Bahía Blanca | Lunes, 06 de abril

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Endeudarse para vivir: cuando el crédito reemplaza al salario

El sueldo pierde frente a la inflación y el financiamiento deja de ser una opción para convertirse en una necesidad.

En la Argentina actual, el endeudamiento dejó de ser una herramienta financiera para convertirse en una estrategia de supervivencia. Según el último Monitor de Opinión Pública (MOP) de Zentrix Consultora, el 56,4% de los hogares tomó deuda en los últimos seis meses, y lo más significativo no es sólo la magnitud del fenómeno, sino su destino: gastos cotidianos, pago de servicios, tarjetas de crédito, alquileres o cancelación de deudas previas.

El dato marca un cambio profundo en la economía doméstica. Casi seis de cada diez familias recurren al crédito no para invertir o mejorar su situación, sino para sostener niveles mínimos de consumo. En ese contexto, el endeudamiento ya no aparece como una decisión excepcional, sino como un recurso habitual frente a la pérdida del poder adquisitivo.

La situación se vuelve aún más crítica si se observa que, dentro de quienes se endeudaron, cerca de nueve de cada diez ya enfrentan dificultades para cumplir con esos compromisos. La deuda, lejos de resolver el problema, se transforma en un factor que lo profundiza y proyecta hacia el futuro.

Salarios que no alcanzan

Detrás de esta dinámica aparece un dato contundente: el 83,9% de los encuestados asegura que su salario no le gana a la inflación. La consecuencia directa es que más de la mitad de la población no logra llegar al día 20 de cada mes con ingresos suficientes.

En ese escenario, las decisiones económicas de los hogares se reorganizan bajo una lógica defensiva. Ya no se trata de progresar o mejorar la calidad de vida, sino de sostener lo básico. El crédito, entonces, funciona como un complemento del ingreso: cubre la brecha entre lo que se gana y lo que se necesita para vivir.

Este mecanismo se repite de manera extendida y configura un circuito cada vez más difícil de romper: caída del poder adquisitivo, dificultad para sostener el consumo, recurso al endeudamiento y, finalmente, problemas para pagar. Un proceso que deja de ser marginal y pasa a definir el funcionamiento cotidiano de buena parte de la sociedad.

Una percepción social de deterioro

El impacto no es sólo económico. Más del 53% de la población se percibe como parte de la clase baja, no sólo como una identificación simbólica, sino como reflejo de una experiencia concreta de deterioro. A esto se suma que cerca de seis de cada diez argentinos evalúan la situación del país como mala o muy mala.

La combinación de ingresos insuficientes, endeudamiento creciente y dificultades para sostener el consumo configura un escenario de fragilidad estructural, donde la vulnerabilidad deja de ser transitoria y pasa a formar parte de la vida cotidiana.

En paralelo, crece la distancia entre las estadísticas oficiales y la percepción social. El 65,8% de los encuestados considera que los datos de inflación no reflejan lo que sucede en su vida diaria.

La inflación deja de ser una variable abstracta y se mide en términos concretos: cuánto dura el sueldo, hasta qué día alcanza y qué queda después de cubrir los gastos básicos. Cuando el salario pierde frente a los precios, la referencia oficial pierde credibilidad, especialmente porque ese mismo índice es el que se utiliza para negociar paritarias.

La desconfianza no se limita a una discusión técnica. También se alimenta de la percepción de que las mediciones no representan el consumo real de los hogares o de posibles interferencias en los organismos encargados de producir esas estadísticas.

Un problema que excede lo económico

El resultado es un doble desgaste: por un lado, el financiero, con hogares cada vez más endeudados; por otro, el institucional, con una creciente pérdida de confianza en los datos públicos.

Así como el crédito reemplaza parcialmente al ingreso para sostener el consumo, también se debilita la función de las estadísticas como herramienta para interpretar la realidad. El problema, en definitiva, no es sólo cuánto aumentan los precios, sino cuánto de esa realidad logra ser reconocida por quienes la miden.

En ese cruce entre economía cotidiana y percepción social, se juega hoy una de las principales tensiones del escenario argentino: la distancia entre los números y la vida real de los trabajadores.