Cuando el centro era una toldería
El uso de lonas protectoras en los comercios era un recurso habitual contra las inclemencias del tiempo.
Es periodista, ingeniero civil y docente de la Universidad Nacional del Sud en materias relacionadas con el Patrimonio arquitectónico y el planeamiento urbano. Ha publicado notas en revistas Vivienda, Todo es Historia, Obras & Protagonistas y Summa +. Participa en varios micros radiales referidos a la historia de Bahía Blanca. En dos ocasiones recibió primera mención por parte de ADEPA en el rubro Cultura e Historia.
Las fotografías de principios del siglo XX de las calles céntricas de nuestra ciudad da cuenta de una estética completamente llamativa a partir del uso intensivo de toldos por parte de los comerciantes.
Por decenas se desplegaban, protegiendo las vidrieras de un sol que no sólo podía afectar la mercadería exhibida sino que además aumentaba la temperatura del local.
Servían también como cubierta para los caminantes y solían tener pintados el nombre del negocio.
Era una respuesta simple y efectiva al clima, una manera de regular sus efectos de manera natural.
Primera cuadra de calle O'Higgins, los toldos llegando a las plantas altas
La modalidad fue desapareciendo del paisaje urbano a partir de poder compensarse la pérdida de calor o frío por medios como el aire acondicionado o los calefactores. Se popularizaron además las marquesinas y se privilegiaron las superficies vidriadas completamente expuestas.
La proliferación de edificios en altura fueron generando grandes zonas de sombra, lugares donde el sol brilla pero por su ausencia.
También conspiraron contra su uso nuevas normativas que cobraban una tasa por ocupar el espacio aéreo sobre veredas como así también exigencias en cuanto a su construcción, dado que en general conformaban un riego.
San Martín y Belgrano, todavía tienda Gath & Chaves: lonería al por mayor
Una crónica de este diario de 1906 daba cuenta de cómo, “ni bien se sienten los calores” comenzaban a descender sobre los escaparates los toldos de lona con armazón de hierro, “la mayor parte colocados de manera de romperle la crisma a los transeúntes”.
Ocurría que los travesaños se ubicaban a 1,60 metros del suelo, sin considerar, se mencionó, “que los habitantes de la ciudad no son petisos”, por lo cual esa presencia “estorba y perjudica”. “El caminante tiene que andar haciendo agachadas y al menos descuido se pela la frente o se le rompe el sombrero”, se dijo.
Las Heras y San Martín, Casas Régoli y Galli
La arquitectura actual presta especial atención a la orientación de cada inmueble y recurre a viseras, toldos y otros elementos para proteger y reducir el consumo energético. Es una solución considerada por demás adecuada, que mejora el confort peatonal y recupera parte del atractivo visual de las calles comerciales históricas. A pesar de eso, son pocos los comercios que hoy recurren a su uso.
Es un poco aquello de “todo vuelve”, “lo viejo funciona” y también la posibilidad de recuperar la racionalidad en el uso de las cosas simples y efectivas.