alberto Antonio Gieco acompañaba a un conjunto musical en calidad de "plomo", como se llama al que ayuda a trasladar y armar los equipos de sonido para un recital.


 En los preparativos de una función, Raúl conectó mal los aparatos y los hizo volar por los aires.


 "Sos el rey de los animales", le dijo uno.


 "Sí, sos un león", agregó otro y nunca más le dijeron Raúl.


 También es graciosa la forma en que Bernadro Mitnik llegó a ser Chico Novarro.


 Había formado un dúo con Raúl Bonetto y pensaban grabar un disco.


 En la compañía RCA se inspiraron en un dúo centroamericano llamado Las Hermanas Navarro.


 "Ustedes van a ser los Hermanos Novarro. Vos que medís como dos metros --le dijeron a Bonetto-- vas a ser Largo Novarro. Y vos... --señaló a Bernardo-- Chico Novarro".


 Gabriel Fernández Capello también lo dice sin tapujos: "Mi seudónimo nació en una pavada total".


 Flavio Cianciarulo, su compañero de Los Fabulosos Cadillacs, había visto una novela colombiana en la que a un personaje malhumorado le decían "No te alteres, Albertico".


 En los ensayos del grupo intentaba calmar al "calentón" de Gabriel con ese latiguillo pero confundía los nombres y le decía: "No te ofusques, Vicentico".


 Mucho antes de eso, Enrique Cadícamo había firmado partituras como Rosendo Luna y el personaje radial Mordisquito ocultaba a Enrique Santos Discépolo.


 En definitiva, hasta los grandes acontecimientos de la historia mundial están teñidos de seudónimos.


 Y sino que le pregunten a Vladimir Illich Ulianov y León Davidovich Bronstein quienes figuran más seguido en los libros como Lenin y Trotsky, respectivamente.


 En el país, Pinky también fue una de las pioneras en el uso de un recurso que quizás no debería considerarse válido en el campo político.


 Cuando presentó su candidatura a la intendencia de La Matanza lo hizo bajo el seudónimo que la hizo famosa en su vida televisiva.


 Lidia Elsa Satragno debutó ante las cámaras en 1956 y desde entonces se la conoció con el sobrenombre que le habían puesto sus compañeros de primaria a partir del llamativo color rosa de su piel.


 Para el final basta mencionar que el nombre que mayores controversias ha generado en la Argentina es el de un artista: según la partida de defunción expedida en Medellín el 14 de diciembre de 1935 era el uruguayo Carlos Gardel, de 48 años.


 Sin embargo, el juicio sucesorio se hizo a nombre del francés Charles Romuald Gardes, francés, de 44.


 Costó bastante explicar --y algunos sospechan que no se hizo demasiado transparentemente-- que muchos títulos de propiedad (casas, terrenos, caballos de carrera y automóviles) estuvieran, sin embargo, bajo al denominación de uno de los más entrañables íconos argentinos.

Otros "enmascarados"




 Alguno dirá que Fernando Bravo hizo bien en elegir llamarse así: su verdadero nombre es Alberto Fernando Pochulu.


 Roberto Vicente Sánchez eligió ser Sandro desde los 12 años y para prevenir discriminaciones Lázaro Zilberman adoptó la identidad de Marcelo Araujo.


 Similar argumentación suele esgrimir Mauricio Goldfarb para presentarse como Mauro Viale.


 El pintor Xul Solar se llamaba en realidad Oscar Agustín Alejandro Schulz Solari y el inolvidable Tato Bores, Mauricio Borenstein.


 En el documento de Pipo Pescador dice Roberto Fisher y en el de Riki Maravilla, Luis Ricardo Aguirre.


 En el de Charly Alberti, Carlos Ficicchia; y en el del vigoroso poeta Almafuerte, Pedro Bonifacio Palacios y seguramente la lista podría ser interminable.

Gustavo Mandará