“Sobrevivimos día a día”: la dura realidad del Pequeño Cottolengo
La Hermana María Eugenia Villalba, presidenta de la Asociación Civil del Pequeño Cottolengo de Bahía Blanca, advierte sobre la grave situación económica que atraviesa la institución, que alberga a 52 mujeres con discapacidades severas y depende de un financiamiento que hoy está paralizado.
“En el corazón de nuestra comunidad existe un hogar que es mucho más que cuatro paredes: si bien 10 de las internas tienen su familia, el Cottolengo representa un refugio para esas 52 mujeres que han encontrado allí una familia”, comienza la Hermana María Eugenia Villalba, presidenta de la Asociación Civil del Pequeño Cottolengo de Bahía Blanca. Con edades que van desde los 6 hasta los 70 años, las residentes conviven con discapacidades intelectuales y neurológicas profundas, muchas de ellas con desafíos motrices complejos que requieren atención las 24 horas. “Aquí no hablamos de números, hablamos de vidas. Cada una de ellas tiene un nombre, una historia, un rostro que nos recuerda por qué estamos acá”, agrega.
El hogar funciona como Hogar Permanente con Centro de Día y cuenta con un equipo de 70 personas entre profesionales de la salud, enfermeras, cuidadoras, personal de maestranza y administración.
“Son trabajadores que sostienen con compromiso y amor una tarea que no se puede interrumpir. Pero la estructura financiera que respalda sus sueldos y la operatividad del hogar se está desmoronando”, advierte Villalba. La principal fuente de financiamiento proviene de la facturación a obras sociales a través de la Superintendencia de Salud, pero desde noviembre no se reciben los pagos correspondientes. “El programa Incluir Salud, que cubre a 30 de nuestras residentes, está paralizado. Eso significa que más de la mitad de nuestras mujeres hoy dependen de un sistema que no responde”, denuncia.
La crisis y el desfinanciamiento golpean con fuerza en el área más sensible: la salud y la discapacidad.
“Desde noviembre se cortó el suministro de medicación imprescindible para las patologías de base, los pañales —usamos alrededor de 600 por día— y los insumos para la alimentación enteral de siete residentes. Es desesperante”, relata. La alimentación se sostiene gracias a donaciones de la Cooperativa Obrera, del convenio con ‘Alimentos Solidarios’ y de particulares y de manera bimestral contamos con un subsidio del Municipio. Las pensiones mínimas que reciben algunas de ellas no alcanzan ni para cubrir lo básico. Vivimos de la solidaridad, pero no podemos depender únicamente de eso”, afirma.
La Hermana María Eugenia subraya que la mayoría de las residentes son mujeres sin familia.
“Para ellas, el Cottolengo no es un centro de paso; es su casa. Si esta institución desaparece, ellas se quedan literalmente en la calle, sin un techo ni un sistema que garantice su supervivencia. No hay un plan B. No hay otro lugar que las reciba”, insiste con firmeza.
Desde hace años, el Cottolengo participa en el Consejo Municipal de Políticas de Accesibilidad.
“Ese espacio nos permitió luchar por una sociedad donde la discapacidad no sea sinónimo de exclusión. Hoy también es nuestra trinchera para visibilizar que no estamos solos en esta crisis, pero el tiempo se agota”, explica.
La ley de emergencia en discapacidad, aprobada recientemente, generó expectativas. “Nos dio esperanzas porque reconoce derechos, pero al no ponerse en actuación, absolutamente nada cambia. Nos deja confundidos y vulnerables”, lamenta.
Finalmente, la Hermana María Eugenia hace un llamado urgente: “La continuidad de nuestro hogar es la garantía de vida para estas 52 mujeres. Pedimos a las autoridades y a la sociedad civil que no nos dejen solos. No estamos hablando de estadísticas, estamos hablando de personas que merecen vivir con dignidad”.