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Eso que nos pasa cada cuatro años

El Mundial funciona como una pausa, como una máscara, como una enorme ficción colectiva en la que decidimos encerrarnos.

Fotos: archivo La Nueva.

Sí, ya sé. Desde la última Copa del Mundo transcurrieron menos de cuatro años. Fue la menor distancia entre Mundiales de la historia reciente porque Qatar, para zafar del calor más álgido, se jugó en noviembre y diciembre. Apenas tres años y medio después, ya estamos otra vez contando las horas.

Y sin embargo, la sensación es la misma.

Porque podrá ser el Mundial de la inteligencia artificial, de las transmisiones en ultra definición, de los algoritmos que predicen resultados y de las estadísticas exageradas. Pero la gran atracción de la previa fue la misma de hace décadas: conseguir figuritas, intercambiarlas en una plaza, discutir cuál es la más difícil y completar el álbum más grande de la historia; literal.

Hay algo profundamente argentino en eso. Y también profundamente humano.

Seguramente los primeros Mundiales, hace casi cien años, fueron distintos. Hoy esto ya no es una cuestión de hombres ni de mujeres. Tampoco exclusivamente de fútbol o del deporte. Es de todos.

Es del chico que lleva la camiseta de la Selección al colegio durante semanas. Del abuelo que todavía recuerda dónde vio la final del 78. De la tía que no sabe quién es Tagliafico pero igual pregunta cuándo juega Argentina. Del comerciante que cuelga una bandera en la vidriera. Del colectivero que al día siguiente recibe a cada pasajero con un "qué bien jugamos anoche". Del panadero que cambia el saludo habitual por un análisis táctico improvisado.

Durante (un poco más de) un mes, el país parece hablar un único idioma.

Aparecen las banderas en los balcones, los globos celestes y blancos, los autos tocando bocina. Como si fuera una fecha patria, como si, de repente, recordáramos que compartimos algo.

Y quizás sea porque pensamos en Mundiales.

Muchas veces ordenamos nuestra memoria de esa manera. Bueno, al menos a mí me pasa. Yo soy del 86. Mi prima tiene un Mundial más que yo (me lleva cuatro años...). Mi primo, dos (ocho). Recordamos dónde vivíamos en Alemania 2006, con quién vimos Sudáfrica 2010, qué hacíamos en Brasil 2014 o cómo lloramos en Qatar 2022, cuando le di el último abrazo a mi viejo.

Los Mundiales terminan convirtiéndose en una forma de medir el tiempo. Por eso, cuando se acerca uno nuevo, vuelve todo junto: la ilusión, la ansiedad, la esperanza. También las dudas.

Nos convencemos de que este equipo puede hacerlo de nuevo. Después creemos que no, que es muy difícil repetir.... pero otra vez volvemos a creer. Nos aferramos a una jugada amistosa, a una estadística irrelevante, a una corazonada. Buscamos señales donde lógicamente no las hay.

Aflora la nostalgia. Recordamos la felicidad que sentimos aquella vez y soñamos con volver a tocarla.

Sabemos que puede aparecer la bronca. De hecho, sabemos que va a aparecer; que habrá nervios, insultos, cálculos imposibles y noches sin dormir. Que un partido puede arruinarnos el día o convertir una semana común en un recuerdo imborrable.

Y también sabemos algo más.

Sabemos que, por algunas horas, vamos a olvidarnos de casi todo. La inflación, las cuentas, los problemas, los estudios, las discusiones, las preocupaciones de cada jornada. La incertidumbre cotidiana se transforma en otra incertidumbre, aparentemente más amena: la de un resultado.

El Mundial funciona como una pausa, como una máscara, como una enorme ficción colectiva en la que decidimos encerrarnos. Durante unas semanas, reorganiza agendas, modifica horarios, condiciona reuniones familiares, altera rutinas laborales y monopoliza conversaciones. El país entero parece girar alrededor de una pelota. Y quizás por eso duele tanto cuando termina.

Porque inevitablemente termina. Los festejos se apagan, las banderas desaparecen de los balcones, las figuritas quedan guardadas y la realidad vuelve a ocupar todo el espacio que había cedido.

Claro, la última vez fue diferente. La realidad regresó, sí, pero tuvo que esperar un poco más porque la tercera estrella prolongó el hechizo. Seguimos viendo repeticiones de la final, seguimos emocionándonos con los mismos goles, seguimos hablando de aquella gesta como si hubiera ocurrido ayer y ya pasaron tres años y medio.

Sabemos que los primeros días de julio todo puede terminar. Pero también tenemos marcada la fecha de la final, más vale. Sabemos que el camino puede ser corto o largo, cruel o glorioso, y aún así elegimos ilusionarnos.

Porque en un país atravesado por grietas, desencantos, urgencias y discusiones permanentes, hay algo extraordinario en ver a millones de personas mirando hacia el mismo lugar.

Que cada cuatro años seamos cuarenta y tantos millones de corazones latiendo al mismo ritmo nos recuerda que todavía somos capaces de compartir una emoción. Que todavía podemos abrazarnos con desconocidos, llorar por lo mismo, celebrar lo mismo y sufrir por lo mismo.

Que, a veces, sobran los discursos y alcanza una palabra (gol), seguida de un insulto.

Al fin y al cabo, es eso que nos pasa cada cuatro años.