Aldo Basich, el maquinista que navegó en silencio durante la Guerra de Malvinas
Con más de tres décadas embarcado en remolcadores, vivió una vida marcada por el mar, los temporales y el trabajo silencioso en plena guerra.
Subjefe de la Sección Deportes con especialización en temas deportivos. Más de 30 años comentando fútbol y otro tipo de actividades; además de haber realizado coberturas en todo el país con la incursión de los elencos bahienses en la elite del fútbol nacional. También coberturas del seleccionado Argentino en acontecimientos como Copa América y amistosos internacionales.
Aldo Basich tiene 83 años y una memoria intacta para recordar cada etapa de su vida en el puerto. Nació el 16 de noviembre de 1942 y comenzó a trabajar muy joven, después de dejar la escuela primaria.
Antes de embarcarse en los remolcadores fue palero, uno de los trabajos más duros dentro de la actividad portuaria de aquellos años, cargando cereal y mercadería a fuerza de pala en jornadas extensas y agotadoras.
Su vínculo con el puerto venía de familia. Su padre, inmigrante croata, había llegado a Ingeniero White a los 23 años buscando trabajo, como tantos europeos que encontraban en los puertos argentinos una posibilidad de progreso. Trabajó en la estiba y formó allí su familia. Décadas después, Aldo seguiría el mismo camino ligado al mar.
“Mi papá era croata. Vino a White y trabajaba en la estiba. El fue quien me impulsó a estar en los remolcadores cuando yo dudaba si quedarme con mi otro trabajo. Todo comenzó por un reemplazo de una persona y desde allí mi vida se vio ligada al mar”, contó Aldo.
Basich comenzó a trabajar formalmente con remolcadores en 1965 y permaneció allí hasta el 31 de diciembre de 1996. Fueron exactamente 32 años de servicio embarcado, atravesando distintas etapas de la navegación y de la actividad portuaria.
“Empecé los primeros días del 65 y terminé el 31 de diciembre del 96. Primero trabajé en una tienda vinculada a la actividad naval y luego pude embarcarme. Desde entonces, el mar se convirtió en parte central de mi vida. Debo decir que me tocó estar con gente honesta, muy respetusosa y con ganas de trabajar", reveló.
En aquellos años los remolcadores todavía funcionaban a vapor y el trabajo en máquinas requería esfuerzo físico constante y mucha experiencia. La comunicación entre el capitán y los maquinistas se realizaba mediante un telégrafo mecánico que indicaba las maniobras.
“Desde arriba marcaban adelante, atrás o media máquina y nosotros abajo hacíamos todo. Empecé como auxiliar de máquinas y luego trabajé junto a jefes de máquina y maquinistas en distintos remolcadores. Los turnos eran exigentes y muchas veces se extendían más de lo previsto; teníamos turnos de cuatro horas, pero siempre se prolongaban porque había trabajo o porque surgía alguna complicación”, explicó.
Las jornadas transcurrían entre motores, vapor, calor y ruido permanente. Desde abajo, muchas veces no podían ver lo que sucedía en cubierta, pero debían responder de inmediato a cualquier orden.
Entre sus recuerdos aparecen barcos encallados en Necochea, maniobras con enormes grúas flotantes, plataformas petroleras y travesías de varios días con mal tiempo en alta mar.
“Una vez estuvimos más de una semana tratando de sacar un barco varado en Necochea. Cuando bajaba la marea quedaba completamente en seco y parecía imposible moverlo. Un día un fuerte temporal terminó ayudando a liberar la embarcación", sostuvo.
“Con la ayuda de otro remolcador llegado desde Buenos Aires pudimos sacarlo; las olas golpeaban y ahí empezó a moverse. Pensábamos que no salía más”, aseguró.
Después del rescate remolcaron la embarcación hasta Mar del Plata para reabastecerla y luego la llevaron hasta Uruguay para su reparación.
También participó en el traslado de plataformas petroleras, grandes grúas flotantes y estructuras navales de enormes dimensiones.
"Una de las maniobras más complejas fue cuando tuvimos que llevar a Buenos Aires una gigantesca grúa de la empresa Sarthou, considerada en ese momento una de las más grandes de Sudamérica y que se utilizaba para retirar barcos hundidos en Puerto Galván.
"Fue una verdadera travesía porque el tiempo era muy malo y había otra embarcación enganchada detrás de la grúa. Íbamos muy despacio y en plena noche, en medio del mal clima, el cabo que remolcaba al ferry se cortó y la embarcación quedó a la deriva rumbo al Uruguay.
“Lo único que tenía era un farolito adelante. Tuvimos que dejar fondeada la grúa y salir a buscar el barco perdido en la oscuridad. Lo encontramos por suerte, pudimos enganchar nuevamente el cable y controlar la situación hasta la llegada de otro remolcador desde Buenos Aires.
“Tardamos como una semana en llevar la grúa”, resaltó.
Entre los distintos remolcadores en los que trabajó, Aldo recordó especialmente al “Luchador”, una embarcación de 36 metros de eslora utilizada para maniobras portuarias y asistencia naval.
El viaje al sur en plena guerra
El episodio más intenso de toda su vida profesional de Aldo ocurrió en 1982, durante la Guerra de Malvinas. Integró la tripulación que navegó hacia Puerto Deseado para asistir al ARA Alférez Sobral (buque), tras el aviso de la Armada Argentina que había sido atacado por fuerzas británicas.
"El Sobral había sufrido el impacto de un misil que destruyó su puente de mando y provocó la muerte de siete tripulantes, entre ellos el capitán. En ese contexto, cualquier navegación en la zona representaba un riesgo extremo. Además de asistir al buque, se utilizó el remolcador para transportar medicamentos, repuestos y provisiones para otras unidades militares", contó.
La navegación se realizó bajo estrictas medidas de seguridad. El barco avanzaba completamente a oscuras, sin luces y sin comunicaciones de radio para evitar ser detectado.
“El capitán apagó todo; navegábamos de noche y lejos de la costa porque era peligroso. Se vivía un clima de tensión y silencio. Nosotros abajo no sabíamos qué podía pasar afuera, pero entendíamos el peligro”, explicó.
Al llegar a Puerto Deseado se produjo un momento de enorme confusión. Desde tierra intentaban comunicarse por radio, pero la tripulación mantenía silencio absoluto por protocolo militar. Las autoridades llegaron a pensar que podía tratarse de una amenaza enemiga y activaron posiciones defensivas.
"Menos mal que un helicóptero identificó a nuestro remolcador argentino y aclaró la situación. Cuando llegamos levantaron a nuestro capitán en peso porque nadie entendía por qué veníamos incomunicados. Estuvimos un par de días en Puerto Deseado, a principios de mayo, y la vuelta también se hizo extensa, de varios días, para llegar a Puerto Belgrano. Allí observé con detenimineto los daños causados por el misíl en el puente del buque”, recordó.
Fuera del trabajo, Basich también construyó una extensa vida familiar. Conoció a su esposa, Gladys Mabel, en febrero de 1970, cuando además de trabajar en los remolcadores administraba la cantina de Puerto Galván.
“Apareció en la cantina con una hermana y la conocí ahí; sin dudas una gran compañera”, señaló.
La pareja lleva más de 55 años juntos y tuvo cuatro hijos: Pablo, Maira, Valeria y Emanuel. Además, disfruta de seis nietos, que son Tobías, Ivo, Valentino, Pedro, Julieta y Vera.
Aunque asegura que no extraña el trabajo duro de los remolcadores, el agua sigue siendo parte de su vida. Ya jubilado, acompaña a un sobrino que tiene un velero y continúa disfrutando de navegar, pero ahora de manera mucho más tranquila.
“No extraño embarcarme para trabajar, pero navegar me sigue gustando”, afirmó.
A más de cuatro décadas de la Guerra de Malvinas y casi treinta años después de su jubilación, Aldo Basich sigue repasando historias de motores, tormentas y puertos con la serenidad de quien pasó toda una vida en el mar.
La función del ARA Alférez Sobral
El 27 de marzo de 1982, el Aviso ARA Alférez Sobral, dotado por 49 hombres, se encontraba en su apostadero de la Base Naval Puerto Belgrano. Sus tareas en la Armada Argentina era llevar a cabo diversas tareas auxiliares, tales como remolques en el mar, balizamientos, apoyo a otras unidades y a las zonas costeras. Entonces su Comandante, Capitán de Corbeta Sergio Raúl Gómez Roca recibió la orden de alistar el buque y zarpar de inmediato con la tripulación sin conocer la misión.
El 1 de abril fondeó frente a la ciudad de Río Gallegos. El 11 se traslada a Puerto Deseado para efectuar un reabastecimiento y luego ocupar posición al oeste de las Islas Malvinas con tarea de rescate de las tripulaciones de aviones derribados o náufragos.
El 1 de mayo, a las 1700, un avión Canberra MK-62 de la Fuerza Aérea Argentina que se dirigía a bombardear a las fuerzas británicas fue abatido aproximadamente a 100 millas náuticas (185 km) al norte del Estrecho de San Carlos. El Sobral es destacado a la búsqueda y el rescate de los dos tripulantes de la aeronave.
El 3 de mayo de 1982, cerca de la 0130, el aviso ARA Alférez Sobral, es atacado por dos helicópteros de la Royal Navy. Un primer misil le destruye un bote pero el segundo impacta en el puente de mando matando de inmediato a su comandante.
A partir de ese momento, el Segundo Comandante, Teniente de Navío Sergio Bazán, herido en una pierna por una esquirla, se hizo cargo de una nave en llamas, sin balsas sanas, con los elementos de navegación y comunicación destruidos y con la posibilidad de ser atacados otra vez.
En condiciones precarias logró alcanzar la costa Puerto Deseado el 5 de mayo atracando esa misma noche. El 23 de mayo el aviso llegó remolcado a Puerto Belgrano, donde el Arsenal Naval reconstruyó su puente.