Beto y Pochi: amor, barrio y una casa llena de recuerdos en Ingeniero White
Héctor Persevalli y Elena Ana Ceria llevan 67 años de casados y una vida marcada por los amigos, el ferrocarril, el deporte y las visitas de Luis Brandoni.
Subjefe de la Sección Deportes con especialización en temas deportivos. Más de 30 años comentando fútbol y otro tipo de actividades; además de haber realizado coberturas en todo el país con la incursión de los elencos bahienses en la elite del fútbol nacional. También coberturas del seleccionado Argentino en acontecimientos como Copa América y amistosos internacionales.
Héctor Alberto Persevalli nació el 3 de marzo de 1935. Elena Ana Ceria, su esposa, el 27 de julio de ese mismo año. Los dos crecieron en Ingeniero White y construyeron una historia compartida que ya alcanza los 67 años de matrimonio, después de otros siete años de noviazgo.
“Nos llevamos pocos meses. Y seguimos acordándonos de todo. A veces uno piensa que no se va a acordar, pero empezamos a hablar y vuelven todas las historias”, cuenta Elena Ana.
“Tenemos 90 y 91 años y nuestro deseo es llegar a los 70 de casados. Eso sería un sueño, poder festejar las bodas de titanio, algo que muy pocas parejas han podido celebrar”, apuntó Héctor Alberto.
La vida de ambos estuvo siempre atravesada por el barrio. El padre de Elena (Luis) repartía pan casa por casa en una jardinera (carro liviano) y el de Héctor (Arnaldo) trabajaba como sodero.
“Antes era distinto. Te dejaban el pan, la leche, la soda en tu casa. Todos se conocían porque el panadero, el sodero, el almacenero recorrían las mismas calles”, recuerda Pochi.
Así empezaron a conocerse también ellos.
“Él pasaba siempre por la vereda de enfrente para verme. Hacía la pasadita. Y yo me acuerdo clarito que usaba perramo y sombrero. Pero me engañó porque me dijo que tenía más edad de la que tenía. Yo pensaba que tenía 18 años”, cuenta sonriente.
Los bailes del Club Comercial y de La Siempre Verde fueron el lugar donde comenzaron a verse más seguido.
“Era la única oportunidad que teníamos las chicas en esa época. Ahí te sacaban a bailar, conversabas un rato y nada más”, relata.
El noviazgo duró siete años porque Héctor debió hacer el servicio militar.
“Estábamos de novios cuando hizo la colimba. Y después se demoró un poco más porque había que trabajar y juntar cosas para empezar. Cuando él hizo la colimba le guardaban el sueldo de su trabajo, el que inició como aprendiz en el ferrocarril. Y cuando salió del servicio militar tenía plata acumulada y pudimos comprar el juego de muebles”.
El primer hogar también quedó ligado a la familia.
“Mi papá nos hizo un departamentito acá mismo, achicó una parte de la casa para que pudiéramos empezar. Más adelante compramos un terreno propio”, relata Pochi.
La charla toma otro tono cuando Pochi empieza a reconstruir la historia de los Emiliani, la familia de inmigrantes italianos de la que desciende y que quedó emparentada con Luis Brandoni.
“Mi nono Juan Emiliani vino de Macerata, Italia, con toda la familia. Mi nona Ana se tuvo que casar allá antes de venir. Primero llegaron a Buenos Aires y luego parte de la familia se instaló en Ingeniero White por el trabajo portuario”, contó.
“Mi abuelo Juan primero estuvo en Punta Alta y después vino a White porque estaban construyendo el muelle. Pero la pasaron muy mal al principio; decía que a veces los echaban del trabajo y podían estar una semana entera sin conseguir nada”, recuerda.
Pochi describe a la familia como enorme, unida y siempre en movimiento.
“Algunos quedaron en Buenos Aires y otros vinieron para White. El abuelo materno de Luis Brandoni era hermano de mi nono Emiliani, por eso somos familia”, añade.
El vínculo familiar era permanente. Los viajes entre White y Buenos Aires eran frecuentes y las familias convivían durante largas temporadas.
“Nosotros fuimos a vivir un tiempo a Buenos Aires, a Dock Sud, porque mi tío Pepe, el papá de Luis, le propuso trabajo a mi papá. Pusieron una vinería. Nosotros vivíamos abajo y mi tía Luisa arriba”, cuenta.
“Mi tía se asomaba por la ventana y gritaba: ‘Elena, prepará los tallarines o el estofado’. Era una vida muy de familia, muy de compartir, sencilla”, agrega.
También recuerda con cariño al padre de Luis Brandoni.
“Mi tío Pepe era muy familiero. Agarraba el auto y decía ‘suban’; y nos llevaba a todos a Parque Lezama. Yo estaba enamorada de Parque Lezama. Había flores, unos rosales hermosos y una escalera deslumbrante. Nosotros veníamos de White y ver eso era algo impresionante”, relata.
Las tardes familiares incluían juegos improvisados y salidas al cine.
“Mi tío llevaba un remo de madera al parque y nosotros jugábamos con eso durante horas. O si no nos llevaba al cine. Todo era una fiesta para nosotros”.
Entre más paseos y con el correr del tiempo, después de cinco años decidieron retornar a Ingeniero White. Allí aparece la figura de un pequeño Luis Brandoni.
“Beto era terrible de inquieto. En verano se bañaba en la ría, cerquita del muelle. Una vez venía de la mano de una tía mía y se soltó justo cuando pasaba el tren de Galván. Salió corriendo como loco y nos pegó un susto bárbaro. Parecía que iba derecho al tren, pero lo esquivó. Se me paralizó el corazón”, recuerda.
Mientras Pochi reconstruye esas historias familiares, Beto escucha y agrega detalles. La memoria de ambos se completa mutuamente.
El “Pato” en el arco de Comercial
Héctor “Pato” Persevalli fue protagonista de una época dorada del deporte whitense. Jugó al fútbol y al básquet en Comercial -también fichó para Whitense, aunque no llegó a debutar- y formó parte de un recordado equipo de básquet en la década de 1950.
“Formamos un equipo muy bueno; si hasta el mismísimo 'Beto' Cabrera venía a jugar al club. En Comercial hacía de todo un poco, me gustaba estar en el club. un gran colaborador fue Atilio Mignianelli, quien tenía el cargo de canchero y se devivía por el club”, resumió “Pato”, apodo que le pusieron en el deporte.
También fue campeón con Comercial en 1958, ganándole la final a Tiro Federal, aunque una lesión lo dejó afuera de aquel partido decisivo.
“Me quebré este dedo en un entrenamiento y estuve 104 días con el dedo quebrado”, cuenta mostrando todavía las secuelas de aquella lesión. En su lugar atajó Guillermo Bazán.
Sin embargo, Héctor asegura que con los años descubrió que su mayor aporte no había sido solamente dentro de la cancha.
“Después me valoré mucho como preparador físico porque estaba adelantado a lo que veo ahora. Mientras trabajaba en el ferrocarril utilizaba pesados ganchos de las máquinas para entrenar fuerza. También llevaba a los jugadores a correr sobre terrenos blandos y salitrosos cerca de la costa. Después agarraban tierra firme y volaban”, recuerda.
Años más tarde, figuras del fútbol local como Ángel García le reconocieron esa visión innovadora.
“Usted era un adelantado, 20 años por lo menos. Soy el que más campeonatos gané como técnico y preparador físico en la Liga del Sur. Jugaba con líbero, stopper y laterales volantes cuando nadie lo hacía. Estaba la puja entre Bilardo y Menotti; yo era bilardista, mis equipos eran muy buenos. Así salí campeón invicto como DT de Olimpo en 1980, pese a que a un periodista de La Nueva Provincia no le gustaba mi juego y me criticaba en sus comentarios”, asegura Héctor.
También habló de su paso por Huracán, donde armó parte del equipo que jugó los torneos nacionales entre 1968 y 1971.
“Salía a los barrios a buscar jugadores. Armábamos equipos desde abajo. También traje a jugadores que después dirigió Alfredo Ángel Cortez, como Rubén Becchio, Celso Tomás Lucero, Jorge Edgardo Solís, Ricardo Ovidio Ferlich, Bartolomé Lliteras, Enrique Antonio Magagna, Hugo Alberto Rosales, Carlos Arturo Azcoitía y Omar Ginder. Un equipazo”, resalta.
Héctor Persevalli recuerda un partido especial como el de su mejor actuación en el arco, señalando que lo vive “como si todavía hoy estuviera bajo los tres palos”.
“Jugábamos contra Bella Vista, y estaba el Laucha Recio, un jugador bárbaro. Partido duro, disputado, con mucha tensión. Y en un momento clave, el árbitro Luis Pestarino, que venía de Buenos Aires, cobra un penal y lo patea el Laucha. Me tiro a la derecha y lo atajo, pero el juez dice que no había dado la orden”, detalla Héctor.
“Vuelve a patear el Laucha… y otra vez me tiro para el mismo lado. Lo atajé y me quedé en el piso, no me levantaba, era increíble, estuve un rato largo ahí esperando”, sostiene.
28 partidos jugó Beto entre 1954/64 en Comercial. Y fue DT de Huracán (57p), Villa Mitre (16), Liniers (39 y el ascenso en 1971), Comercial (100 y el ascenso en 1993), Libertad (5) y Olimpo (37 y campeón invicto de Pimera en 1980). Datos de Eduardo López.
También recordó el ascenso de Liniers en 1971, cuando en cancha de Pacífico de Cabildo el “Chivo” se impuso 1-0 con gol de Norberto Arens.
“Un centro del ‘Rauli’ Piangatelli, la peina Arens y se mete en el segundo palo. Se armó un quilombo bárbaro, nos costó salir de la cancha y los jugadores saltaban el alambrado para escapar. Me parece que a los hinchas de Pacífico no les gustó el festejo del gol”, remató entre risas.
El equipo de Puerto Comercial de 1993 fue el último que dirigió con éxito, lograno el ascenso a Primera división.
"Un equipo de muy buenos jugadores. Me reultaba fácil dirigirlos y siempre tuve la virtud de seguir con mi método hasta que dejé hasta mi retiro", puntualizó.
“White era otra vida”
El recuerdo del barrio aparece desde el inicio. Calles de tierra, empedrados y una vida comunitaria intensa.
“Acá casi no había asfalto. La calle principal era el empedrado. Era otro White, el tren marcaba el ritmo de la vida cotidiana”, sostuvo.
Héctor trabajó desde joven en el ferrocarril, cuando aún quedaban técnicos ingleses en el sistema.
“Entré a los 17 años como aprendiz en el galpón de máquinas. Todo era vapor, no había diésel. Tenía que aprender de cero. El galpón ferroviario era un mundo en sí mismo de locomotoras, turnos rotativos y un movimiento constante”, graficó.
“En un turno llegamos a contar 98 máquinas saliendo. Era impresionante. Cuando me casé tenía pases gratis por el ferrocarril. En un viaje salimos de Bahía a las ocho de la noche y llegamos directo a Rosario a la madrugada del día siguiente. Después seguimos a Córdoba”, reveló.
Héctor lo recuerda como el medio más confiable de la época.
“Era lo más seguro. Los colectivos existían, pero el tren era otra cosa. Si el ferrocarril inglés hubiese continuado, hoy tendríamos trenes como en Europa”, afirmó.
La casa abierta a actores y deportistas
La historia familiar no se entiende sin la casa de los Persevalli, que funcionó durante décadas como punto de encuentro del barrio.
“Acá venía toda la compañía de teatro cuando hacían obras en Bahía y venían a comer a casa. La familia fue parte central; no importaba la cantidad de gente, nos agrupábamos, se armaban unas comilonas y sobremesas tremendas”, cuenta Pochi.
“Beto me pedía chupín, que era mi especialidad. Era encantador escucharlo, la memoria que tenía y cómo le gustaba White. Hacía la obra en Bahía y se venía a casa. En ocasiones golpeaba la puerta, abrías y te encontrabas con actores consagrados, como Federico Luppi o Betiana Blum. Nos mirábamos con asombro”, señala.
Las visitas eran permanentes, incluso con los hijos pequeños.
“Las hijas de Beto venían a quedarse acá. Dormían en nuestra pieza y jugaban en el barrio con mis hijas, Miriam y Viviana”.
“Una vez vino un sobrino de Brandoni de mochilero con Sebastián Borensztein, el hijo de Tato Bores, y durmieron en la casa de mi mamá. Acá siempre había gente, se recibía a todos y se les daba de comer. Se hacía comida para diez y terminábamos siendo veinte”, recuerda entre risas.
Evita, la escuela y una imagen imborrable
Pochi también recuerda un episodio de su infancia en la Escuela Nº 35 de Dock Sud.
“Un día nos dijeron que fuéramos bien arreglados porque nos visitaba una persona especial. Estábamos en el aula, se abre la puerta y entra Evita con dos secretarias. Saluda y las chicas nos dan chocolates a todos”, relata.
“Yo me quedé muda. Tenía una presencia… era un ser de luz”.
La vida de Beto y Pochi estuvo atravesada por el trabajo, el deporte y la familia.
“Tuvimos dos hijas (Miriam y Viviana), cuatro nietos -Antonella, Estefanía, Agustín y Camila- y una bisnieta, Justina, hija de Antonella”, añade Pochi.
“Están siempre pendientes, nos ayudan en todo. También lo hacen los yernos, Rubén Serri y Néstor Alfieri -quien preparó el chupín que comió Brandoni en su última visita-. Nuestro propósito es llegar a los 70 años de casados. Hoy las parejas duran poco, pero nosotros seguimos acá, con nuestros recuerdos y el amor de la gente que nos conoce”, señala agradecida.
Y en esa memoria compartida, la casa de los Persevalli, en la calle Lautaro 3272, sigue siendo lo mismo que fue siempre, un lugar abierto donde entran actores, deportistas, vecinos y donde las comidas de la “Pochi” siguen siendo parte del relato de un barrio entero.