“El abogado del niño debe ser un aliado para defender esa etapa vulnerada”
Existe la necesidad de generar una sensación de protección, seguridad y estabilidad, ya que en la primera infancia es cuando más se afectan los derechos.
Periodista. Círculo de Periodistas Deportivos de Bahía Blanca. Fue redactor de la revista Encestando (1985-2000). Desde 1987 trabaja en el diario La Nueva Provincia (hoy La Nueva.). Pasó por las secciones Deportes, La Región y La Ciudad, donde se desempeña actualmente. Está especializado en periodismo agropecuario desde 2001. Miembro de la Asociación Bonaerense de Periodistas Agropecuarios. Responsable de las páginas webs de la Asociación de Ganaderos (AGA) y de Abopa.
“¿Por qué el abogado del niño puede ser un aliado en la defensa de la niñez vulnerada? Debería decir que es un sujeto de derecho, sin distinción de edad, ni capacidad progresiva. Es decir, todo niño de 0 a 18 años deberá poseer un abogado sin someterlo a la capacidad progresiva”.
Lo dijo la doctora Adriana Reale, abogada, profesora e investigadora de Unisal, para ratificar que en la primera infancia es donde más se vulneran sus derechos, cuando algunos niños se encuentran en hogares, o no cuentan con la presencia de sus padres.
“Para que esto se entienda mejor, un claro ejemplo se observa en bebés o niños de corta edad, quienes deben ser retirados de sus hogares como consecuencia de la vulneración de los derechos y trasladados a hogares sustitutos o, incluso, posteriormente adoptados”, añadió.
Reale insistió que en todo ese proceso se necesita la intervención de un abogado del niño que ejerza la defensa del interés particular.
“Con respecto al apego, vemos la importancia que estos niños deberán contar con la defensa de su propio abogado dada la propia vulnerabilidad en la primera infancia”, explicó.
“Aunque cuenten con la asistencia del asesor de menores, que defiende un interés general, deberá ser representado el interés particular por el propio abogado”, aclaró.
Ahora, la pregunta es: ¿por qué se considera que la infancia es un período clave del desarrollo?
Silvana Milozzi, doctora en psicología, profesora e investigadora de Unisal, la definió de esta manera: “Se considera a la infancia un período crítico, ya es un lapso de tiempo en el que el cerebro está mejor preparado para adquirir ciertas funciones”.
También dijo que, si bien los niños vienen al mundo dotados genéticamente para desarrollar tales funciones, para que esto suceda se necesita un ambiente rico en estímulos que les permita desplazarse, expresarse y relacionarse.
“Este ambiente debe ser ordenado y facilitador. Cuando es caótico, o, por el contrario, carece de suficientes estímulos, entorpece el neurodesarrollo”, añadió.
La doctora Milozzi consideró que los niños son muy vulnerables a factores como déficits en la nutrición y experiencias emocionales adversas o traumáticas.
“Las historias de apego severamente comprometidas, por ejemplo, se asocian generalmente con organizaciones cerebrales que son ineficientes en la regulación del afecto y el afrontamiento del estrés”, expresó.
Respecto de cuáles son las experiencias emocionales que pueden afectar el desarrollo del niño, dijo que las experiencias emocionales que más potencial tienen de afectar el desarrollo neuropsicológico del niño son aquellas en las que está en riesgo su supervivencia, las que atentan contra su seguridad y aquellas en las que ve amenazada la continuidad del vínculo con su figura de apego.
“Podemos citar, entre las mencionadas, la muerte de una de las figuras de apego; el abandono parental luego de una separación; los abusos físico, sexual y emocional; la negligencia; el hecho de convivir en el hogar con un miembro que padezca trastornos mentales severos o adicciones o el ser testigo de violencia entre los padres”, detalló.
—Dra. Milozzi, ¿cuáles podrían ser las consecuencias de transitar estas experiencias en la infancia?
—La evidencia empírica sostiene que las experiencias adversas en la infancia (ACEs, por su sigla en inglés) afectan significativamente la salud física y emocional de los niños.
“Las alteraciones se pueden manifestar a nivel biológico y fisiológico, afectando, por ejemplo, el sueño y la alimentación; cognitivo, modificando los procesos de atención, memoria y lenguaje; y psicosocial, generando un estado de alerta constante, baja autoestima, evitación, problemas vinculares, hostilidad, hiperactivación sostenida y aumento de conflictos interpersonales.
“Un estudio llevado a cabo por la CDC y Kaiser Permanente, con una muestra de 17.000 personas en los Estados Unidos, encontró una fuerte correlación entre haber sido expuesto a ACEs, acumulados en la infancia, y el riesgo de desarrollar enfermedades crónicas, cardiopatías o cáncer; de padecer trastornos mentales, abusar de sustancias, presentar problemas de comportamiento y un mayor riesgo de suicidio”.
—¿Qué necesita un niño para morigerar el impacto de estas experiencias infantiles?
—Para amortiguar el impacto de los ACEs es fundamental que el infante pueda contar con un cuidador principal que sea capaz de brindarle cuidados, de tener con él un vínculo estable y permanente que le permita explorar sus ansiedades e inseguridades y, además, le pueda enseñar a reconocer, respetar y modular sus estados emocionales displacenteros.
“Puntualmente, lo que se necesita es que el niño pueda recuperar o generar una sensación de protección, seguridad y estabilidad”.