Bahía Blanca |

Bahía Blanca |

Bahía Blanca |

Crisis argentina: ¿Es 2027 una esperanza real o un ansiolítico social?

.

Salir a la calle, observar y escuchar personas en el “bondi”, el supermercado, la sala de espera de un hospital muestra algo revelador respecto del clima emocional de la Argentina actual: una parte significativa de la sociedad ya está viviendo en 2027. Pero atención, no es un ejercicio de planificación racional, sino como refugio psicológico ante un presente que aprieta.

Según el informe mensual de Zubán-Córdoba, el 71,2 % de los argentinos cree que hace falta un cambio de gobierno,  aun cuando falta más de un año y medio para las elecciones. El dato no solo se refiere a una inclinación político o partidaria, sino que pone de manifiesto algo más alarmante ya que asistimos a un estado mental colectivo atravesado por lo que en Psicología se conoce como ansiedad anticipatoria.

La pregunta es: ¿El 2027 es una esperanza real o el ansiolítico que usamos para no mirar y escuchar la motosierra de cada día? 

La ansiedad anticipatoria implica proyectarnos hacia el futuro como forma de mitigar el malestar presente. No es esperanza activa, sino una suerte de “analgésico simbólico”, pues duele menos imaginar que algo va a cambiar que enfrentarse a la persistencia del dolor actual. En Comunicación Política se explota este concepto con facilidad, ya que las promesas a futuro funcionan como estrategia de contención emocional, es una narrativa que desplaza la angustia hacia adelante y aplaza el conflicto.

El tema es que a juzgar por los hechos si bien padecimos la motosierra casi en silencio, en la gran mayoría de los hogares argentinos lo que suena es el serrucho. Un serrucho que no corta de un golpe, sino por capas: primero se va el postre, después se sacrifica la carne,  más tarde se recorta el encuentro con los otros. La mesa, cada vez más chica, no solo reduce porciones, reduce lo colectivo, la comunidad. Ya no elegimos qué consumir, sino que administramos lo que el serrucho va dejando.

Silvia Bleichmar es categórica. En su libro “ Dolor País” refiere a “un sufrimiento que no se agota en lo individual, sino que surge de la percepción de que el proyecto colectivo ha sido herido de muerte”. Por eso si el presente se vuelve insoportable, la subjetividad deja de habitar el ahora porque no ofrece condiciones mínimas de bienestar o sentido. La “fuga hacia 2027”, no es vivir en  “modo futuro”, es un mecanismo de defensa.

El costo de ese mecanismo es mucho más que económico, es político, afectivo y psicológico. El 2027 funciona como un ansiolítico social, es la pastilla que nos permite dormir a pesar del ruido de la crisis. Los desinteresados/as se desentienden, otros/as proyectamos candidatos, armamos escenarios y discutimos alianzas de un futuro lejano para no procesar el trauma de un presente que se percibe como tierra de nadie.

La pregunta es: ¿qué hacemos hoy con lo que duele?

Las “mesas serruchadas” no es solo una metáfora económica, es trauma psicológico. Cada recorte erosiona la dignidad cotidiana y, con ella, la disposición a pensar en el bien común. No se puede construir postergando, el malestar debe ser procesado. Instalarse en la espera lleva a que el vacío sea ocupado por mercados, algoritmos, escándalos, “cascada” y discursos disruptivos; sin lugar para la organización y los cuidados colectivos.

El desafío no es sobrevivir hasta la próxima urna, sino recuperar la capacidad de habitar el presente sin rompernos del todo. Hay que exigir políticas concretas, pero también una conversación pública que no nos infantilice con salvaciones mágicas. Si bien vivir en el futuro puede aliviar un rato, es también la forma más triste de aceptar que nos han robado el ahora.