Alerta en Bahía por el peligro invisible ante la llegada del frío
Tras recientes casos en la ciudad, crece la preocupación por el monóxido de carbono. Cómo prevenir intoxicaciones y por qué los detectores pueden salvar vidas.
Recibido en 1993, acumula 28 años de trayectoria en el periodismo local. Ex jefe de la sección Deportes y La Ciudad y actual secretario de Redacción de La Nueva. Ex profesor de los dos institutos de Periodismo de la ciudad. Especialista en temas deportivos, sociales y gremiales.
Con la llegada de las primeras bajas temperaturas en Bahía Blanca, vuelve a instalarse una preocupación que todos los inviernos deja consecuencias graves: la intoxicación por monóxido de carbono.
En un contexto marcado por recientes casos en la ciudad —incluyendo cuatro episodios fatales en la primera cuadra de Undiano—, especialistas insisten en la importancia de la prevención, el mantenimiento de los artefactos y la incorporación de detectores en los hogares.
Invisible, inodoro e incoloro, el monóxido de carbono (CO) es un gas altamente tóxico que no da señales evidentes hasta que ya está afectando al organismo. Por eso se lo conoce como el “asesino silencioso”. Se produce por la mala combustión de artefactos como estufas, calefones, termotanques, cocinas, braseros o calderas, especialmente en ambientes cerrados o mal ventilados.
En Argentina, cada año mueren cerca de 200 personas por intoxicación con monóxido de carbono y se registran unos 40.000 casos clínicos, la mayoría de ellos prevenibles. En Bahía Blanca, la problemática volvió a quedar en evidencia en los últimos días, con víctimas fatales registradas en pleno macrocentro.
Riesgos que crecen
Durante el otoño y el invierno, el uso intensivo de artefactos a gas y la costumbre de cerrar puertas y ventanas para conservar el calor generan el escenario ideal para la acumulación de este gas.
“El primer consejo es asegurarse del correcto funcionamiento de todos los artefactos a gas, porque el monóxido de carbono pone en riesgo directo la vida”, advierten especialistas del sector.
Uno de los indicadores más comunes de un mal funcionamiento es la llama amarilla en lugar de azul. También pueden influir conductos de ventilación obstruidos —muchas veces por nidos de pájaros— o la ausencia de rejillas que permitan la circulación de aire.
A esto se suman prácticas peligrosas que se repiten cada invierno.
“La gente suele calefaccionarse con la cocina, algo muy imprudente. No solo no está diseñada para eso, sino que genera emanaciones de monóxido que intoxican el ambiente”, remarcan.
Una herramienta clave
En este contexto, los detectores de monóxido de carbono aparecen como aliados fundamentales para la seguridad en el hogar. Se trata de dispositivos electrónicos que identifican la presencia del gas en el aire y activan una alarma sonora o lumínica antes de que la concentración alcance niveles peligrosos.
Existen distintos tipos en el mercado:
--Autónomos: funcionan a pilas y son los más accesibles.
--Enchufables: se conectan directamente a la red eléctrica.
--Integrados: forman parte de sistemas de alarma del hogar.
--Combinados: detectan también humo o gas natural.
--Con pantalla LCD: permiten ver en tiempo real los niveles de CO.
“Pueden ser dispositivos a batería o enchufados, pero en este último caso es clave que no se utilicen adaptadores: deben conectarse directamente a la red”, explican.
La ubicación también es determinante.
“Deben instalarse cerca de los artefactos que pueden generar pérdidas, como calefactores o calefones, e idealmente uno por ambiente”, recomiendan.
Estos equipos miden la concentración de CO en partes por millón (ppm). Por debajo de 30 ppm no se activa la alarma, mientras que por encima de 100 ppm el aviso es inmediato. Algunos modelos incluso registran el tiempo de exposición, un factor clave en la gravedad de la intoxicación.
Ante la activación de un detector, la respuesta debe ser inmediata: ventilar el ambiente abriendo puertas y ventanas, salir al exterior si es necesario y luego hacer revisar cada artefacto por un gasista matriculado.
“Los detectores no solucionan el problema, pero alertan a tiempo sobre un riesgo que puede ser mortal”, señalan.
Los precios varían según la tecnología y las prestaciones. En el mercado argentino, los modelos más básicos rondan entre los 40.000 y 45.000 pesos, mientras que los equipos combinados o integrados pueden superar los 200.000 pesos e incluso acercarse a los 700.000 en la gama más alta.
A pesar de la inversión, los especialistas coinciden en que se trata de un elemento clave.
“Es una herramienta que brinda tranquilidad y puede salvar vidas”, destacan.
La prevención, la mejor defensa
Más allá de la tecnología, el eje sigue siendo la prevención. Revisar los artefactos al menos una vez al año —preferentemente antes del invierno—, verificar que las rejillas de ventilación no estén obstruidas y evitar intervenciones caseras sin conocimiento técnico son medidas esenciales.
También se insiste en contratar siempre a gasistas matriculados.
“No es un gasto, es una inversión. Está en juego la vida”, subrayan.
Síntomas a tener en cuenta
El monóxido de carbono actúa desplazando el oxígeno en la sangre, lo que puede provocar síntomas como dolor de cabeza, mareos, náuseas, vómitos, debilidad, visión borrosa o dolor en el pecho. En casos graves, puede derivar en pérdida de conocimiento o convulsiones.
Niños, adultos mayores, personas con enfermedades respiratorias o cardiovasculares y embarazadas son los grupos más vulnerables.
Ante cualquier sospecha, la recomendación es clara: acudir de inmediato al centro de salud más cercano.