La maldición que condenó al arroyo Napostá al encierro
Una lluvia torrencial en pocas horas provocó la dramática inundación de la ciudad en 1933. El arroyo Napostá quedó entonces en el ojo de la tormenta.
Es periodista, ingeniero civil y docente de la Universidad Nacional del Sud en materias relacionadas con el Patrimonio arquitectónico y el planeamiento urbano. Ha publicado notas en revistas Vivienda, Todo es Historia, Obras & Protagonistas y Summa +. Participa en varios micros radiales referidos a la historia de Bahía Blanca. En dos ocasiones recibió primera mención por parte de ADEPA en el rubro Cultura e Historia.
En marzo de 1933 una inundación afectó a Bahía Blanca. No era la primera vez ni sería la última, pero si una de las más severas, que dejó en claro la vulnerabilidad de la ciudad ante las lluvias intensas y que fue además disparadora además de una oscura maldición sobre el arroyo Napostá.
Todo empezó durante las últimas horas del 17 de marzo, cuando en menos de dos horas cayeron 167,6 milímetros de agua, una marca que permanecería imbatible durante 92 años, hasta el 7 de marzo de 2025.
La lluvia comenzó antes de la medianoche y a las pocas horas el Napostá se salió de su cauce a la altura del Parque Mayo, invadiendo el paseo que desde 1906 mantenía cerrado el arroyo Maldonado, arrasando instalaciones y árboles.
La corriente derribó los terraplenes del partidor y el agua ganó la ciudad, corriendo hasta la estación Sud. En la madrugada del 18 ocupaba la avenida Alem y corría torrentosa por Mitre, 12 de octubre y Chiclana, invadiendo las viviendas del centro.
En las villas la situación eran angustiante, los vecinos reaccionaban desesperados al ver como el agua ganaba altura y se metía en las casas.
Recién sobre el mediodía el agua comenzó a retirarse. Aquel día de 1933 no llovió en la zona de Sierra de la Ventana, con lo cual el Napostá no sumó agua de su cuenca alta, lo cual hubiese significado una catástrofe devastadora.
El Napostá, en la mira
Lo ocurrido el 7 de marzo de 2025 permite entender, por experiencia propia, lo ocurrido.
Aquella jornada sirvió además para describir el comportamiento al Napostá, cuya característica, se dijo, era presentarse “manso y sin agua”, para convertirse de pronto en el “majestuoso Napostá”, traicionero y artero.
“El despreciable arroyo tiene sus veleidades y suele convertirse en la preocupación de los confiados vecinos que han levantado sus viviendas junto a él, como si nunca ofreciere peligro”, se apuntó
Pero sin dudas fue el autor de una publicación en un diario local, que firmó con el seudónimo de “Misterio”, quien dejó en claro su enojo echando una maldición sobre el arroyo.
Primero hizo un cuadro de situación. “Tu nombre era hasta ayer desconocido, pero después de lo que has hecho, de lo mucho que de ti se ha hablado, me eres demasiado conocido. La publicidad te ha dado popularidad, tu nombre ha traspuesto las fronteras y será impreso en los principales rotativos del mundo. Te has hecho famoso Napostá. ¡Y a qué precio!”.
El autor especuló que el arroyo de alguna manera se sentiría dueño “de las muchas riquezas” que encontraba a su paso, “producto de su obra, insuficientemente pagada”.
“Por eso quizá ha querido vengarse, dando rienda suelta a sus celos, como queriendo recordar que allí estaba, dormido pero no muerto. Y lo ha conseguido. Ha sido cruel y tirano. Lanzó su ejército en las sombras de la noche, devastando todo cuanto encontró a tu paso y eso, Napostá, no es noble ni humano”.
¡Cuidado Napostá!
Fue entonces que ensayó su maldición: “Ten cuidado Napostá. Llegará el día en que sientas hurgar en tus entrañas potentes garras, las cuales clavarán sus aceradas uñas hasta que pidas piedad. Pero entonces será tarde. No tendrás tiempo para defenderte, pues cuando quieras reaccionar, te encontrarás prisionero, entre paredes de verdad. Y cuando, en el tiempo, tus ojos centellantes de ira miren a través de los barrotes de tu prisión, entristecidos, verán que en tus márgenes el progreso, la prosperidad y la paz han florecido al amparo del sol de la libertad”.
El tramo del arroyo Napostá que atraviesa la ciudad –entre calles Casanova y Estados Unidos-- fue encerrado en un conducto de hormigón armado en 1978. En varios puntos de su recorrido se han colocado rejas para impedir todo tipo de acceso, evitando también cualquier huida. La maldición se ha cumplido, el arroyo está finalmente prisionero, encerrado “entre paredes de verdad”.